Antes de que Van Morrison grabara Astral Weeks (Warner Bros, 1968), nada hacía suponer que el autor e intérprete de temas como la popera “Brown Eyed Girl” o la agresiva y garagera “Gloria” (hoy todo un clásico de la historia del rock) pudiera escribir las canciones que conformarían un álbum así de fino y sensible. Astral Weeks es un trabajo pleno de profundidad y belleza, de sensualidad y misterio. Se trata de una obra muy típica de aquel verano de 1968, cuando la filosofía hippie aún era creíble y la confianza en lograr un mundo de concordia, armonía, paz y amor parecía algo más que una mera utopía.

Acompañado por un quinteto de jazz —algo de por sí revolucionario en aquellos momentos para un tipo que provenía del rock más duro de la Gran Bretaña—, este nacido en Belfast, Irlanda del Norte, se arriesgó a componer temas que se alejaban de la música en boga a fines de los sesenta. Con gente como el guitarrista Jay Berliner, el contrabajista Richard Davis y el baterista Connie Kay (éste nada menos que del Modern Jazz Quartet), Van Morrison aseguró un soberbio nivel de calidad instrumental.

Ocho son apenas los temas que conforman Astral Weeks y que mantienen una cierta unidad conceptual, una atmósfera que le otorga coherencia al disco para constituir lo que algunos han llamado un gran himno. Cuenta la leyenda que el álbum fue grabado en su totalidad en una sola sesión de apenas tres horas y que Morrison nunca explicó a los músicos lo que quería con exactitud o el significado de las letras. Éstas hablan de temas muy personales. De hecho, se trata de la obra más personal del irlandés, aquella en la cual más se abre las entrañas y más se desgarra el corazón para mostrarse tal como es, con toda su vulnerabilidad y sus debilidades como individuo (hay quienes dicen que Astral Weeks es al rock lo que el Ulises de James Joyce —otro irlandés, aunque del sur— es a la literatura).

Este apasionante y apasionado viaje musical que transita por el rock, el jazz y, sobre todo, el folk, no es bajo circunstancia alguna un periplo sencillo. Por el contrario, se trata de recorrer un trayecto tan intrincado como sofisticado, con armonías instrumentales densas y complejas que enmarcan, sin embargo, una voz diáfana y al mismo tiempo afiebrada, con un sentimiento que pareciera provenir no tanto de las neblinosas comarcas norteñas del Reino Unido como de las calurosas humedades del Delta del río Mississippi. Porque Morrison suena a blues, emana blues, transpira blues en cada una de sus interpretaciones, ninguna de las cuales, por cierto, es un blues.

El álbum abre con la homónima “Astral Weeks”, una larga pieza-río de siete minutos en la cual el autor habla sobre el hecho de volver a nacer, con una letra entre simbólica y hermética (“Si yo viajo en la estela, entre los viaductos de tus sueños…”) y una música de aparente desestructura que no parece tener principio y final. En cuanto a “Beside You”, se trata de una descriptiva canción de amor que bien pudo haber sido escrita treinta años después. Con un órgano Hammond como base instrumental, la melodía fluye con inaudita hermosura y crea un ambiente de oscuro desenfado, mientras Van the Man va cantando de un modo que da toda la impresión de ser improvisado, al tiempo que repite, sin aparente solución de continuidad, “You breathe in, you breathe out, you breathe in, you breathe out”.

“Sweet Thing” es otra maravilla, tal vez el corte más, digamos, optimista del disco. Estamos ante una canción distinta a las otras siete, con una secuencia repetida por la guitarra acústica de Morrison y un extraño arreglo del cuarteto de cuerdas que de pronto se incorpora al tema. El primer lado del vinil original culmina con la pieza central de Astral Weeks, la soberbia “Cyprus Avenue”, tan poco convencional en su letra y su música como prácticamente todas las composiciones del plato. Estructuralmente, su construcción es lo más cercano a un blues, si bien su arreglo nada tiene que ver con la música del Delta, ya que incluso contiene elementos de música de cámara, jazz y folk. Morrison canta con pasión y garra acerca de sus años de adolescencia en el viejo Belfast, con una melancolía conmovedora en la cual el niño proletario que era confiesa su amor imposible por una niña rica a quien, a pesar de todo, seguirá amando (“Mi lengua se enreda cada vez que trato de hablar / y mis entrañas se agitan como una hoja en un árbol”).

La segunda parte del disco arranca con “The Way That Young Lovers Do”, una pequeña y curiosa canción que algo tiene de tema para big band. Prosigue con otra cumbre, la inquietante, ambivalente y fascinante historia de “Madame George”, en apariencia un travesti, aunque Morrison ha declarado que en realidad se trata de un personaje en el cual confluyen muchos otros que él conoció en aquel periodo de su vida. El corte siguiente es el finísimo y al mismo tiempo vibrante “Ballerina”, con un xilófono como instrumento dominante. El disco cierra con “Slim Slow Slider”, posiblemente la canción menos brillante del álbum, si bien en ella la pasión no disminuye.

Astral Weeks es un trabajo memorable, un disco más que extraño para su época, una obra difícil de apreciar en primera instancia, un experimento adelantado a su tiempo, una propuesta arriesgada en la cual la improvisación es llevada a determinados extremos, sin abandonar del todo el encuadre de lo que se considera una canción, aun cuando no se respeten convenciones como las estrofas, los versos, los puentes. Es un álbum único, lleno de alma y de sentimiento, pero también de inteligencia, talento y genio. Un clásico que, a cincuenta años de distancia, ha superado con creces la prueba del tiempo.