Oriunda de Monterrey, Nuevo León, Martha Chapa es una de las pintoras más connotadas de México. La artista plástica se abrió paso desde la hostilidad de un entorno tradicionalista y castrante —o como ella misma expresa: “De mujeres clausuradas”—por ser del tipo de persona que reta a la adversidad. Chapa, quien ha conseguido la popularidad por sus mil formas de interpretar a las manzanas en el lienzo, asegura que todas las mañanas toma sus pinceles y emprende un nuevo esbozo de la fruta que fascinó a Eva, que perdió a Atalanta y que hipnotizó a Cezanne. Para ella, aquel artista que deslinde sus creaciones de su entorno cultural y de las demás artes está perdido. Habiendo incursionado también en la escultura, la gastronomía mexicana y la literatura, la creadora dice: “Me considero una pintora que cocina, una cocinera que escribe, una escritora que lucha por el bienestar de las mujeres y una mujer que ama el arte”, a lo cual cabe agregar que es una melómana empedernida.


¿Cuál fue el primer disco que escuchaste?
Crecí con las influencias de la música norteamericana y de la norteña que ahora se ha puesto tan de moda, pero en mi casa, cuando yo era niña, escuchábamos desde Cri Cri hasta Agustín Lara. Sin embargo, entre todo este abanico de recuerdos hay un disco que se quedó tatuado en mí: Rapsodia en azul de George Gershwin.

¿Cuál fue el primer disco que compraste?
Tal vez fue uno de Los Platters –que me encantaban– o quizás uno de las Teen Tops o de Los Locos del Ritmo. Era música que en esa época de mi vida estaba bien, porque los gustos se van refinando, tal como la vista o las papilas. Es sabido que hace miles de años el hombre sólo distinguía tres colores y ahora vemos cientos de tonalidades. Hemos evolucionado y también los gustos evolucionan.

¿Cuál fue el primer disco que le envidiaste a alguien por no poderlo tener?
Uno de Julie London. Una amiga mía lo tenía y yo me ponía verde de la envidia, porque ese disco no lo podía conseguir en México y por supuesto no existían las copias caseras. Mi amiga lo guardaba en su ropero, bajo llave, como un auténtico tesoro. Recuerdo que la canción que más me gustaba de ese disco era “Cry Me a River”. Ese disco fue grabado en 1958 y tuvieron que pasar treinta años hasta que lo conseguí en la tienda Specs de Nueva York. Fue lo primero que hice cuando llegué a esa ciudad.

¿Cuál es tu disco favorito para manejar?
Encuentro muy caótico el tránsito en el Distrito Federal y por esa razón, cuando manejo, prefiero la música tranquila, la música clásica. Suelo poner el “Concierto para piano número dos” de Rachmaninov. En los talleres de budismo tibetano a los que asisto, nos insisten en la importancia de llegar a ser casi imperturbables y así es como yo lo consigo en el tránsito.

¿Cuál es el disco que mejores recuerdos te trae?
Hay uno en especial de Sergio Méndez & Brasil 66. Me recuerda mi adolescencia, ese estado de curiosidad e inocencia, de ir al encuentro de ti misma y ahí es donde la música entra para abrirme puertas, canales de imaginación en los cuales me puedo instalar.

¿Cuál es el disco que más te avergüenza tener?
Podría decirte que ninguno, tratando de ser muy respetuosa, pero la verdad es que por ahí tengo uno de Gloria Trevi, el de “Pelo Suelto”, que si escucho las letras me producen pena ajena, pero respeto cualquier intento de creación.  Cabe resaltar que ese disco me lo obsequiaron, yo no lo compré.

¿Cuál es el disco que más lamentas haber perdido?
El Blues de Billie Holiday, esa mujer que parece que llora cuando canta y cuya vida intensa conozco. Me gusta conocer las biografías de los músicos. También lamento haber perdido Misty, un disco de Erroll Garner, de 1954, y que no he podido conseguir… ni siquiera en Specs.

¿Cuál es el disco que adquiriste más recientemente?
Muchos: El Agua de la Alhambra, Música Andalusi de Eduardo Paniagua y el Arabi Trío; las compilaciones New York Memories y Café de París; The Essential Yo-Yo Ma. También Nirvana Lounge de Claude Challe Thebass y Ravin y Mozart Egyptien uno y dos, entre otros.

¿Cuál es el disco que más te ha influenciado en la vida?
Varios, como One More Angel de John Patitucci, toda la música de Peter Gabriel, la música de Tom Jobim, El Blues de Billie Holiday y recientemente, de manera muy marcada, la música tibetana.

¿Cuál es el disco que prefieres para hacer el amor?
La que escogemos mi pareja y yo, según el momento. Unas veces estamos muy tiernos, otras veces más apasionados. Por supuesto una posibilidad es el silencio o más bien el rumor del amor.

¿Cuál es el disco que quisieras que tocaran en tu funeral?
Música tibetana, algún mantra que es música de poder, para que me ayude a transitar de un estado a otro.

¿Cuáles son los cinco discos que te llevarías a una isla desierta?
Uno de Edith Piaf y de ella hay tres canciones fundamentales que son “La vida en rosa”, “Los puentes” y otra que va: “Es mi hombre…”. Uno de Charles Aznavour, el “Concierto para violín en re menor” de Bach, un disco de jazz y otro de salsa, pero es muy difícil elegir sólo uno de estos géneros que tanto me gustan.

*Rescate hemerográfico. Entrevista publicada originalmente en la revista La Mosca en la Pared, en febrero de 2007.