Es la adolescencia el momento en que definimos nuestros gustos musicales y cuando descubrimos qué nos gusta más. Era una acalorada tarde, insignificante en mi época de secundaria, al momento de recibir una llamada de mi amiga Laura. Ella era la chica con la que devoraba revistas musicales que llegaban a los puestos de periódicos en mi natal Monterrey. Teníamos catorce años, era el año 2004.

Ella me dijo: “Escucha a esta banda, te va a encantar”. Al principio no noté las raíces de Joy Division, como todos creen; escuché una guitarra basada en el grunge, un potente bajo y una estupenda voz (más parecida a la de David Bowie que a la de Ian Curtis).

Puso en el auricular de aquel viejo teléfono negro la canción “Slow Hands” del disco Antics (2004). A la semana siguiente, Laura fue a comprar el disco a una tienda y pidió el álbum debut, Turn On the Bright Lights (2002). Yo hice lo mismo. También busqué de inmediato su página de internet y su MySpace.

No había mucha información. Ni siquiera videos. Aún no existía YouTube. Laura y nuestros amigos roquerillos de la secu nos prestábamos los CD para quemarlos, así que en uno podíamos tener la mitad de Interpol y la otra mitad de The Killers.

Nunca imaginé que los vería en vivo. Supe que habían tocado varias veces en la Ciudad de México, pero era muy chica para ir a verlos. Pasó el tiempo y la única vez que los pude ver después de tanto tiempo fue en el 2011, en Monterrey. Escribí una reseña para la versión de la revista La Mosca en línea. Estaba lejos del escenario, pero la verdad no podía creer que los estaba viendo.

Interpol era de esas bandas que escuchaba en las noches, en la madrugada, bebiendo algo, porque la visión del amor de Paul Banks era muy parecida a la mía. Esa elegancia y esa precisión no muchas bandas del llamado indie rock las tenían.

Pasaron cuatro años y estaba viviendo en el ex DF. El grupo se presentó –el 13 de marzo de 2015– en un Vive Latino. No tenía dinero para ir, porque me gastaba todo en el Real Under de la Roma. Simplemente me quedé sola, bebiendo en un departamento viejo de la calle Querétaro. Dos años después, sabía que no me los podía perder en los quince años del Turn On the Bright Lights. Todo parecía marchar perfecto, hasta que la reventa acabó con los boletos para la presentación del 17 de octubre del 2017 en el Pepsi Center de la Ciudad de México. Anunciaron una segunda fecha, pero los boletos se agotaron otra vez.

Mis esperanzas de verlos se habían acabado, hasta que me convencí de ir el 21 de octubre al Festival Live Out de Monterrey. Todo marchaba bien. Había pasado las fiestas patrias en la capital de Nuevo León y regresé a la Ciudad de México justo el día del terremoto.

El 19 de septiembre, llegué a las dos de la mañana al aeropuerto, dormí un rato y me levanté tarde para ir al supermercado. Me tocó el temblor en el súper, a la 13:14 de la tarde, en Calzada de Tlalpan. Cuando regresé a mi casa, en la colonia Obrera, después de caminar una hora, el departamento estaba destruido. Simplemente saqué a mis gatos, regalé lo que pude sacar, dejé la Ciudad de México y regresé a Monterrey con mi familia y los gatitos que adopté.

Cuando llegué a mi ciudad natal, a pesar del shock por el sismo, lo primero que hice fue comprar mi boleto para ver a Interpol. Sabía que viviría mi última catarsis emocional ahí mismo, teniéndolos de frente. Debía verlos en primera fila. Se llegó el día, ese día que esperé por años. Jamás había hecho esto por ninguna banda, pero los estuve esperando cuatro horas frente al escenario. Estaba acompañada por un montón de adolescentes que venían desde Aguascalientes, todos con su playera de la banda. Yo estaba seria, aún traumada por el terremoto. Simplemente no distinguí entre canción y canción, estaba shockeada, no podía creer que estuviera viva y allí, en Monterrey, entera y, a pesar de todo, pudiendo ver a Interpol en vivo. Estaba ahí pero a la vez no estaba. Se me voló la cabeza en recuerdos. Era como si estuviera oyendo aquel disco debut que en mi adolescencia solía escuchar todos los días. El tiempo pasó volando. Cuando vi a Paul Banks aparecer en el escenario, me quedé sin aire, se me secó la boca y sentí que no podía respirar. Un mar de emociones chocaba dentro de mi corazón. De pronto, Daniel Kessler, Sam Fogarino y los músicos invitados tomaron sus lugares. En ese instante se encendieron las luces radiantes en el escenario y en ese instante también se incendió mi corazón y comencé a llorar. No había llorado ni siquiera por lo que viví en el terremoto. De golpe, vi mi vida pasar a mil kilómetros por segundo. Cuando sonó “Obstacle 1”, yo lloraba desconsolada y me tuve que esconder detrás de los fans adolescentes de Interpol para que no me vieran los de seguridad y obviamente Paul…, ¡pero creo que sí me vio! Era inevitable, no se le pasa nada y yo estaba justo frente a él. Mi lugar era envidiable. La seguridad nos hidrataba con bolsitas de agua, pero yo no tomaba nada.

Banks cantaba con su voz sombría, con ese semblante serio, esa mirada melancólica que nos recorría a todos, a todo el horizonte; luego miraba un punto fijo y yo sentía su dolor, esa nostalgia de volver a cantar esas historias que lo marcaron, las mismas que nos anunció jamás volverá a interpretar: “Esta es la última vez que lo toquemos”, nos advirtió sobre Turn On the Bright Lights, en su perfecto español mexicano. Pero estoy chava y sé que lo volverán a tocar. Aún tengo esa esperanza de ver a Carlos Dengler tocar con ellos, los cuatro juntos; pero no, Carlos dicen que está en el limbo (recuerdo bien esa plática con un amigo de Paul y Carlos, el cual me recalcó que Dengler jamás regresará; esto va más allá de una pelea de banda, de un distanciamiento entre compadres; es algo que tiene que ver con creencias, religión y psicología).

Recuerdo mi garganta desgarrada, mi maquillaje arruinado por las lágrimas que brotaban sin parar de mis ojos bien abiertos, aún sin emitir gemido alguno. Pero cuando sonó “Not Even Jail” fue que toda la energía que había guardado sin moverme esas cuatro horas se desbordó cual orgásmica vibración de mi pecho hasta hacerme brincar.

Con “All the Rage Back Home”, ya me cayó el veinte completo de que los estaba viendo en vivo, sonreí y me dije: “Lo logré, pude ver a Intepol en vivo”. Grité, lloré, brinqué coreando ese “¡eh, eh, eh!” de la canción, mirando a Daniel Kessler, el cerebro y la máquina que hizo mover a Interpol hasta recibir la bendición de John Peel en el Reino Unido y conquistar Europa con un equipo de segunda mano rentado. Es ese diminuto hombre del que The Killers, Editors, The National, The Strokes hablan en sus reuniones.

Kessler es sigiloso al tocar esa Gretsch que está más grande que él y hace que se caiga a menudo en el escenario, pero siempre está la mano amiga de Paul Banks para levantarlo. Se limpiaba el sudor de la frente, con una elegancia impecable, sin ensuciar su traje, y con una sonrisa encantadora se despedía de los fanáticos, haciendo señas de agradecimiento desde el corazón. Banks no se despidió. Sabe que México es su segunda casa. Tiene amigos y un montón de recuerdos.

De pronto, todo quedó en pausa, como el final de la canción “PDA”, un final inesperado pero a sabiendas de que sucederá. Se apagaron las luces radiantes y el grupo, formado en 1997 en Nueva York, se fue. Otra vez aguardaremos cuatro o cinco años para saber de ellos. Veremos sus desahogos haciendo documentales, música experimental o hip hop, en la espera de que un día se vuelvan a reunir para hacer un nuevo disco, si es que lo hacen.