La canción que se escucha para abrir los créditos de la serie es un manifiesto sonoro tan tribal y primigenio como latente de actualidad. Es la pauta para el concierto de imágenes, emociones, leyendas, mitos e historia que vendrá a continuación. Es una pieza que se caracteriza por su electrizante oscuridad e imaginería de aprehensión milenaria y pertenece al disco homónimo que presentaba a Fever Ray como ejemplo del indie electrónico sueco más contemporáneo y expansivo a nivel internacional.

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Con esa línea de bajo esencial, surgida de una máquina procedente del futuro y descubierta en la caja de resonancia de una caverna agorera, inicia la odisea musical hacia la noche de los tiempos. Un mismo acorde y una misma melodía en bucle, repitiéndose a lo largo del tema como si se tratara de un mantra, de un conjuro. El opaco paisaje, en el arriba y abajo de “la pradera de las gaviotas” (como aquellos hombres denominaban líricamente al mar), moviéndose airado y de forma tormentosa mientras el ojo intenta capturar la furia implícita en todo su dinamismo sepia.

If I Had a Heart (“Si tuviera un corazón”) es la pieza que mantiene en vilo al espectador, en una suerte de trance instantáneo. La extraña magia de este tema sonoro abre la saga televisiva Vikings. En ella se mostrará a estos personajes aguerridos con la mirada de hoy y tras su seguimiento (luego del final de la cuarta temporada y con otras tres en perspectiva), éstos ya no son lo que eran antes de ella.

La hacedora de esta pieza emblemática, Karin Elizabeth Dreijer Andersson (nacida el 7 de abril de 1975 en Nacka, Suecia), es una de las  artistas más reputadas de aquella región nórdica. Esta ex integrante del fraternal binomio The Knife apela en tal tema a una suerte de folk ethno-trance alternativo que sobre una misma idea irá introduciendo cambios apenas perceptibles en la canción, la cual se convertirá en un artefacto sonoro (muy en el concepto IDM) de aparente sencillez pero que funciona como una antorcha en la oscuridad ancestral de la presentación de la trama.

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Escucharla hace imposible ir hacia cualquier otro lugar que no sea aquel mar embravecido que provoca, en respuesta al ritmo de los remos, una lluvia de herramientas y personas (futuros objetos arqueológicos). Es el leitmotiv para un fondo que pone al acento rítmico en las percusiones, principal elemento en la ejecución musical que acompañaba los ritos y momentos importantes de aquellas vidas rústicas. Pero lo hace con una riqueza de matices, de tono minimalista, que ayuda aún más a volar imaginativamente al espacio sugerido por su letanía.

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Para lograr ese ambiente misterioso de latente corazón pretérito con su proyecto al frente de Fever Ray, Karin utiliza diversas técnicas electrónicas, entre ellas un micrófono especial (pitch-shifting) que transforma su voz femenina en una masculina muy baja, cuyo ecualizado encuentra el punto medio adecuado en una proyección andrógina. Podría decir que a través de dichas sofisticaciones, la tarea de Fever Ray es la de hacernos oír, la de hacernos sentir y, sobre todo, la de hacernos ver por medio del poder de la voz. Como lo hizo Joseph Conrad en el Corazón de las tinieblas.

Por otra parte, en el resto del disco Fever Ray no hay disrupciones en su repertorio, el cual está marcado por el alma densa e hipnótica de la escuela nórdica de la que procede. Para acompañar el lanzamiento del mismo, Dreijer Andersson realizó en colaboración con el director Andreas Nilsson media docena de videos, cuya selección señala la visión y el cariz cinematográfico que posee la autora al momento de construir sus piezas: “If I Had a Heart”, “When I Grow Up”, “Triangle Walks”, “Seven”, “Stranger than Kindness” y “Keep the Streets Empty for Me”.

Al final se sabe que sólo hay una forma de escuchar a Fever Ray: con la pasión de quien cree que los cambios más imperceptibles encierran la belleza más esquiva o “temible”, en su caso. Tal concepto ha llevado a su creadora a una buena cotización artística debida a su propuesta y a dedicarse los siguientes años a la adaptación para la TV de algunas obras de su compatriota Ingmar Bergman, como Hour of the Wolf y The Rite.

Asimismo, ha participado (junto a Brian Reitzell y Trent Reznor) en el armado del soundtrack para la sobrenatural película Red Riding Hood (la emérita Caperucita Roja de los hermanos Grimm) de la cineasta Catherine Hardwhicke, así como en la musicalización de Dirty Diaries, la colección de trece cortometrajes sobre pornografía femenina de la artista, productora y activista Mia Engberg, sueca también.

Toda la obra solista de Dreijer Andersson, inmersa en la indietrónica –esa electrónica alternativa en clave folk que ha dictado actualidad durante el último lustro y que se fortalece con el paso del tiempo–, sigue un estilo artístico nevoso, frío y sin espacio para el escapismo, que se regodea en lo extraño, lo introspectivo y, por lo regular, lo sombrío, como lo dejó muy bien reflejado desde su álbum debut.