Hay un nuevo álbum de Steven Wilson que circula hace ya unas semanas. Ha recibido, como lo hace desde hace algunos años cualquier trabajo del compositor, diferentes lecturas, pero una muy interesante es esa especie de odio y animadversión que convoca en un sector del público en cada nueva incursión.

En realidad, la sensación de molestia ante la obra del guitarrista proviene más del fanatismo de sus seguidores que de la música misma. Sí, hay una molesta legión de fans de Wilson para quienes cualquier producción resulta inmaculada, grandiosa, genial…, incluso antes de haber aparecido.

Tal vez, para acercarse mejor a este hombre responsable de haber dado un nuevo impulso al rock progresivo, lo mejor sea disociarlo de sus diferentes proyectos. No es lo mismo su obra con No Man, Black Communion, Blackfield, Storm Corrosion o I.E.M. que sus producciones como solista. Tampoco es lo mismo su labor como restaurador de clásicos de Jethro Tull, Gentle Giant o XTC, entre otros, y menos similar a Porcupine Tree.

Probablemente el odio —o esa sensación de desdén y prejuicio— viene dado porque cada vez con mayor frecuencia el músico echa mano del pop en sus producciones discográficas, un movimiento que lo “acerca” a las masas y lo aleja de puristas y ortodoxos, aunque, la verdad sea dicha, no ha abandonado la calidad en ningún momento, como puede constatarse en To the Bone (Caroline, 2017), quinto álbum bajo su nombre.

“The Same Asylum as Before”, uno de los once cortes incluidos en el disco es un ejemplo de eso. La primera parte es muy melódica, con unos coros y un estribillo que bien podría formar parte de cualquier canción romántica y que incluso llega a ser melosa, pero el puente es agresivo y luego de éste aparece un breve solo de guitarra con leves inflexiones de jazz, para regresar al coro y finalmente dar paso a la coda. La interpretación resulta impecable, la producción es correcta, prístina, intachable.

Si lo que se busca es cierta crudeza, se hurga en el lugar equivocado; porque desde hace unos años, Wilson se ha manifestado como un esteta de alta perfección. Esa tal vez sea una de sus “debilidades”. De unos años a la fecha, el guitarrista se ha obsesionado por el uso de la tecnología y con ello probablemente ha dejado a un lado la espontaneidad, para entregar meticulosos trabajos de producción.

La mejor explicación de por qué la obra de Wilson navega en la independencia, aspira a las ligas mayores y coquetea fuertemente con ellas (“Permanating” es asquerosamente radiable y contagiosa, cual si fuera un corte de ¿Fleetwod Mac?; “To the Bone” se para en el funk, en la música del mundo, en el pop y es absolutamente convincente; “Detonation” tiene una parte funky que luego deriva a la fusión que envidiaría cualquier banda reciente) la da él mismo en una entrevista que le hice hace un par de años y en la que habló de su formación musical: “No me gusta la música porque pertenezca a un género específico, me gusta aquella que tiene una fuerte personalidad y puede ser cualquier cosa, desde metal extremo hasta country o progresivo. Los sonidos con los que crecí fueron los de los ochenta, fui fan de The Cure, los Smiths fueron muy importantes para mí. Esa música fue determinante porque es lo que escuchaba cuando crecí con mis amigos y la que estaba a mi alrededor”.

Un pie de Wilson está en el rock progresivo de los setenta, vía la influencia de su hermano mayor; el otro está en los ochenta, en lo que cantaba en la calle, escuchaba en la radio y compartía con sus amigos. Canciones de Tears for Fears, Peter Gabriel o Style Council, música que distaba de ser progre, pero surgió al amparo de este género, aunque también con ansia de gestar su propia voz.

To the Bone debe leerse así, como el testimonio de un compositor de su tiempo que redefine el rock progresivo mediante la incorporación del pop. Ha sido cruzada de Wilson conciliar mundos en apariencia dispares; no creo que en este álbum haya alcanzado la síntesis buscada, pero sí ha quedado muy cerca.