Hay una maleta en medio del desierto, está allí sola, esperando que alguien la abra, no hay nadie alrededor, ni siquiera una voz pidiendo sombra, sólo los minúsculos granos de arena rodando por la superficie. Podría decirse que es un espacio muerto, la metáfora perfecta para la nada. Sin embargo, esa maleta rompe esa lógica: a la vez que es un objeto inerte, también representa el viaje, el movimiento. Su presencia hace que el espacio encierre una dialéctica espacio-temporal. Un desierto y una maleta, presencia y ausencia de vida. Un paisaje y un viajero. Un pasajero.

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Jairo Zavala y su proyecto musical, Depedro, representa este diálogo temporal en el que, a través del viaje, se construyen narrativas simples y sutiles que van bordando los pedazos del mundo que hay a la mano. Este proyecto presenta su cuarto disco de estudio, El pasajero, un álbum íntimo y grabado de manera análoga, como el primer material homónimo con el que debutó y que lo llevaría a tomar esa maleta del desierto para ponerla en nuestros oídos como si fuese un caracol que comparte los sonidos del mar. 

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Depedro, Nubes de papel y La increíble historia de un hombre bueno son las huellas que han dado historia a la erosionada suela de los zapatos que hoy llegan a un nuevo puerto. Este músico nacido en Madrid pero que ve el mundo fuera de las líneas divisoras de un planisferio, encierra en su disco acontecimientos, experiencias y ritmos con los que ha convivido y se ha conmovido en primera persona. Es un cuadro de sonidos de Senegal, la Ciudad de México, Tucson y Madrid, pero que deja de ser un cuadro porque el quinto destino siempre es su propia intimidad. Cinco puntos que forman la manera más elemental de formar una estrella con canciones extraordinarias como “El pasajero”, “Panamericana”, ”¿Hay algo allí?”, “La casa de sal” y “Déjalo ir” que incluye los coros de la guatemalteca y ganadora del grammy Gaby Moreno, una de esas voces que parecen una tierna y sutil neblina.

Hay una canción muy especial a manera de homenaje al otrora Distrito Federal, este gigante maravilloso con el que bailamos al mismo tiempo que vamos cuidando que no nos pise. Una canción que me recuerda que el DF sigue siendo nuestro, un espacio que guarda nuestras historias más personales; en ese tema, Enrique Bunbury sube a la barca para cantarle a ese lugar defectuoso pero virtuoso que muy posiblemente escuche su nueva canción de frente para el año que viene, dentro de la gira que planea Depedro por Latinoamérica. 

El disco va siempre acompañado con la ejecución y el talento creativo de Joey Burns y John Convertino de Calexico, amigos inseparables de Zavala y fundadores del grupo en el que éste ciudadano del mundo es guitarrista y pieza fundamental, junto a grandes compañeros como Jacob Valenzuela y Sergio Mendoza. El aderezo de este trabajo son los preciosos arreglos de cuerda por parte de Tom Hagerman del peculiar grupo Devotchka.

El trabajo por demás completo fue grabado y mezclado en los estudios Wavelab en Tucson, Arizona, con la fina dirección de Craig Schumacher, ingeniero tan meticuloso como su pasatiempo: recorrer con drones cada rincón del desierto de Tucson para grabarlo en una sinfonía visual con la que se inspira cada mañana. La grabación del álbum fue hecha por Chris Schultz, un joven que entiende a la música de una manera milimétrica.

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Todo el trabajo se llevó a cabo de manera análoga y es que esta forma de realización es un ejemplo de la filosofía que lleva Depedro por la vida: las canciones se van grabando en extensas y bellas cintas magnéticas que pasan por un imán que poliniza los sonidos en esas misteriosas líneas oscuras sin dejar opción de editarlas o de arreglarlas. Esto quiere decir que no hay paso atrás, no hay tiempo para arrepentirse pero sí para aprender del error; saber que la vida se basa en decisiones que debemos asumir y que la realidad es tan santa que nunca nos deja de acompañar, tal como no nos abandonan los sueños, la imaginación y la creatividad, virtudes que se nos olvida que también son parte de lo real. El resultado es un trabajo artesanal, tal y como se hacían los discos “a la antigua”. No hay entonces posibilidad de arreglar la mezcla, es un camino que se traza caminando como decía Machado donde “al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Grabar de manera análoga es ir lento en un mundo en el que nos come la inmediatez; es permitir que la realidad también permee en el sonido, es abrir la puerta a la honestidad y cerrarla al continuo engaño de la perfección.

Depedro es más que un pasajero. El pasajero viaja en un vehículo y pasa por muchos lugares con las maletas llenas de esperanza. Este músico no sólo pasa, se queda gracias a la capacidad que tiene para relacionarse con cada lugar, la manera en que lo escucha y es capaz de tomarle el pulso. Depedro es el pasajero que escucha y que dialoga, que te muestra y también te mira. ¿Cómo poder pasar al mismo tiempo que te quedas? La respuesta la ha encontrado Jairo Zavala y es que rompe esa regularidad del ritmo de sólo-pasar, porque es capaz de recoger una nota que yace en un desierto y escuchar el tono de su silencio. Es entonces una especie de síncopa que acentúa los momentos y que se va propagando por el aire, que se marcha, pero que a la vez se queda siempre.

En resumen, Depedro es un pasajero que no-sólo-pasa. Es una maleta. Es un paisaje y un viajero. Un pasajero que entra en una sinergia análoga con la sensibilidad del mundo.

Puede seguir a Depedro en: http://www.depedro.net/

El pasajero se estrenó mundialmente este viernes 23 de Septiembre.