A punto de cumplirse un año del fallecimiento de nuestro querido amigo y colaborador Eusebio Ruvalcaba, lo recordamos con este texto publicado en 2006 en su columna “Un hilito de sangre” de la revista La Mosca en la Pared.

1) Escucho el cuarteto “La doncella y la muerte” de Schubert, solo, a las tres de la mañana. Estoy en la sala de mi casa. Nada parece perturbar este momento. Schubert se infiltra poco a poco en mi sangre. Va llevándome de la mano. Yo ya había vivido esto. Hace rato. En un lupanar. No sé ni cómo llegué ahí. No sé si me lo recomendó el taxista o algún amigo del trabajo. Pero la voz de la mujer que estaba sentada al lado mío semejaba este ataque desaforado del primer violín. Schubert está sufriendo. Ahora mismo. Donde esté. Cada vez que este cuarteto se toca, él sufre. Siente en carne propia la disyuntiva entre la vida y la muerte. Como yo ahora. Cuando me quedo dormido en el sillón. Cuando la copa se derrama en mis piernas. Cual orines. Lloro. Y Schubert viene a consolarme.

2) Por cierto, entre las mujeres no incluyo a las hembras. Porque es otro boleto. No es que se trate de dos entidades separadas o de que las hembras sean acá y las chavas fresas. Es algo más de fondo. Es el olor. El maldito olor que trasunta una hembra. Quizás es el olor de su menstruación o de sus nalgas juguetonas, no estoy seguro, quizás sea el olor del macho anterior que se metió con ella o el inmundo, el putrefacto, el nauseabundo olor de su boca cachonda, esa boca que lame testículos, escroto y prepucio con la alegría que se lame una paleta de limón. Quizás sea todo eso. Quizás sólo sea un espejismo y lo que yo en el fondo quiero es una mujer que sude, que no use desodorante, que levante los brazos y una gota descienda lentamente hasta perderse en su cintura. Quizás en lo único que estoy pensando es en una mujer que vaya al baño cuando yo se lo ordene y que regrese tal cual pero sin brasier, con las tetas firmes por abajo de la blusa. Es eso y es mucho más. Las diferencias entre una mujer y una hembra no me quedan claras, ¿a ti sí?

3) No son más que tres músicos. Van de mesa en mesa para ofrecer su mercancía. Su música, que para los clientes de esta noche es su mercancía. No hay diferencia entre esta música —cualquier música— y unos billetes de lotería, un yo-yo luminoso, el uniforme de un futbolista estrella para niños de seis meses a diez años de edad. El trío se acerca y toca una canción gratis. Con la espera de una propina que de pronto se traduce en la invitación a beber. Un hombre acodado en la barra llama al trío. Pide canciones yucatecas. Todos aplaudimos cuando la canción termina. Y el hombre pide otra y otra y otra. Los aplausos van disminuyendo hasta que alguien bosteza de aburrimiento. El espectáculo ha dejado de ser un acto de misericordia. O un acto de filantropía que es lo mismo. No hay arte alguno. No hay palabra alguna.

4) Son las últimas gotas. Nos hemos acabado todo. Las miro a contraluz. Descubro la esencia de la embriaguez. Dejo que las gotas resbalen por el vaso hasta mi garganta. Tú también te ves hermosa a contraluz.

5) A veces me vengo y a veces no. Los nombres se traslapan: Lourdes, Rosa, Isabel, Irma, Lupita, Teresa, Irene, Míriam, Luz Elena, Laura, Esther, María, Ana… Para todas he tenido un poco de ilusión y un poco de desdicha, unos tragos y una neta —eso sí: una neta. No puedo cogerlas a todas. Unas se llevaron mi semen —antes y después de ser vasectomizado— y otras mis palabras —hazme favor: mis palabras. Pero eso sí: todas, lo que se llama todas, mis manos; mis manos acariciando su piel y sus hombros, sopesando sus pezones; su alma en mis manos. Todas han hecho —mínimo acto de justicia— lo que han querido con mi corazón. Algunas se lo han comido y otras lo han escupido. En verdad os digo.

6) En esta mesa, la botella, el vaso, los refrescos, la cubeta de los hielos parecen entrever una nueva  realidad. Si ahora mismo un fotógrafo retratara esta composición, preguntaría qué mano celestial acomodó de ese modo la botella, los refrescos, el vaso, la cubeta de los hielos. Porque de veras parece que Dios se apiadó de este lugar y decidió dar una muestra de su infinita bondad. Si todos los que están aquí esta noche no han muerto, si todos conservan el hálito que diferencia a un vivo de un muerto, entonces Dios decidió crear la belleza ante los ojos de todos nosotros. Aunque nadie se dé cuenta no importa. Aunque nadie se percate a Dios le da igual —la indiferencia humana nunca ha sido obstáculo para él. El vaso, la botella, los refrescos, la cubeta de los hielos están ahí, a la vista de todos. Forman una figura que bien podría tornar insípida la belleza de una mujer. O de un mapa. O de una montaña trazada por el viento en la arena. Que nadie la vea es otra cosa. Que los hombres miren sin mirar es algo viejo que a nadie asombra. Yo mismo deshago la composición maestra cuando me sirvo la siguiente. El siguiente trago, cuya importancia es superior a la estética. No ha transcurrido más que un instante.

7) El sol matutino —aún frío— va apropiándose de la botella. Aquel licor verde, los últimos vestigios, colma de iridiscencias la habitación. Apenas prosigue su carrera el sol, chocamos nuestros vasos.