Una tarde de primavera en 1968, Paul McCartney consoló de la mejor manera posible al pequeño Julian Lennon, cuando el primogénito de John se encontraba devastado por la separación de sus padres. Para reconfortar al hijo de su amigo que tenía el corazón en ruinas, Paul le escribió una canción: “Hey Jude”.

Casi medio siglo ha pasado y esa portentosa composición sigue aliviando muchos dolores. Fue por eso que finalmente decidí tomar una canción triste y mejorarla (take a sad song and make it better), dejé atrás mi ciudad en ruinas y llegué a Nueva York, buscando consuelo en “Hey Jude”… y en todo el repertorio de grandes temas de Paul McCartney en concierto.


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El niño bonito de los Beatles, como parte de su gira mundial One On One, en septiembre pasado se dio el gusto de programar siete conciertos en diferentes arenas del estado de Nueva York. Su singular historia con la Gran Manzana y sus alrededores tendría una página más por escribirse. Lo pude ver en el Coliseo de los Veteranos de Nassau, en Long Island, inmueble situado a poco más de veinte kilómetros del aeropuerto JFK, ahí donde en 1964 Paul, John, George y Ringo, llegaron por vez primera a América para cambiar sus vidas y las de millones en Estados Unidos y el mundo.

La noche del martes 26 era todavía ocaso cuando las puertas del pequeño estadio se abrieron. El crepúsculo de otoño sobre la arena de 14 mil asientos era tan bello como la oscuridad que comenzaba a vestirse de mujer, una dama que bien podría llamarse Michelle, Linda o Penny Lane.   Ataviado con un saco con galones de sargento (como la camisa que John Lennon usara en su concierto One to One en el Madison Square Garden en 1972), de muy buen ánimo, Sir Paul salió al escenario para ser su propio historiador. McCartney hizo una revisión de 168 minutos por su catálogo, desde el inicio de su carrera, con la primera canción que grabó en un estudio con el grupo The Quarrymen (“In Spite of All the Danger”), hasta toparse de frente con su más reciente éxito, “FourFiveSeconds”, que grabara hace apenas dos años con Rihanna y Kanye West. El boleto por supuesto incluyó todo tipo de emociones, ante magistrales interpretaciones de los éxitos de los Wings, de su carrera solista y desde luego muchas de las favoritas del legado de los Cuatro Fabulosos de Liverpool: The Beatles.

Amoroso y humoroso, a lo largo del espectáculo el Macca no dejó pasar oportunidad alguna para contar anécdotas en el contexto de diferentes canciones. La leyenda de 75 años de vida y más de 50 de carrera es un showman y un juglar al que le gusta conmover y estrujar a su público. Entre historias y canciones presentó varios tributos con palpable sinceridad: “Love Me Do” (con infinito agradecimiento) para George Martin, “Something” (con un pequeño ukulele y mucho cariño) para  George Harrison, ”Maybe I’m Amazed” (como un humilde recordatorio de su vulnerabilidad) para su amada ex esposa Linda y desde luego el más desgarrador de todos los homenajes fue “Here Today” para John Lennon, del que nunca pudo despedirse apropiadamente y a quien desde una cascada que lloraba por encima del escenario Paul, guitarra en mano, parecía dirigir su canto hasta la vecina Manhattan, en donde a su amigo le arrebataron la vida.

La voz de Paul hace tiempo que dejo de ser la del Sargento Pimienta. Los años la han bajado de rango y adelgazado, pero el cobijo de una banda como la suya repara cualquier imperfección.

La producción del One on One Tour es aparentemente discreta, pero el vanguardista espectáculo de McCartney aprecia los favores del ocultamiento. Adelantado siempre en lo que a tecnología en conciertos de rock se refiere, el ex Beatle cuenta con un escenario que va mutando conforme la función se desarrolla. Paul y su grupo nos hicieron volar a todos los presentes (y a los que habitan en nuestra memoria) por un viaje mágico y misterioso de 40 temas interpretados maravillosamente. Los que brillaron con luz más intensa fueron “Let Me Roll It” (con un jam de “Foxy Lady” de Jimi Hendrix), “A Day in the Life” (hermanada con “Give Peace a Chance” de John Lennon), “Helter Skelter” y “Live and Let Die” (U2 y Guns N´ Roses jamás superaran las versiones de esta gira), “I Wanna Be Your Man” (el primer éxito de los Rolling Stones, escrito por Paul y John), “Yesterday” y “Eleanor Rigby”(joyas paralelas, la canción con más versiones grabadas en la historia y el relato más triste jamás cantado) y, desde luego, “Hey Jude” (himno monumental con poderes curativos, tonada que destruye amarguras y sana las heridas).

En Nueva York no hay monarquía como en Inglaterra o al menos eso yo creía. Porque para el encore final apareció en el escenario el Rey de Long Island: Billy Joel. La ovación fue estruendosa. El rictus de admiración de Joel al sentarse detrás de las teclas de un psicodélico piano multicolor era el reflejo del rostro de McCartney, al preguntarle a Billy qué canción quería tocar. El mano a mano de los amigos duro dos rolas: “Get Back” y “Birthday”, nueve minutos dignos del Salón de la Fama del Rock and Roll, un broche de oro con diamantes para un recital histórico.

Cuando en 1997 la reina Elizabeth II de Inglaterra nombró caballero a McCartney, seguramente le encomendó el seguir haciendo un poco más feliz a todo aquel que tuviera el privilegio de asistir a sus conciertos. Sir Paul estará uno a uno con la Ciudad de México en el Estadio Azteca y será una caricia a tiempo para el alma y el oído, donde poco más de 55 mil personas en directo dejarán entrar esa canción bajo su piel, para que entonces les vaya mejor (remember to let her into your skin, then you begin to make it better).