Siempre inquieto, el Sr. González acaba de editar un nuevo disco, una placa significativamente titulada Superviviente de mí (Discos Antídoto, 2014). Hace cinco años, el compositor se enfrentó al cáncer y en esa lucha salió adelante, “por lo que desde el punto de vista médico, se me considera un superviviente”; de ahí el título del álbum.

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Ya antes, en Un mundo frágil, el percusionista había dado un repaso al hecho de vivir en riesgo continuo; por eso, esta producción “está impregnada de una visión optimista y amorosa que se sustenta en la dignidad del ser”.

Musicalmente es un abanico. Si en su debut como solista se allegó de un gran número de músicos, con el tiempo ha optado por una alineación mínima, un combo en donde a las imprescindibles colaboraciones de  Fratta (bajo) y Eduardo Dyer (piano), se agrega la batería de Santiago Ortiz, dejando para sí mismo la tarea de programar secuencias, ritmos, la ejecución de las percusiones y todas las voces.

Son conocidas las diferentes devociones sonoras del también integrante de Botellita de Jerez, plasmadas en sus ya siete discos en solitario y también asentadas en ese vívido relato que es su libro Mi vida pop, por lo que si bien no es sorprendente la diversidad incluida en Superviviente de mí, sí resulta fresco escucharlo transitar por una panoplia de géneros, sin por ello caer en el eclecticismo.

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González hinca el diente en un funk contagioso (“Renegado”), juega y multiplica su voz cual si fuera un canto gregoriano en la primera mitad de  “No es la realidad”, para luego decantarse nuevamente por el funk –en un continuo ir y venir del bajo y las programaciones– y volver a las voces multidobladas. Brillante al momento de incorporar el pop, González moldea su voz para imprimir inflexiones de este en “Hagamos remolinos”; vuelve, porque ya lo había hecho en trabajos anteriores, al reggae en el tema que da nombre al disco. Sus afanes progresivos reaparecen en algunas intros, pero explotan sin temor en “La marcha de los 99”.

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Sin embargo, la mejor canción e incluso una de las mejores que ha escrito este hombre que tiene a los tambores y otros artilugios por aliados es “Esa que llaman la muerte”, en la cual se cuelan algunos toques ligeros de son (el bajo de Fratta se escucha sedoso, seductor, envolvente). Aquí, González le habla a la muerte con naturalidad, coquetea, baila con ella…y lo hace con dignidad y elegancia: “Algún día cederé a tu encanto / Algún día cederé a tu seducción / Algún día cederé a tu aliento / Pero eso no será hoy […] Tú y yo somos viejos conocidos / y contigo tomaré un mezcal / Ya sabré que todo habrá concluido / cuando me quieras besar”.

Superviviente de mí es una obra madura, nacida de la reflexión. Está alejada de las modas imperantes, pero no por ello debe considerarse como una excepción. Al contrario, es la labor de un compositor que afirma su voz y la individualidad de la misma, una cualidad no muy fácil de encontrar en estos días.