Imaginar un mundo sin internet o redes sociales resulta difícil para los jóvenes. Pero apelemos a la imaginación histórica y viajemos a un punto en el tiempo, ahora lejano, cuando al lado de países desarrollados existían regiones del mundo (África, Asia, el Pacífico Sur) verdaderamente ignotas. ¿Cómo se trazaron los mapas de esas distantes geografías? ¿Quién tomó las primeras fotos de sus habitantes? ¿Dónde se publicaron?

Charles Duvelle tiene muchas historias que contar al respecto. Etnomusicólogo, pianista, compositor, estudiante del conservatorio —“fue muy difícil, pero ahora no me gusta escribir música, creo que este sistema ha producido música muy hermosa, pero limitó nuevas posibilidades de creación”—, vivió su infancia en Laos, Vietnam, Camboya y finalmente se asentó en París, Francia, cuando cumplió nueve años.

A fines de la década de los cincuenta del siglo XX, un productor de cine le pidió hacer un score que estuviera basado en la música africana, de la cual no tenia  ninguna idea. Fue a documentarse a Radiodifusion de la France d’ Outre-mer (RFOM) y encontró muchas cintas con entrevistas, programas históricos y música –recuérdese que en aquellos años Francia tenía varias colonias en países del tercer mundo y utilizaba la radio como herramienta de difusión ideológica– y comenzó a trabajar en la catalogación de las mismas.

En esa época, Duvelle también inició sus viajes. Su principal tarea era la documentación. Llevaba a cabo grabaciones —tanto de músicos profesionales como de ceremonias específicas— y tomaba fotografías (su relato de cómo se multiplicaba para tomar impresiones, detener el micrófono y controlar el volumen de la grabadora resulta muy ilustrativo).

Ya en 1961, decidió producir tres elepés de diferentes regiones de África (Nigeria, Alto Volta y Costa de Marfil). El explorador, absolutamente fascinado y enamorado de estas músicas que le hablaban de otra manera y que las más de las ocasiones registraba con la ayuda de habitantes de la localidad (“En cada pueblo me acompañaba no sólo por alguien que hablaba la lengua con facilidad, también era miembro de la comunidad, lo que hacía todo más sencillo”). Estaba convencido de que este universo de sonidos merecía una consideración especial: “Esta música debía ser tratada tan bien o mejor que la serie de la Deutsche Gramophon”. Eso le valió que dos de esas primeras producciones recibieran en 1962 el Gran Prix du Disque, Academie Charles Cross.

Para 1964, RFOM se transformó en la Office de Coopération Radiophonique (OCORA). De allí se desprendió, como una “rama” Disques Ocora, cuyo objetivo era diseminar la música africana en el mundo occidental. De nuevo, apelemos a la imaginación. Duvelle comenzó a hacer muchas producciones y la música que allí registró fue fundamental para trazar un mapa sonoro de un mundo entonces desconocido. Jazzistas como Archie Sheep, Sunny Murray o Sun Ra, para quienes el continente negro era crucial en su imaginario, encontraron en las grabaciones del francés un impulso decisivo.

Ese trabajo de toda una vida desarrollado por Duvelle, se da ahora a conocer en el libro The Photographs of Charles Duvelle. Disques Ocora and Collection Prophet, una bella edición presentada por el sello Sublime Frequencies, en donde se recogen fotografías de 1959 a 1978, la mayoría de ellas en blanco y negro (188),  acompañadas por un par de discos con algunos cortes inéditos hasta ahora.

El texto, además de las imágenes, recoge una larga entrevista en la que se trazan algunos de los detalles más importantes en la vida del sello discográfico, algunas anécdotas de Duvelle (el contacto con Fela Kuti, su llegada a diversas regiones de África, en donde resultó ser el primer blanco en ser visto); también se incluye el facsímil del informe “Eastern Music in Black África” que presentó a la UNESCO en febrero de 1970 y el catálogo completo —con las correspondientes ilustraciones de las portadas— de Ocora (1959-1974) y la serie Prophet (1999-2004).

El legado de Duvelle es principalmente documental y con frecuencia es utilizado como sampleo en diferentes producciones de jazz, world music e incluso rap, por lo que su obra se considera una de las más importantes para el entendimiento de la biodiversidad de este planeta, lo que llevó a Carl Sagan a incluir algunas de sus grabaciones recogidas en Benin, en los Voyager Golden Records que en 1977 viajaron en la nave espacial Voyager, como un ejemplo de una de las expresiones  musicales más elevadas de la humanidad y que ahora ha quedado asentada en ese texto que desde ahora es esencial.