La historia del rock son sus mitos y leyendas, como la que concierne al grupo The Sonics. El rock de garage que surge con ellos constituye todo un fenómeno. Lo que existe ahora o vaya a existir en el futuro en esta música es inherente a lo ya sucedido desde que apareció esta banda en Tacoma, ciudad hoy mítica que, junto con su vecina Seattle, se convirtieron en el lugar, en la cuna de la creación y el desfogue (para reproducir lo oído en el ambiente, los riffs, hacer covers o piezas originales incombustibles).

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Producto del auge económico de la posguerra fue aquella urbe portuaria y fronteriza con Canadá que en medio de vientos intensos, astilleros rechinantes y el fabril tratamiento de materiales pesados –y a la que el tráfico constante de aviones de la cercana base aérea militar dotaba de una atmósfera ruidosa y tensa– era hogar de las ansias juveniles (escapar de un futuro nebuloso, conseguir el mayor número de féminas, andar en autos veloces y divertirse a tope) y de las esperanzas de expresión de los adolescentes que decidieron ponerse el nombre The Sonics. 

Jerry Roslie descubrió el rhythm & blues, el sonido urbano del blues, eléctrico, sensual y amplificado en sus andanzas por el cinturón negro de la ciudad. Quedó impactado por su fogosidad e ímpetu. Era lo que sentía por dentro. En cuanto pudo llevó consigo en otras escapadas a sus amigos Rob Lind y Bob Bennet, para que escucharan aquello que lo había fascinado. Con ese sonido en la cabeza por un par de años formaron parte de varios grupos pero sin encontrar lo que buscaban, hasta que los hermanos Parypa, de una banda local de rock instrumental, los invitaron a unirse a ellos.

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La llegada de Roslie y amigos cambió el estilo de la formación. De lo instrumental con influencia de The Ventures y de los ídolos regionales The  Waillers, pasaron a la de Little Richard, Jerry Lee Lewis y el primer Elvis. Era el comienzo de la década de los sesenta. Jerry ingresó como tecladista y vocalista y le puso el acento a un grupo que marcaría nuevas rutas a partir de mediados de la década: el rock de garage, el proto-punk y el pregrunge.

Con el recuerdo de aquellas escapadas a los barrios negros, Roslie rugió, como ningún otro, las emociones salvajes y las urgencias juveniles contenidas en sus letras crudas, ríspidas y poderosas, muy lejanas del ámbito común de la época. Este material estaba respaldado por un saxofonista frenético (Rob Lind), un baterista atronador (Bob Bennet), un guitarrista abrasivo que ponía la distorsión a tope (Larry Parypa) y un bajista que no se amedrentaba ante nada (Andy Parypa).

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Su sonido era sucio, lo-fi, de alto volumen y pura energía recargada. En su repertorio emulaban a sus ídolos de manera fuerte, impetuosa y acelerada, pero también lo hacían con sus propias expresiones con el objeto manifiesto de eternizar el espíritu que los invadía en ese particular y bullente momento de la vida.

Roslie, inspirado por los hollers negros, gritaba como un poseído y componía piezas que hablaban de desapego amoroso, prometían venganza o disertaban sobre trastornos mentales (“Psycho”), sustancias peligrosas y ofuscantes (“Strichnine”), mujeres de talante malvado y mentiroso (“The Witch”) o la oscuridad demoniaca (“He’s Waitin’”). Temáticas demasiado adelantadas a su tiempo, cosa que los alejó de los focos mediáticos (censura, escasa transmisión radial, ninguna presentación televisiva) y los mantuvo como grupo de culto, influyente y subterráneo.

Con la aspereza apasionada de su estilo avanzaron a toda velocidad, cuidando su precioso arcano contra viento y marea. Por ello los dos primeros discos lanzados en aquella época bajo el sello Etiquette, Here are The Sonics!!! (1965) y Boom (1966), son trabajos discográficos que siguen asombrando por su descomunal fuerza sonora.

Son joyas y pruebas de que el rock y su mitología son profundamente románticos. Le otorgan el mayor mérito a toda desmesura y a las explosiones del genio individual, sobre todo a aquello que refleje el barullo mental y emocional que se transpira siendo de naturaleza airada y víctima circunstancial del mundo circundante.

El papel que estos intérpretes le asignaron a la música tuvo la misión de hacer visible la intuición absoluta que no aceptaba más que la libertad creativa absoluta también. Por eso cuando una compañía discográfica más grande quiso limarles todas sus asperezas acabaron con ellos. Tras un decepcionante tercer disco, Introducing The Sonics, se disolvieron, con intermitentes reuniones. Hasta la actualidad, en que reaparecen con un nuevo álbum 50 años después, This Is The Sonics, con el que buscan reencontrarse con aquel espíritu.

Sí, el rock de garage lleva en el candelero medio siglo de existencia y está más vivo que nunca, con grandes representantes en cada una de sus épocas y también con felices redescubrimientos como el de los Sonics. Su rock de garage es el germen de la cadena biológica del género, el que señala su ADN (con alma incluida).