En un mundo ya de por sí conflictivo, hay países que se caracterizan por serlo aún más. Sudán es uno de ellos. Este territorio norafricano, rodeado de fronteras y el más grande de dicho continente, se ha distinguido desde su independencia de Inglaterra, a mediados del siglo XX, por un perenne estado bélico. Las confrontaciones políticas y religiosas lo han enfrentado consigo mismo por varias generaciones. Si en la antigüedad fueron los egipcios y esclavistas su principal azote, luego lo serían los ingleses y finalmente el comunismo, el anticomunismo, los golpes de Estado, las dictaduras y una contienda civil interminable y brutal entre el Norte (islamista) y el Sur (cristiano y animista). Es una nación dividida cuyos fundamentos parecen ser las masacres, las crisis económicas, las sequías y el éxodo de su famélica gente debido a la miseria y la implantación de la sharia o ley musulmana que prohibe un sinnúmero de cosas, entre ellas la música. Incluso ha expandido su caos y recibido la declaración de guerra de su vecino Chad.

Es decir, nada que evoque aquel pasado mágico y faraónico construido por el imperio kush que permeó los primeros tiempos de esta tierra otrora próspera, cuyos afluentes eran (y son) los legendarios ríos Rojo y Nilo, con una rica mitología, una lengua y escritura propias y la omnipresencia del Sahara. Como pueblo comerciante, importó formas de cultura tanto de los romanos y griegos como de los egipcios. A través de su extenso territorio viajaban los griots, para llevar las noticias y comentarios sobre todo lo que acontecía. Eran los hombres encargados de trasmitir las tradiciones, los cambios y las experiencias mediante la oralidad y la música.

Para las civilizaciones de la costa atlántica y del norte africano, la responsabilidad del griot consistía en recrear y renovar los recuerdos y las emociones de las generaciones pasadas con respecto de las presentes. Se reconocía como los mejores a aquellos que tenían el don de escuchar con atención y reproducir hábilmente el sentir popular. En el Sudán, el griot es desde aquellos tiempos una especie de monje que al cabo de un tiempo determinado aprende de los viejos todos los secretos del arte poético, la danza, la pantomima y el canto. Sin embargo, las especialidades de este tradicional trovador, así como su instrumental o la temática de sus composiciones, han variado con el paso de los años según la región y la época en donde se encuentren.

En la actualidad, son poetas y músicos que intervienen en diversas cuestiones de la vida social y aun cuando son vistos por Occidente como cantantes “profesionales”, siguen siendo los depositarios de una tradición milenaria que llegó hasta ellos gracias a un universo plagado de magia y realidad. Uno de los más noveles y cercanos es Emmanuel Jal, cuya historia resulta ejemplar de lo acontecido por esos lares. Nació en el villorio sudanés de Tong, alrededor de 1980. Su madre murió mientras era niño y su padre también, en las filas del ejército. Solo y abandonado, intentó huir de la violencia que azotaba al país hacia Etiopía, como muchos otros infantes (los llamados lost boys). No obstante, en el viaje fue atrapado por la milicia sureña y reclutado para engrosar al Ejército Popular de Liberación del Sudán (SPLA en sus siglas en inglés). Fue entrenado a la fuerza en campos escondidos, lejos de las miradas de las organizaciones internacionales de derechos humanos, y participó en combates antes de los ocho años. Fue un niño-soldado durante un lustro, en el que recorrió cientos de peligrosos kilómetros a lo largo del Nilo.

En una zona de la parte alta de este río, conoció a Emma McCune, integrante de una ONG inglesa, quien clandestinamente lo sacó del país y lo llevó con ella a Kenia. El destino volvió a actuar en su contra cuando, tiempo después, Emma murió en un accidente. Quedó huérfano de nueva cuenta. Sin embargo, algunos asociados de su protectora lo enviaron a una escuela para que recibiera educación. Lo hizo y también desarrolló sus dotes musicales en el gospel y el rap. En 1998, se inició en el canto. Formó parte de varios grupos vocales en los coros de las iglesias y se convirtió igualmente en organizador de conciertos en favor de los refugiados y los huérfanos.

En el año 2005, Abdel Gadir Salim, el afamado hip-hopero de Sudán del norte, colaboró con él en su disco debut Ceasefire, un hecho trascendente, ya que en el álbum se unieron dos víctimas de sus respectivos regímenes: Jal, como ex niño combatiente, y Salim, como músico perseguido por los fundamentalistas islámicos. El CD fue producido por Paul Borg entre Nairobi y Londres y aglutinó a otros raperos (MC Solar, Naughty By Nature) y representantes de la world music (Cheb Bilal, Mory Kante). Jal interpretó sus temas en suahili, nuer, inglés y árabe, al frente de su grupo Reborn Warriors y del Merdoum All Stars de Salim. Una obra antibelicista nominada para varios premios. Tras ello, Jal fue nombrado portavoz de la Coalition To Stop The Use Of Children Soldiers y con tal misión viaja por todo el continente negro y el resto del mundo. Su segundo disco se tituló Warchild (2008) y en el mismo confluyen el rap, las armonías vocales yuxtapuestas con beats tribales, la rítmica del hip hop, el estruendo de las percusiones y el canto coral. Habla de los males del continente de una manera cruda y realista, pero ausente de cinismo.

Vale mucho la pena escuchar su propuesta.