Los Lobos son el grupo musical que mejor sintetiza y representa al ser chicano (bicultural y bilingüe). Durante cuarenta y cinco años desde su fundación y cuarenta de grabaciones y conciertos, han dado cuenta del devenir de una comunidad que se ha desarrollado entre dos formas de ser y de pensar.

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Calificarlos únicamente como intérpretes de un solo género sería un gran error, ya que son exponentes de un sonido multidimensional. Ellos (David Hidalgo, César Rosas, Louie Pérez, Conrad Lozano y Steve Berlin) tocan polkas, corridos, huapangos, boleros, música ranchera, norteña, de la Huasteca, valses y demás expresiones mexicanas (al igual que cumbias y son caribeño) con los instrumentos originales y con la misma naturalidad y entrega que lo hacen con la música estadounidense de raíces.

Los Lobos poseen el impulso fundamental de sus tempranos días como banda de garage, apareado a la calidad artística producto de la madurez y de la inmersión en el patrimonio musical de la Unión Americana: desde el blues más crudo, pasando por el country, jump blues, tex-mex, rockabilly, rhythm and blues, zydeco, soul, gospel, cajun, rock and roll, funk, boogie, folk-rock, americana, latin-rock, cow-punk, heartland rock y el pop.

Todo lo tocan y nunca renuncian a la experimentación sonora, concepto que se puede constatar desde sus primeras grabaciones: Sí se puede! y Just Another Band from East L.A. (1976-78), hasta el disco de estudio más reciente, Tin Can Trust (2010), así como en sus diversos proyectos como solistas (Latin Playboys de David Hidalgo y Louie Pérez con el álbum homónimo y Dose; Soul Disguise de César Rosas o las producciones de los Super Seven a cargo de Steve Berlin).  Es por ello que su obra en general se sustenta en la confianza en sí misma.

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Los Lobos son un grupo de miras amplias y horizontes abiertos, como lo demuestran en sus catorce discos de estudio, varias antologías (Just Another Band from East L.A., El Cancionero, Ride This: The Covers, Wolf Tracks), exitosos soundtracks (La Bamba, Desperado), discos en vivo (Live at The Fillmore, Acoustic en Vivo y Disconnected in New York City), colaboraciones con otros músicos (de Bob Dylan a Tom Waits) e invitaciones para diversos tributos (Fats Domino, Doug Sahm, Chris Gaffney, Sublime, Walt Disney Music, etcétera), así como sus ya mencionados proyectos como solistas.

Con todo eso han ganado premios y creado sólidos cimientos como contribuyentes de la música contemporánea a nivel mundial, causa muy especial para ellos como extracto que son de una particular cultura. Ya establecidos con un estilo que prácticamente inventaron, cada uno de sus discos ha sido un nuevo intento transformado, otra experiencia, para explorar un territorio adicional a través de su sólido bagaje.

Los Lobos confirman con cada nueva obra su poderío sonoro y su riqueza musical. Su dinámica intergenérica, intercultural y bilingüe les ha proporcionado una perspectiva distinta y única frente a las músicas que interpretan y se han dado cuenta cabal de que el rock es un cruce de diferentes culturas y que ellos, como chicanos, han  colaborado a su engrandecimiento.

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Destilan un inconfundible idioma personal con todas sus influencias y el perfeccionamiento de su estilo ecléctico, contextual e instrumental. A lo que agregan las cualidades de la soltura del mestizaje. Su enfoque poco convencional -sobre todo en lo que a ritmo se refiere- encontró en Kiko (1992, una obra maestra reconocida por investigadores, historiadores y críticos) la culminación en la búsqueda de una personalidad musical y la plataforma para nuevas evoluciones.

Tal disco, del que hace poco festejaron su vigésimo aniversario con la grabación acústica en vivo Disconnected in New York, contiene ángulos sorprendentes e ignotos. Al escuchar canciones como “Angels with Dirty Faces”, “Reva’s House” o “Wicked Rain”, por mencionar algunas, hay la sensación de no haber descubierto todo, aún después de varias escuchas.

Con el progreso del disco, la trama de las canciones cierra el círculo planteado y retorna al origen (con “Whiskey Trail”, un rock de corte clásico), pero con una visión diferente. Con esas dieciseis composiciones que integran su master piece, Los Lobos sentenciaron, desde entonces, que su música era para todos. Siempre y cuando todos fueran ampliando los horizontes al mismo tiempo que ellos.