Suse Zweig escuchó el timbre. Había sonado un par de veces. Cuando llegara a sus oídos la tercera, echaría la carrera y abriría en un santiamén. Sabía perfectamente quién era: Herbert von Karajan. Lo había conocido hacía un par de noches, en el baile de su amiga Anna Zimmermann. Aunque ya tenía referencias de él. Buen estudiante, era célebre por sus avanzados conocimientos de física —se decía que era capaz de explicar a la perfección la teoría atómica de Alfred Einstein. Pero también se sabía que era un director de orquesta de un potencial tremendo.

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—Hija, ¿no vas a abrir?, con seguridad es el joven que estás esperando —cómo adoraba a su madre. Veía en ella el modelo de mujer a seguir. Casada en segundas nupcias con Stefan Zweig, era una mujer eminentemente preocupada por la guerra. Pertenecía a sociedades de protección civil a las víctimas de la ira nazi.

Abrió la puerta y un joven de expresivos ojos azules y extremadamente bien parecido se plantó delante de ella.

—Hola, espero no ser inoportuno.

—De ninguna manera. Había olvidado que iba usted a venir, pero por suerte no tenía otro compromiso.

—Si quiere usted regreso otro día, mañana por ejemplo.

—No, está perfecto. Pase.

La casa de Stefan Zweig era de extremo buen gusto. El visitante se sintió atraído de inmediato. Había ahí todo lo que le gustaba: libros, óleos y música, mucha música. Sus ojos descubrieron un manuscrito enmarcado.

—¿De quién es? —preguntó.

—De Johannes Brahms. Es el primer autógrafo que cosechó mi padre de su colección. Tiene como medio millón de autógrafos, entre cartas, manuscritos, de todo. Tenía trece años cuando consiguió éste de Brahms.

—¿Tan joven? Qué intuición… ¿Y cómo le hizo? ¿Lo sabe usted?

—Por supuesto. Iba caminando por una calle de Viena de la mano de su padre y en la acera de enfrente distinguió a Johannes Brahms y corrió a pedirle que escribiera unas líneas en su cuaderno escolar. ¿Quiere ver un álbum?

—Nada me haría más feliz.

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Bastó con que diera su aprobación para que Suse Zweig extrajera dos álbumes de la parte inferior de la mesa de centro. Al instante desfilaron frente a Herbert von Karajan las firmas de una cantidad innúmera de artistas que admiraba, algunos más que otros: Richard Strauss, Joseph Roth, Rilke, Rolland, Thomas Mann, Gorki, Hermann Hesse, Bruno Walter… Con una sola distracción de la chica, qué fácil le resultaría estirar la mano y tomar uno de esos autógrafos, pensó. Pero él había recibido una educación esmerada. Le vino a la mente una frase que su padre solía repetir al menor pretexto: “Cualquier familia alemana culta es aficionada al coleccionismo”. Y era cierto, todos los conocidos que formaban parte del círculo de sus allegados, es decir de los allegados de los Karajan, todos coleccionaban desde partituras hasta cartas, desde instrumentos raros hasta atriles bíblicos.

—Hija, ofrécele un té a tu invitado.

El joven se volvió a la dueña de la casa. La reconoció en el acto. Era Friderike Zweig.

—Señora, es un honor darle a usted la mano. Soy un devoto de su labor humanitaria y de sus artículos. Mi nombre es Herbert von Karajan, a sus pies.

—El gusto es para mí, joven. Bienvenido.

La mirada femenina de la señora se volvió de inmediato a los dos álbumes. En el acto, aquellos ojos expresivos se tornaron recelosos y escrutadores.

—Hija, nunca muestres la intimidad de esta casa a extraños. Ya te lo he dicho.

—Madre, por favor. Herbert von Karajan es mi amigo. Así lo considero yo. Él ama la música y todos en la universidad estamos seguros de que el día de mañana será un gran director de orquesta, a la altura de Toscanini.

—Eso lo dirá el tiempo.

—Señora, por favor. Le ruego. Entiendo su reacción. En efecto soy un extraño, pero déjeme decirle que en casa tengo sobre mi piano un retrato de Beethoven que se le hizo en vida. Sé exactamente el valor sentimental que representa una pieza original.

—Señor Karajan, es una pena que me conozca en este plan. Pero alguien tiene que pagar la imprudencia de mi hija. Tenga la bondad de salir. Necesito estar a solas con Suse Zweig.

—¡Mamá!

—Señora, ¿entiendo que me está usted cerrando las puertas de esta casa?

—No. Si usted es perseverante será bienvenido. Por ahora deje las cosas como están.

Herbert von Karajan se puso de pie, se inclinó delante de Friderike Zweig y se dirigió hacia la salida. La joven caminó tras él.