Quien esto escribe está seguro de una cosa: el siglo XXI empezó el 11 de septiembre de 2001. Me explico: todos aquellos que tuvimos la oportunidad de presenciar los hechos de aquel fatídico martes por la mañana, no sólo vimos el derrumbe de una edificación legendaria o la vulnerabilidad de un país que se creía intocable, sino la caída de algo mucho más complejo: nuestra forma de entender el mundo. A partir de ese día, todo era posible.

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Vendrían, entonces, caídas de muchos otros símbolos o valores establecidos hasta el momento. Esto podría sonar terrorífico o esperanzador, según se vea, lo cierto es que nuestra realidad está en un proceso de mutación constante, de cambios significativos, de creación de nuevos códigos que nos signifiquen ante la caída de los que pensábamos irrompibles.  

Jayson Greene, uno de los editores principales del popular (ya sea por aversión o simpatía) blog musical Pitchfork, dice con respecto a la banda estadounidense Deafheaven: “…nada en esta banda tiene sentido realmente. Empezando por el lugar que ocupan en el mundo”. ¿Por qué esta aseveración? Veamos: este grupo de cinco miembros se inscribe en uno de los géneros más oscuros de la música pesada, el black metal. Sin embargo, los aficionados al mismo se han encargado de desdeñar a los oriundos de California por mezclar cosas como el post rock, el garage y hasta el pop con los fundamentos básicos de este estilo musical.

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Desde su disco debut, el muy cumplidor Roads to Judah, empujaron los límites del metal a nuevas fronteras, sobre todo en lo que respecta a lo melódico: existía, debajo de la oscuridad propia del metal, un preciosismo en la ejecución, los arreglos y la voz, elemento que si bien se mantiene en un estilo rasgado-agudo-gutural, busca de pronto apegarse a un canon mucho más amable para el escucha. Sin embargo, por momentos la fórmula no cuaja del todo, se nota forzada o falta del elemento clave del perfeccionamiento: el tiempo.

Dos años después vendría la consolidación: el impresionante Sunbather, obra que los colocó en el ojo público, pues no sólo lograron consolidad su fórmula, sino que se mantuvieron experimentales y ambiciosos. Desde su portada, toda en color rosa, lanzaban su declaración de principios: eran una banda de metal dispuesta a romper los propios parámetros del metal. En este disco se escucha la influencia de bandas como Godspeed You! Black Emperor  o Explosions in the Sky, así como de My Bloody Valentine. Es un disco asesino y fundacional al mismo tiempo que habita su propio universo: uno donde los pasajes instrumentales tranquilos pueden convivir con la rabia y el caos del metal más frenético.

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Conscientes de su cualidad única, este año lanzaron New Bermuda, el cual es capaz de tirar la quijada al piso de cualquiera. Cuando parecía que Sunbather había sido un triunfo de la imaginación, este nuevo trabajo indica que sólo estamos ante la punta del iceberg. La obra, que consta sólo de cinco canciones, es una especie de suite en la que se escuchan más pesados y melódicos que nunca. Inicia con el atronador tema “Brought to Water” (que comienza con un riff que bien podría haber salido de la cabeza de James Hetfield, para terminar en un piano a la Sigur Ros), continúa con la espectacular, intrépida y cambiante “Luna” y después aparece esa impresionante fusión entre el math rock y el metal épico llamada “Baby Blue”, la cual da paso a la atmosférica y oscura “Come Back”, para cerrar con “Gifts for the Earth”, tema que se atreve a terminar con una guitarra acústica y un piano: una nueva afrenta contra el purismo del metal. Sin duda alguna, este disco está destinado a aparecer en todas las listas a lo mejor del año, pues es capaz de romper barreras estéticas y generar las propias, lo cual es una de las metas del arte.

Dicho todo lo anterior, me atrevo a refutar lo dicho por Greene: Deafheaven tiene todo el sentido del mundo, porque le tocó vivir en el único lugar al que podría pertenecer: el siglo XXI. El mundo cambió un martes por la mañana. El mundo se sigue transformando. El mundo necesita romper sus propios cánones y generar nuevos. El mundo necesita, entonces, bandas como Deafheaven: música por y para una nueva era.