A los habitantes de las islas que integran Nueva Zelanda se les conoce popularmente como “kiwis”, debido al ave más extendida por esa zona que se ha convertido en el símbolo por excelencia del país. Por lo tanto, todo lo que tenga que ver con NZ lleva tal epíteto y el rock hecho ahí también, por supuesto.

Hasta la llegada de los años setenta, el desconocimiento de su quehacer musical contemporáneo se mantuvo prácticamente inalterable. Sólo un nombre comenzó a trascender el handicap a través de las décadas y a poner las islas en el mapa del género: Neil Finn.

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Este paladín oceánico (nacido en Te Awamutu y moldeado en Auckland, donde sigue residiendo) es a sus casi 60 años de edad el abanderado número uno del género concebido en aquella diáspora terrena que, debido a la lejanía geográfica que la separa por miles de kilómetros de cualquier urbe importante, sólo había tenido intercambios musicales con Australia, su más cercana referencia y con la que comparte idioma.

Finn es el hilo conductor para conocer todo aquello (desde el precursor Johnny Devlin a Lawrence Arabia o los Datsuns, por mencionar unos cuantos nombres). Su paso por Split Enz, Crowded House y proyectos paralelos como Pajama Club y los Finn Brothers es clave en tal historia.

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El músico es creador de letras sencillas e imaginativas, en las cuales prevalece la emoción en primera persona, lo que las dota de la autenticidad que tanto escasea en nuestros días de simulación. El neozelandés hace que cada palabra tenga un significado específico y directo. De su talento ha fluido una música magnífica dentro del pop rock, la New Wave y el indie en el curso de una trayectoria de cuatro décadas, en la que se incluye su familia cercana.

La circunstancia inicial que un artista verdadero de la música debe apreciar al dar forma a su obra siguiente es la atmósfera que rodea a su más reciente composición o puñado de ellas. El material del que estará compuesto su próximo álbum. Y eso es cosa de sensibilidad y sapiencia. La primera es un trabajo de andamiaje personal; la segunda la proporcionan el tiempo, la experiencia y el conocimiento íntimo. Luego vendrá el proceso de arropar dicho material y proporcionarle la sonoridad final que lo hará único.

“La emoción siempre está en lo que sigue”, escribió el cineasta Peter Greenaway en una de las paredes del museo donde expuso su trabajo con la storyboard de Pillow Book, su película sobre la creatividad.

Dicha consigna la ha aplicado Finn desde que la vio en aquel muro. Así que cuando concluyó el material suficiente para integrar un nuevo disco y sabía qué atmósfera debía rodearlo (hipnótica), llamó al productor con el que quería colaborar para la consecución de ello: David Fridmann.

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Escogió a Fridmann (músico estadounidense, ex miembro de Mercury Rev y productor desde 1990) porque había escuchado el resultado de su trabajo con Tame Impala, MGMT y The Flaming Lips. Le gustaba el trato dado a lo lisérgico que emanaba de las canciones de aquellos grupos. No conocía a Fridmann personalmente y eso agregaba misterio a “lo que sigue”, la conformación de su quinto álbum como solista.

La relación entre ambos obviamente se tensó en algunos momentos por la diferencia de ideas con respecto a alguna orquestación u arreglo, pero de eso se trata precisamente trabajar en conjunto: intercambiar perspectivas y mostrar ángulos diversos. El resultado satisfizo a todos.

El perfeccionista Finn encontró con la escucha final de Dizzy Heights, su lanzamiento más reciente, los ecos neopsicodélicos (y de space rock) que habían surgido de su sensibilidad y en el trabajo con Fridmann, la suma de experiencias que hicieron posible su concreción. Escúchense con atención los temas “Impressions”, “Divebomber” o la que da nombre al disco para corroborarlo. Canciones llenas de filigrana y detalles.

Dizzy Heights es un álbum que sumará sus once piezas (con dos bonus, según la edición) a los centenares que Finn ha compuesto a lo largo de su carrera, mientras la cotización de sus atmósferas crece y reafirma su estilo como nombre propio. Y la gama que abarca este autor, desde lo melódico por antonomasia hasta la experimentación psicodélica, le sigue acarreando admiración y ser nombrado como referencia incuestionable de la época.

El impacto de su obra es tan veraz como ambiental e histórico. Porque en Neil Finn aparecen todas las músicas que lo han conformado, y al rock neozelandés por extensión también, lo que lo convierte  en un fresco viviente y a este disco en una parte importante del mismo.