“Yo me dejo querer. Es una recuperación muy bonita a partir del amor, que para mí es el eje de mi vida. Entonces si es por allí, yo me dejo querer”. Quien así habla es Humberto Álvarez, músico que hace dos años celebró su trigésimo aniversario de actividad en la escena y que ahora está dispuesto a regresar luego de una prolongada ausencia.

En la década de los ochenta, Humberto formó y tocó los teclados con Música y Contracultura (MCC), grupo combativo, contestatario y de filiación progresiva cuyo mejor retrato sonoro se plasmó en el álbum Música y Contracultura 1980/1984. Paralelamente, nuestro personaje se acercó a la mexicanidad, una conversión en la que Luis Pérez (“lo conocí cuando vivía en el centro de la ciudad; para mí fue una revelación escuchar por primera vez la mezcla de sonidos electrónicos con los instrumentos mexicanos indígenas”) y, en menor medida, Antonio Zepeda (“tuve contacto con él a través de los discos y los conciertos y me di cuenta de que era muy dedicado, muy estudioso”) hicieron de guías.

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En ese periodo Jorge Reyes se puso en contacto con él y lo invitó a su proyecto Comala, disco seminal acreditado al fallecido músico, pero que en realidad fue un trabajo de equipo. “Él —comenta Humberto— consiguió gratis un arsenal de instrumentos mexicanos que son los que tiene Tribu y otros inventos sonoros de Arturo Meza (el mezafóno). Yo hice mucho de la producción y de la composición. Ese proyecto se convirtió en un disco de carácter colectivo y no tiene los créditos que debería tener”.

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Después, Álvarez se imbricó en Casino Shanghai, con el cual grabó el álbum Film, y posteriormente se unió a Sangre Azteka, con el que también plasmó un disco epónimo. Cuando el último recibió su acta de defunción, Humberto se trasladó a Malinalco y allí produjo una trilogía (Malinalxochitl, Copil y Teonanakatl, Grabaciones Lejos del Paraíso, 1994, 1995 y 1999), discos que “están relacionados directamente con lo que viví en ese lugar, mis experiencias y lo que aprendí de las comunidades indígenas”. Es una tríada en la que por momentos predomina lo oscuro, la densidad. “Hay un mundo que les pertenece a los indígenas y que no deberíamos siquiera cuestionar. Lo oscuro, en ese sentido, no debe relacionarse con esta parte occidental que conocemos como el dark, lo feo, lo horroroso, el miedo; más bien tiene que ver con la parte introspectiva del ser, allí no hay calificaciones, es simplemente la parte del subconsciente. Cada uno de estos tres trabajos tiene una proyección interior, es algo que a mí me está pasando en ese momento en el que compongo la música”.

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Después, el tecladista se sumergió en un silencio discográfico apenas roto por la compilación Omasik Mestli (Prodisc, 2010) y se adentra en la sonoterapia: “Estudié terapias alternativas y en 2002 hice por primera vez una sesión en Malinalco que tomo como punto de partida, porque me di cuenta de que en ciertos sonidos hay un poder de transformación muy profundo: el viento, ciertos cantos, el mar, etcétera. Lo que hago está enfocado a trabajar las emociones, concretamente con el estrés”.

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En esa vena mística, curativa, de carácter espiritual y meditativo, se editó en 2012 Sincronía hemisférica (Producciones Eklektikas, su propio sello), obra que más tarde se reeditó con un orden diferente en el tracking y con el título de  Equilibrio de hemisferios cerebrales (Gandarvas Music).

Ahora, Humberto Álvarez está de regreso. El hombre que ha visto como el tiempo hace justicia a bandas como MCC y Sangre Azteka, lanza su más reciente producción bajo el título Concierto de armónicos, misma que se presentará, junto a otros discos de una serie de etno rock, este viernes 10 de julio en la Fonoteca Nacional.