Los Beatles no son mi banda de rock favorita. Son más que eso. De muchas maneras forman parte de mi vida y veo que así son todo un signo de la época que me tocó vivir.

Hace unos años redacté, al alimón con mi cuate y maestro Eduardo Mejía, un blog o bitácora de red sobre los discos de los Beatles. Nos dejó mudos descubrir que todo mundo sabe todo de todo sobre el Cuarteto de Liverpool, poco era lo que podíamos aportar nuevo u original. Los Beatles son cosa de todos. Igual sucede con quienes los odian que con quienes los ven como divinidades, se saben santo y seña de toda su historia real y mitológica. Son parte de la memoria de cuatro generaciones del planeta.

Era 1963. Yo tenía 12 años. Fue cuando escuché por vez primera —en Radio Capital— una canción de los Beatles. Creo que fue “La vi allá”, pero, si no recuerdo bien, entonces seguro que fue “Ella te ama”. Quedé atrapado por el “efecto” beatle, una vivencia indescriptible. Ese mismo año compré el EP de 45 rpm que las incluía junto con otras dos. De tal modo quedé enganchado en el mito-negocio de los Beatles.

Con ese “efecto” ejemplar es como decidí ser poeta y libertario; inspirado en forma decisiva por rolas como “Campos de fresas” y “Yo soy la morsa”, pero más que nada con el impulso indescriptible de esos cuatro personajes y su leyenda.

Mito-negocio y verdad-histórica. Paradoja. Los Beatles son un signo síntesis de los tiempos, porque manifiestan muchas contradicciones irresolubles. En este momento es claro que no fueron una moda efímera de los años sesenta del siglo pasado, hoy su fama los convierte en un hecho inusitado dentro de la industria de la cultura popular. No tienen pares dentro de la música popular. Ni Carlos Gardel ni Edith Piaff pueden manifestar con sus vidas y canciones tal variedad de significados dentro de la rebelión de las masas. Lo mismo vale para Frank Sinatra, Elvis Presley, Bob Dylan y los Rolling Stones.

El “efecto” de los Beatles sobrepasa en todos sentidos el espacio de la música popular. De tener con quien compararlos, hay que pensar en las estrellas de cine como Charles Chaplin o Walt Disney. Pero entonces los Beatles también desbordan ese espacio y conectan con Gandhi y Martin Luther King por la vía del martirio de John Lennon. Son política y son estados de ánimo, lazos de unión entre el yo de cada quien y la conciencia colectiva de Occidente, las contradicciones del capitalismo y la libertad, la propiedad privada de los medios de producción y el consumo colectivo de cultura.

Después de medio siglo de su separación como grupo musical y con dos de ellos muertos, los Beatles están presentes como literatura y gráfica, por la obra de Lennon; como cine, por todas y cada una de sus películas; como performance, por su contacto con Yoko Ono; en diseño y fotografía, y no solamente por las portadas de sus discos y sus fotos oficiales; lo mismo que están presentes en juegos de video y computadora, igual que dentro del discurso de la arqueología (“Lucy”) y hasta como acciones en la bolsa de valores. No son sólo música para los audífonos. En verdad reflejan nuestra época, todos sus conflictos y contradicciones; pero también expresan los goces y las utopías realizadas, nuestras fiestas y momentos tristes y divertidos, desde antes del primer noviazgo hasta después del funeral. Lo poderoso es que casi todo ocurre sin la voluntad de quienes lo produjeron, casi todo lo dio la época misma, sin que ningún sujeto lo controlara o dominara, ni siquiera Don Dinero.

Por un tiempo pensé que me gustaría que en mi funeral se escuchara el álbum del Sargento Pimienta completo. Ya no pienso así. Ahora prefiero que suene fuerte “La Martina”, interpretada por una banda oaxaqueña. Pero sé que de todos modos ya no estaré allí para escucharla. Habré vivido una vida entera de poeta inspirado por los Beatles.