El sadomasoquismo. Una perversión de europeos cultivados y decadentes del siglo XVIII y XIX, cuya práctica o lectura era considerada en esos tiempos casi un delito. En la primera mitad del XX, por lo tanto, casi nadie leía ya a Sade o a Bram Stoker, pero con la llegada de los años cincuenta, la cultura popular comenzó a abrevar nuevamente de ellos y el rock & roll —que surgió rebelde, que tenía que ser extravagante— se nutrió de esas imágenes.

Aunque las palabras aún guardaran la prudencia en aquellos tiempos, aunque en realidad no se supiera mucho sobre la verdadera forma de vivir tales experiencias, el rock, con su novedoso mundo fetichista, se convirtió desde un principio en una ceremonia dedicada al deseo, en una parábola de la perversión. Poco a poco, se fue apropiando de todos los signos y símbolos tradicionales del sexo prohibido: el cuero negro y las cadenas, las botas altas y las mallas, el tacón de aguja y el placer del dolor.

El S & M (por sus siglas de reconocimiento) estuvo presente desde el comienzo del género. Desde los lamentos masoquistas de Screamin’ Jay Hawkins y Elvis Presley, hasta la versión del 4×4 del viejo continente en títulos como “FaisMoi Mal, Johnny” de Boris Vian (“Hazme daño, Johnny / llévame al cielo / Lastímame, Johnny / me encanta el amor a golpes…”) y las poses padrotonas de todos los héroes de la escena posterior. De esta manera, el rock implicó en sí un escenario iniciático en el cual las relaciones humanas poseían un carácter ceremonial.

Con la llegada de los sesenta, se soltó el freno de la continencia y los compositores e intérpretes explotaron la vena y lo sacaron todo a la luz pública: se atrevieron a incluir el látigo (primero en las sesiones fotográficas de los Kinks, donde venía aparejado con escarcelas), las canciones del hit parade presentaban a dominatrices explícitas, como Nancy Sinatra (que ponía a quien la escuchara a lamer sus botas) y Phil Spector osó poner en boca de las Crystals el inmortal sollozo de “He hit me… and it felt like a kiss”. Sí, las adolescentes como ellas o las Shangrilas entonaban sugerentes canciones en ese sentido. Una moda llena de insinuaciones, hasta que la censura tomó cartas en el asunto y de repente todo ello fue enviado de regreso al subterráneo recóndito.

Pero tal situación no pudo prolongarse para siempre. Súbitamente, la pandilla de Andy Warhol pareció invadir la calle y ésta tomó el aspecto de un lupanar: Candy Darling y Ultra Violet en el casting. La marea decadente restituyó al orden del día todo lo relegado al olvido durante los años anteriores, desde las hijas de buenas familias convertidas en superstars fílmicas hasta los vibradores y las películas de la Dietrich.

El grupo The Velvet Underground (cuyo nombre mismo había sido sacado de un libro de serie B o pulp), protagonista de tal escenario, en su primer álbum citó a Leopold SacherMasoch (La Venus con pieles: en esta novela, un hombre resulta sometido a manos de una mujer) con la misma insistencia con que evocaba los efectos de la heroína. Una letanía plena de rito y evocación: “Botas de cuero brillantes, brillantes / La chica del látigo en la oscuridad / Aparece con campanas tu siervo, no lo abandones / Azótalo, querida señora y sana su corazón”.

En los setenta, las derivaciones del género por este camino ya no iban a limitarse a rehabilitar los objetos de culto o a jugar con los tabúes y las prohibiciones. Buscaban algo más: las prácticas y las confesiones, su dialéctica, sus propias flores del mal. Apareció entonces Iggy Pop con los Stooges para cantar “I Wanna Be Your Dog”, lacerado, lastimado por sí mismo, devorado por el ansia: “Estoy listo para cerrar los ojos / estoy listo para cerrar la mente / para sentir tus manos / para perder el corazón sobre lo ardiente / Quiero ser tu perro…”.

En las décadas siguientes hubo un pináculo representativo: Throbbing Gristle, Die Form, Depeche Mode, Nine Inch Nails… Sin embargo, esta subcultura del rock fue plagiada por el pop, pero a su manera. El perverso fetichismo ya no fue underground sino que se volvió chic. Con Madonna a la cabeza, el escenario sadomasoquista fue iluminado con un nuevo panorama para dicha práctica. Arribó a las satinadas páginas del Vanity Fair, a los libros de diseñador, a los videos de cineasta con domicilio en Hollywood. La lencería de autor se combinó con los símbolos religiosos; el sentimiento de virginidad con los aromas de calabozo extractados por Chanel, los tacones de aguja con la firma del demonio Prada. En los podios se llenó de coreografías.

Así ha llegado hasta hoy, con las uñas bien esmaltadas. El pop ha convertido aquel refugio para lo prohibido en un truco publicitario. Pero aún así, esterilizado, sigue causando escozor. Por ejemplo, una canción de la cantante Rihanna (a quien su novio golpeaba y de lo cual hace tiempo se hizo todo un circo) se llama “S&M”. Hubiera pasado sin pena ni gloria, porque no excita ni a un preso a cadena perpetua, pero al ser censurada por la televisión pública británica (BBC) que le cambió el nombre y no emitió el video en horarios pico, pasó al nivel de víctima y ello provocó la consulta generalizada. Triunfo mediático. El jardín de la tortura, ése que busca el dolor gozoso, aguarda mejores soundtracks, no travesuras.