“You know the smile is only there to hide
What I’m really feeling deep inside
Just a face where I can hang my pride”.

“Trilogy”

El rock progresivo es una extraña clase de religión pagana. Sus seguidores son fieles como pocos y continúan siendo fieles por el resto de sus vidas. Son la antítesis rotunda de los punks, quienes en los años setenta atacaban con furia a los exponentes del progresivo precisamente por su mayor cualidad: el virtuosismo. No cualquier músico es capaz de tocar como un músico de este género. Se necesitan estudio, habilidad técnica, perseverancia, un gusto muy específico y una sensibilidad bastante particular y distintiva. Se trata de una élite cerrada en la que no cualquiera tiene la capacidad de ingresar, aunque muchos de sus exponentes corren el riesgo de caer (y muy a menudo lo hacen) en la aotocomplacencia, en una especie de masturbación musical que en más de una ocasión produce orgasmos que sólo los propios intérpretes disfrutan a plenitud. El prog rock puede ser exultante y hasta emocionante, pero también puede volverse rutinario y francamente aburrido.

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Entre los grupos más trascendentes del progresivo originario está Emerson, Lake & Palmer (ELP), uno de aquellos míticos supergrupos de los años sesenta y setenta del siglo pasado, llamados así por incluir en sus alineaciones a grandes talentos provenientes de agrupaciones de por sí importantes. En el caso de ELP, el genial tecladista Keith Emerson provenía de Nice, el estupendo cantante, guitarrista y bajista Greg Lake venía nada menos que de King Crimson y el asombroso baterista Carl Palmer había sido integrante de Atomic Rooster. Al unir sus talentos, los tres conformaron uno de los proyectos más asombrosos en la historia no sólo del progresivo sino del rock todo.

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Trilogy es el cuarto trabajo discográfico de ELP, luego de su magnífico álbum debut homónimo (1970), del conceptual y altamente progresivo Tarkus (1971) y del extravagante Pictures at an Exhibition (1971, en el cual interpretaron una muy particular versión de la célebre composición de Modesto Mussorgsky). Trilogy es un gran disco; a mi modo de ver, su opus magno. Obra de madurez, su mayor mérito es esa sabia combinación entre lo progresivo y electrónico (los sintetizadores de Emerson siguen siendo la parte fundamental del trío) con instrumentos más “orgánicos”, como la guitarra acústica y el piano. De igual forma, las composiciones son menos ásperas que en sus discos anteriores y hay en ellas una mayor finura, una notable sutileza, un acento en el factor melódico a pesar de que lo rítmico y lo armónico siguen siendo elementos importantísimos.

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El disco abre con “The Endless Enigma”, tema en tres partes que inicia con sonidos misteriosos, mismos que remiten a la prehistoria y revientan en un estallido rítmico, con Carl Palmer a cargo de un beat jazzista y Keith Emerson que maneja el órgano Hammond a su antojo, hasta dar paso al primer rompimiento y entrar de lleno al tema central, cantado con esplendorosa emotividad por Greg Lake (“Please, please, please open their eyes / please, please, please don’t give me lies”). Viene entonces la segunda ruptura, misma que deriva en un solo de piano a manera de fuga cuasi bachiana y termina, en el gran final de la breve suite de diez minutos, con un regreso a la parte inicial, precedido por campanas tubulares (cortesía de Palmer) y una culminación tan suntuosa como deliciosamente disonante.

“From the Beggining” es una absoluta maravilla, una balada en la cual Lake maneja con pericia la guitarra acústica y le da un tono cercano al mood caribeño, bongós incluidos. Su solo de guitarra eléctrica es otro plus y el momento culminante, con el sintetizador de Emerson, es de una belleza perfecta. Le sigue “The Sheriff”, misma que recuerda a “Jeremy Bender” del álbum debut de ELP. Una especie de honky tonk progresivo, una humorística canción que podría ser el tema de una película del Oeste (el piano final es en definitiva para un saloon de Dodge City). Como dato anecdótico, justo al principio de la pieza Greg Lake profiere una obscenidad al equivocarse. La grosería fue dejada en el disco, para que los escuchas supieran que los integrantes de ELP eran capaces de cometer errores. El lado A del vinil finaliza con “Hoedown”, un fragmento de la conocida “Rodeo” del compositor clásico estadounidense Aarón Copland.

El lado dos abre con un delicioso hors d’œuvre, un entremés lleno de delicadeza instrumental, con un Keith Emerson convertido en sensible y emotivo pianista, cuya cadencia sirve como marco perfecto a la voz dulcificada de un Greg Lake apasionado y cálido. Es “Trilogy”, una pequeña maravilla de casi nueve minutos en cuya parte media irrumpe un segundo movimiento, un jam en ritmo de cinco cuartos que destroza la ternura inicial y es como un relámpago estruendoso y lleno de vértigo en el cual el teclado moog hace de las suyas, mientras Carl Palmer asombra con su capacidad percusiva. La pieza retorna en su tercera parte a cierta calma, pero vuelve a estallar intensa y rítmicamente (en seis octavos) hasta llegar a una coda plenamente bluesera.

“Living Sin” es un corte rudo, oscuro, seco. La voz de Lake es profunda (de pronto remite a Ian Gillan de Deep Purple), el órgano de Emerson es totalmente duro y pesado (heavy, pues). Una gran canción. Por su parte, “Abaddon’s Bolero” es un intento no del todo logrado de Keith Emerson de aproximarse (¿o de parodiar) al famoso “Bolero” de Maurice Ravel. Quizá demasiado largo y pretencioso, se trata del tema menos logrado de Trilogy, un final que no alcanza a ser lo que quiso y termina por resultar largo y tedioso en sus más de ocho minutos de duración, a pesar de su constante crescendo. Un experimento fallido que quizás un álbum como este no merecía.