El Palacio de los Deportes se cimbra como de costumbre, pero hoy su resonancia, de regular perniciosa, ayuda a expandir y potencializar la música que allá, un poco perdidos en la inmensidad del escenario, generan Neil Tennant en la parte vocal y Christopher Lowe desde sus teclados. El primero, en un gesto de candor o de humildad, según se quiera ver, luego de saludar recuerda al público que ellos se hacen llamar Pet Shop Boys.

La dupla, más tres músicos de apoyo en percusiones, coros y teclados, llega para reafirmar la respetabilidad que, desde hace ya como mil años, tienen en la escena de la música dance y que se extiende con cada álbum. Esta noche toca el turno a Super, su treceava producción en estudio y que dio pretexto para iniciar la gira de igual nombre que es el que nuevamente los ha traído a México.

Tennant y Lowe sacan el colmillo de inmediato. Luego de una tibia recepción a “Inner Sanctum”, uno de los temas de su reciente álbum, descargan toda la potencia con “Opportunities (Let’s Make Lots of Money)”, una canción cuyos dos primeros versos (“I’ve got the brains you’ve got the looks / Let’s make lots of money”), en apariencia, son el eje bajo el cual se ha movido la carrera del dueto.

Sin embargo, no se crea que el grupo es un  mero ejercicio de cinismo. A lo largo de la noche dejan constancia de que su éxito se sustenta en un synth pop fino, elegante (¿cómo escapar de esas líneas untuosas, cargadas de sensualidad de “West End Girls”), energético (“It’s a Sin”, es un bálsamo para cualquier mal), siempre correcto pero impregnado de alma (“Love Comes Quickly”) y que aún no ha perdido la capacidad de buscar e incluso experimentar (“The Dictator Decides”).

A pesar de estar cercanos a los cuarenta años de trayectoria es notable que lo suyo no sea un ejercicio de nostalgia, pero hay cosas que no cambian con el tiempo y su espectáculo siempre tiene algo de kitsch, un condimento que, paradójicamente,  en vez de repeler lo vuelve más atractivo. También, mientras menos pretenciosos son —en el sentido de no apelar a la solemnidad ni a tomarse demasiado en serio—, Tennat y Lowe resultan más eficaces, probablemente porque han logrado combinar lo emocional con la inteligencia y dejarlo asentado en frases que ocasionalmente podrían funcionar como aforismos: “El amor es un constructo burgués / como todas las aspiraciones, es una fantasía” (“Love is a Bourgeois Construct”) o tal vez porque hay una búsqueda continua en su música que, sin tratar de ser revolucionaria, logra estar allí, siempre presente.

La noche, a pesar de mantenerse en un alto nivel casi todo el tiempo, tiene puntos destacados. El primero se da cuando los músicos de apoyo se hacen visibles, imprimen más cuerpo a la masa sonora y su presencia resta mecanicidad y añade víscera; otro es cuando aparecen los ritmos latinos (“Se A Vida E”) y los demás en las perfectas entregas que hacen de  “Love Etc” y “The Sodom and Gomorrah Show”.

El ánimo dista de decaer. La música, conforme transcurren los minutos, se vuelve más rítmica, demanda actividad física. Los cuerpos no se resisten, sin contención alguna se explayan, sudan, buscan llegar a la extenuación y si pareciera que el todo decae, allí está el tema infalible, colocado en el momento justo, porque hasta para eso se pintan solos estos dos.

Tennant se muestra contento y Lowe, aunque siempre se escuda en su casco o sus gafas, también lo está. Cerca del final, dicen que harán un nuevo arreglo para una vieja canción y dejan escapar la intro de “Suburbia”, misma que se enlaza con “Go West” y su coro monumental que hoy se escucha más robusto y potente.

El grupo deja para el final “Always on my Mind”, una canción que tiene más compositores que estrofas, un clásico infaltable en su repertorio y que pone punto final a la noche y muestra que si bien ellos son capaces de visitar una y otra vez su pasado, saben hacerlo con gracia y sin necesidad de dejar de lado el futuro.