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Mi formación como teórico de la sociocultura roquera siempre se encuentra en conflicto. En choque con muchas cosas, comenzando, siempre, con mi propia conciencia. Nunca se aclara bien algo del rock como idea teletransmisora de la libertad. Siempre hay dudas, incertidumbre.

Pero funciona. Actúa bien. Lo veo, lo escucho, siento y entiendo, desde hace ya más de cuarenta años, lo que me da una significativa perspectiva histórica sobre el acontecer contracultural del rock de que hablo y pienso en esta columna.

Ya no creo en las etiquetas o en las clasificaciones perfectas. Toda definición es tentativa, una alegoría que se desea plausible pero no La Verdad. Cuando escribo de rock, no busco los principios o los finales de cosa alguna. Tampoco las anécdotas y las estadísticas. Imposible, por absurdo, querer decir la última o la primera palabra sobre algo, lo que sea. Más absurdo cuando se habla de un fenómeno tan diverso y extenso como lo que aquí llamo “rock”.

Desde mi primer trabajo como escritor de este género, hace ya algo más de cuatro décadas, lo que más deseo con la escritura es filosofar sobre este género como un disparadero de contracultura libertaria. Algo que no se dice o piensa de manera simple; porque la auténtica libertad es un producto real del trabajo humano, no un don de la naturaleza o una casualidad de la especie. La libertad es un fenómeno sociocultural y civilizatorio en verdad muy poderoso, dominante, camaleónico, que siempre depende de nuestro trabajo real para adquirir pleno sentido, para alcanzar a ser de verdad cierto y plausible para todo el mundo.

Hay un orden del discurso del rock con fuerte voluntad liberadora. Allí quiero conectar mi reflexión. Aunque parezca que no se entiende. No hay atajos o escaleras ligeras para ascender al conocimiento de lo real y definitivo.

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En este momento, considerada en forma objetiva, la música en general está metida en un grave problema. Toda la música parece funcionar en este momento histórico como una especie de droga espiritual muy poderosa, el sustituto inmediato y constante de la religión como “opio del pueblo”.

Para una sociedad nihilista pasiva con miedo a pensar de verdad por cuenta propia, la música llena de muchas maneras los momentos de inseguridad e incertidumbre, lo mismo que los de alto valor simbólico. La música se encuentra presente de tiempo completo en la existencia social urbana, aun en medio de las selvas y las playas más despobladas, igual que en el inmenso espacio exterior y las teletransmisiones que se plantean interplanetarias, la música ocupa mucho tiempo de la vida cotidiana y lo hace anestesiando y amnesiando, lo que la vuelve intolerable, aunque no lo parezca de principio. Hoy día, la música es el pretexto para casi todo. Con música se piensa y hace la vida entera. Es un fondo que aturde, creo yo, para no sufrir y chocar con el desorden aún imperante dentro del salvaje tardocapitalismo financiero que impone y domina la globalización.

Es hora de volver a desconfiar de la música. Tiempo para la reflexión crítica. Romper la costumbre. Hay que ofrecer resistencia argumental contra la música domesticadora que llena los lapsos muertos entre los comerciales y en los eventos rosas y negros del registro civil burgués. Hay que criticar el estar ahí de la música como forma de soportar e ignorar el encierro, de la música como droga espiritual para disminuir las ansias inquietas de más y más libertad. Hay que actuar contra la música como costumbre para estar en la costumbre de la costumbre nada más por costumbre de la costumbre, un círculo vicioso.

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Un punto de ruptura del esquema domesticador de la música, como opio adormecedor del cuerpo y la conciencia, lo representa, a mi entender, de modo ejemplar, una pieza de los Beatles. La más extraña y anormal “canción” dentro de su repertorio. La que se conoce como “Revolución 9”, penúltima grabación del cuarto lado de la obra con dos discos LP que se conoce como el álbum blanco de los Beatles (1968). Una grabación electrónica con duración de ocho minutos y medio. Algo en todos sentidos fuera de serie.

Esta pieza de música experimental de vanguardia todavía hoy día incomoda de muchas maneras a la masa que sigue y admira a los Beatles. Es la menos reproducida en público y la que menos gente escucha en privado. Muchas personas la consideran de verdad molesta, casi una grosería o broma muy pesada, una auténtica mafufada; nada digno de tomarse en serio… y por ello resulta interesante. Es música. Eso es innegable. Música electrónica, de la más radical y todavía hoy novedosa. Un montaje de grabaciones diversas, muchas de ellas no de música institucional. Algo anómalo como música popular, más aún como música para el consumo de la juventud y la gente adolescente. Incluso dentro de la música considerada seria y de sala de conciertos, una grabación como “Revolución 9” todavía hoy día se presenta como demasiado “adelantada” y “provocadora”. No es lo mismo que otras piezas calificadas como “sinfónicas” de los Beatles y otros grupos de rock.

Ni siquiera músicos tan radicales como Frank Zappa o Lou Reed, por buscar ejemplos límite dentro del rock de esa época, igualan algo tan vanguardista y anómalo como “Revolución 9”. Karlheinz Stockhausen, el músico experimental con cuya obra se compara a esta pieza del álbum blanco, dijo que los Beatles estaban haciendo los mismos experimentos de grabación que él para su obra Hymnen de 1967. Que no eran plagiarios o simples imitadores, sino sus pares por completo en la creatividad musical.

Basta con guglear ese título, para encontrar en internet una gran cantidad de información crítica que deshace de muchas maneras la idea de que esta pieza no debe incluirse en la obra de los Beatles. Lo mismo que información suficiente para apreciar que no es una casualidad ni un mero remedo o copia de lo hecho por otros. Esta pieza, atribuida a Lennon y McCartney, constituye una obra del porvenir, ya que todo en ella desborda aún hoy el esquema de lo que debe ser música. Es una obra inquietante y asombrosa. No acepta la recepción domesticada. No proporciona el placer espectacular de la música en general, su principal ingrediente como adormecedor de la conciencia. Más bien, hace todo lo contrario. Es música libre, muy libre. Un acontecimiento que inquieta y provoca. No se le puede ignorar y no se le puede dejar pasar en forma indiscriminada. Pide respuesta, pide responsabilidad crítica ante lo que se acepta y reconoce como música y si se le presta atención, abre caminos en la conciencia. Hace pensar cosas nuevas, diferentes. Otras cosas que desenajenan de la música como ideología del Gran Bostezo y el baila hasta que te duermas, para que mañana regreses con ese ejercicio al tiempo de trabajo productivo para el capital financiero y todo eso.

Una pieza descomunal. Válida por completo como senda de libertad, desde hace ya casi cinco décadas. Buena razón para escribir este ensayo voluntariamente raro sobre ella como constelación de imágenes para la acción libertaria directa. Nuestra comunicación.