“Debajo de La Concordia me dio sueño y me dormí / me despertó un gallito cantando qui-qui-ri-quí”, entona Lázaro Cristóbal Comala. Son las 21:10 en Des Moines, Iowa. Nos protege una choza de madera que construyeron otros hombres, bajo las órdenes de un capataz contemporáneo. Hombres de nacionalidades distintas: mexicanos, peruanos, venezolanos. Varones, tristes todos, pensando en el puño de tierra que guardan en la alforja de sus pantalones; pequeños granos recogidos de su parcela, allá, en el pueblo en donde nacieron y en el que dejaron todo. De eso habla el folk y de eso habla Lázaro Cristóbal Comala. Yo lo escucho mientras duerme mi hijo, está enfermo el pequeñito y su fragilidad es una lagrima en el corazón: “Abre tus ojitos mi alma / ya vine ya estoy aquí”.

Se dice que Lázaro Cristóbal Comala viene de Durango. Se dice que su nombre procede de la literatura de Juan Rulfo, la voz de Johnny Cash y la orfandad en la novela del Lazarillo de Tormes. Se rumora, se vocifera y está ya en la voz de todos o quizás en la de muy pocos. Me importa casi nada. Lo único que sé de él es que su música pega fuerte, llega hondo, te arquea y te estremece, te roba por las buenas aquellas lágrimas del dolor más amargo. ¿Qué más debería importar?

A Lázaro Cristóbal Comala debo agradecerle el tiempo por contestar esta entrevista, por su lenguaje culto y limpio, por su falta de presunción y su gran humildad, sus ganas de alumbrarnos en el tema de la música.

Que las vías nos guíen y la letra mande.

¿Lázaro Cristóbal Comala es el Mr. Hyde de Daniel Azdar Sil? ¿De dónde proviene este nuevo nombre?
Básicamente los nombres Lázaro y Cristóbal vienen de una canción que traduje al español: “A Boy Named Sue”, escrita por Shel Silverstein e interpretada por Johnny Cash. Hay una parte donde dice: “and if I ever have a son, I think I’m gonna name him Bill or George” y en mi versión, Lázaro y Cristóbal sustituyen a Bill y a George, porque se prestaban para el ritmo en español. Es decir, compuse esta versión mucho antes de que existiera el proyecto. Después, Comala se agregó inevitablemente, porque la obra de Rulfo influye más de lo que yo quisiera en esta narrativa de orfandad en mis canciones. Con el tiempo, más que seudónimo se volvió heterónimo: tenemos personalidades muy distintas y todo el tiempo estamos chocando. Él quiere tocar, yo no; a mí me aterra pararme frente a un montón de gente, sólo quiero componer, subirlas y ya; él quiere hacer más, tiene uno que otro sueño. El proyecto Lázaro se mueve en esas indecisiones, por eso no toco tanto como debería.

¿Qué representa Johnny Cash para ti?
Un domingo, mi hermano llegó con un DVD de Johnny Cash en vivo desde Dinamarca. Lo escuché a lo lejos y bajé como perro persiguiendo un olor. Todo era nuevo para mí. Su voz, su mirada, su música, sus gestos. Habré visto ese video doscientas veces en sólo una semana. Con Cash tengo una relación más profunda que la musical. Es espiritual, Inmediatamente algo en mí lo adoptó como figura paterna. Me salvó. Me dio una forma de quedarme en la música. Si no era la de él, no era ninguna otra.

¿Cuántas versiones has escuchado de “A Boy Named Sue”?
Solo dos: la de Shel Silverstein y la de Johnny Cash. Y saldrá la mía en mi nuevo disco. Es una versión muy libre; aún así, he pedido los derechos para usarla.

¿Cómo terminaste embonando en un proyecto musical a Cash, Rulfo y La vida de Lazarillo de Tormes?
No sé, la orfandad. Es un tema que me resulta complicado soltar en mis canciones (espero lograrlo algún día, llegado a cierta edad). Encontré en “A Boy Named Sue” la obra sobre orfandad norteamericana por excelencia y en Pedro Páramo la mexicana por excelencia. Me pareció una buena idea unirlas en el folk y el country, géneros que a su vez tienen una relación estrecha con Durango, por esta cuestión del cine western que ahí se hizo. Me siento hecho de esa misma materia.

“No hay más esclavo que el que se desvive por demostrar que es libre”, escribiste. ¿Cuál es tu concepto de libertad?
Me aburre la libertad. Lo he intentado y me resulta imposible pasarla bien sin quehacer, sin trabajo, de gira, viajando, tocando. El 90 por ciento de mis canciones ha salido de la rutina, del horario, de las deshoras, del sentirme “de la verdura”. Pienso que para efectos prácticos, la rutina y la estabilidad me mantienen en este mundo. Mi libertad es dar el rol por la casa, un domingo ir al mandado. Soy muy suburbano. Mis sueños son de manzana, de jardín, una cerveza, macetas; no el mundo. Tengo una rolita con Belafonte para este nuevo disco. El coro dice algo como: “Me aburre la libertad […] estoy adentro porque desde afuera no se puede ver por la ventana. Prefiero el claro a libertad”. Se me hizo interesante compartir esta canción con él, dado que tenemos un concepto de libertad distinto. En resumen, funciono mejor adentro. Me hago mi libertad adentro. Prefiero estar adentro y ver por la ventana en lugar de estar afuera y verlo todo. A mí me sirve.

¿Por qué cambiar el noise por lo acústico?
Ahora que publiqué estos dos últimos sencillos (“Cuando te hagan mierda” y “Adiós, que abras más ventanas”) me llegaron comentarios sobre que estaba roquereando y tal o incluso que había arruinado la versión acústica de “Adiós, que abras más ventanas”, porque esa era mejor (me hizo mucha gracia que alguien me dijera que estaba arruinando mis propias canciones). Sólo puedo decir que este nuevo disco tiene veinte canciones y está dividido en dos partes: diez piezas con instrumentos eléctricos, baterías pesadas y tal y diez con guitarra acústica. Esperen un poquito… denme el beneficio de la duda; el ruido por lo acústico es sólo una parte de todo lo que estoy por publicar. Además, trabajé con otro baterista para este disco y muy pocos Niños Rotos (mi banda) grabaron; eso también influyó para probar otras cosas, otros instrumentos. Si mis primeros discos traen un espíritu de Cash, este lo trae de Richard Hawley y Roy Orbison. No quiero cantar “A quien matar toda la vida” o componer siempre “La sed 2”.

¿De qué manera influye la literatura en tu música?
Yo empecé a escribir y a leer –de manera digamos “profesional”, desde un sentido de disciplina– antes que tocar. No me considero un gran músico y sé que mis canciones no tienen grandes arreglos, pero la verdad no me interesa. Lo que me interesa es la letra. Contar una historia, rescatar una memoria. Decir algo que pueda quedarse. Mi prioridad es que la música acompañe a la letra, no viceversa. Hago las canciones que quiero escuchar, la que esperas que ya pase el intro o el puente para cantar la letra. Así entiendo yo a la canción. Mi escasa pero linda formación literaria me ha dado esa prioridad: que la letra mande.

¿Quién es ahora tu autor favorito?
Ahora, Jorge Ibargüengoitia y Bret Easton Ellis. La otra semana serán otros.

El folk es la manera que los pueblos encontraron para contarse unos a otros su historia, rompiendo las limitaciones del tiempo, el idioma y el espacio. ¿Por qué este género y no otro?
Encontré en el folk la forma más directa y limpia, sin adornos ni poses, para decir algo. Me parece uno de los géneros más honestos para contar lo que vi y lo que no. Me gusta el rock y toda su cultura, pero es inevitable no verlo con su falsa libertad y su desvivirse por adornar una idea de despreocupaciones más bien preocupadas y ensayadas. El folk tiene otras prioridades, para mí más profundas y honestas.

¿Por qué situación estabas pasando cuando escribiste la canción “A quien matar”, de tu primer disco homónimo?
Mi padre. Fue una de las primeras canciones que compuse. Todos creen que es sobre una chavalona. En realidad es una canción a la que si se le pone de verdad atención, es mi jefe hablándome a mí, cantando derrota. Despidiéndose. Diciendo ahí muere, no pude hacer más. Cuando me di cuenta de esto, camino a la chamba, escuchándola, fue como si un camión me hubiera pasado por encima. Una revelación.

¿Cómo llegaste al canto cardenche?
Por Todd Clouser. Una amiga de Durango le pasó mi música a Bono Corona, un amigo de la Ciudad de México (me hizo el video de “Adiós, que abras más ventanas”; ha hecho también videos para A Love Electric y estuvo trabajando en el último video de Natalia Lafourcade), y él a su vez se la pasó a Todd Clouser. Le gustó mucho, nos contactamos, me dijo que deberíamos hacer algo juntos, que estaría en Gómez Palacio con Los Cardencheros de Sapioriz porque les produjo un disco (Un amor pendiente) y fui para allá. Me mandaron a entrevistarlos del trabajo y ahí conocí a Todd Clouser y a Los Cardencheros y de volada hicimos click. Luego Todd me pidió hacer una canción basada en una letra cardenche para presentarla con él, con Aarón Cruz, Iraida Noriega y otros más. Compuse “Ya hace muchísimo tiempo que te vas”, pero aquello nunca se logró y me quedé con esa canción. Hay un cuento de Las mil y una noches que luego Borges rescató en Historia universal de la infamia: “Historia de los dos que soñaron”, en el que un tipo sueña un tesoro muy lejos de su hogar, se va a buscarlo y estando allá le dicen que soñaron un tesoro justo donde él vivía; regresó a su casa y lo halló. Eso me pasó con el cardenche. Me tuve que ir lejos, hasta el folk (canto de los trabajadores), para darme cuenta de que aquí en Durango tenía mi propio canto de los trabajadores. Más que un privilegio, me sentí con una obligación de hacer algo con eso. No podía estar en un género como el folk, el el cual se habla de las horas laborales, de los peones, de la clase trabajadora, sin haber volteado a ver al cardenche. Era una obligación.

¿Cómo definirías a tu último álbum, Zaguán: cinco canciones cardenches?
Natural y rápido. El proyecto con Todd Clouser de versiones cardenches no concluyó. Yo tenía ya compuesta “Ya hace muchísimo tiempo que te vas” y decidí hacer mi propio proyecto. Compuse otras cuatro canciones basadas en letras del cancionero cardenche y publiqué el EP. Es, como dije anteriormente, el fruto de haber encontrado el tesoro en mi propia casa, después de haberme ido. Regresé para encontrar lo que siempre estuvo aquí. En el zaguán. Es un disco de arreglos muy básicos, sólo guitarra y banjo, y amigos que prestaron sus voces para un coro improvisado, entre ellos Israel Ramírez, de Belafonte. El folk es un muy mal cardenche.

Háblame de Jonathan Crow Derleth y de cómo se integró al disco tocando el banjo.
Lo conocí cuando estábamos en la prepa, pero entonces no nos hablábamos. Si de algo yo estaba seguro es que quería a alguien que tocara el tololoche. Me lo presentaron, nos dimos cuenta que desde la prepa nos habíamos visto y de volada se integró. Es un Niño Roto. Toca el tololoche conmigo desde el primer disco y para Zaguán aportó su gusto por el banjo.

¿Cómo lograste samplear a Borges?
Usé un fragmento del poema “La noche que en el sur lo velaron” para la canción “Los sauces”. Habla sobre el cardenche: “Las menudas sabidurías que se pierden”. Fue mi forma de unir a Borges, en ese disco, con el cuento de “Historia de dos que soñaron” y lo que representó para mí al descubrir el cardenche.

¿Qué viene para Lázaro Cristóbal Comala?
Estoy en la parte final de mi quinto disco: Canciones del ancla. Es el trabajo más ambicioso en el que me he enfrascado, un disco doble de veinte canciones y por lo mismo el más difícil. Está lleno de colaboraciones (Axel Catalán, Negro, Belafonte, Salvaje, Blazing Scapelands y un montón de amigos músicos). La idea es que salga después de cuatro sencillos (voy en el tercero) para el 8 de marzo, el día que cumplo 30 años. En cuanto a la forma de promoverlo es la misma: pediré permiso en mi chamba para faltar, haré unas poquitas fechas para moverlo y ya, seguiré con mi vida hasta empezar a trabajar en el sexto y así. No tengo otra ambición más que tener siempre algún cuarto a donde pueda meterme con mi guitarra.