En 1916, apareció en los diarios de Guadalajara un anuncio que decía: “Higinio Ruvalcaba. Joven de once años de edad, se ofrece a sus amistades y al público en general como violinista. Ejecuta solos de violín o con acompañamiento de piano. Propio para ceremonias, actos y audiciones en casas particulares”.
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Ganarse la vida era difícil y máxime cuando se provenía de una familia humilde, con un padre restaurador de colchones y cellista de corazón y una madre dedicada a coser ropa ajena. Higinio Ruvalcaba había nacido el 11 de enero de 1905 en Yahualica, un pueblo perdido en el horizonte de Jalisco. Pero curiosamente, sus padres, Eusebio Ruvalcaba López y Basilia Romero Gómez, lo bautizaron en Guadalajara, doce días después de nacido. De algún modo, el niño había empujado al matrimonio a dejar Yahualica y buscar un incentivo en la capital del estado.

Es fácil imaginar la vida del pequeño Higinio en aquella época. Corría de aquí para allá y se quedaba azorado mientras los mariachis cantaban una canción tras otra. Porque él vivía justo en la calle de Agua Fría, en el núcleo de San Juan de Dios, donde los famosos charros cantores se daban cita. ¿Qué opinarían don Eusebio y su esposa Basilia cuando el niño, de apenas cuatro años, facturó su primer violín, un burdo y tosco instrumento hecho de madera y carrizos? Sin que nadie le dijera cómo, en un violín que al poco tiempo le compró su padrino Atilano González, Higinio empezó a imitar las melodías que oía, pero con tanta facilidad que les improvisaba diminutas cadencias, al tiempo que aumentaba las dificultades. “Mi ahijado tiene gracia”, le dijo Atilano González a don Eusebio y, diciendo y haciendo, lo vistió de mariachi y se lo llevó a tocar a su grupo.
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Y en efecto llamaba la atención, pero también por otra causa: porque tocaba el violín con la zurda, al contrario de cualquier modalidad. Pronto, el nuevo mariachi se ganó el mote de “El Niño”, pues no era común que un violinista de cinco años alternara —inclusive a altas horas de la noche— con hombres rudos y vigorosos.

Pero siempre aparecen circunstancias que van encaminando un destino. Federico Alatorre, modesto violinista y maestro empeñado, obligó a don Eusebio a que retirara al niño de esa vida y a que le permitiera asistir a su academia. En ésta, Higinio permaneció tres años y tuvo como profesor a Ignacio Camarena, quien lo primero que hizo fue quitarle el violín y obligarlo a tocar como lo dictan las normas. Fue inútil que el niño protestara. Nunca había habido un violinista zurdo y no lo iba a haber ahora.

Estamos en 1914. El futuro violinista tiene nueve años y detesta la academia. Pero su padre es un hombre enérgico y al fin parece comprender su talento. Así que lo obliga a ir a otro instituto, el del maestro Félix Pereda, forjador de violinistas jaliscienses. El jovencito no tiene más remedio que acceder, sin contar con que él mismo se costeará sus clases, tocando por las tardes en mercados, parques y plazas públicas.
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Y las cosas empiezan a cambiar. Félix Pereda es un violinista de formación. Tiene su cuarteto Pereda, es director de orquesta y hombre de palabra sabia y franca. Se aplica con verdadero amor a verter en el pequeño Higinio todos sus conocimientos violinísticos, al punto de que tres años después, en 1917, a sus doce años, Higinio Ruvalcaba da su primer concierto como solista, en el Teatro Degollado. Dirige Félix Pereda la Sinfónica de Guadalajara y el difícil concierto de Max Bruch es la obra con la que debuta como virtuoso del violín. En la primera fila lo aplaude doña Basilia, quien ve admirada a su hijo en el traje que ella misma confeccionó con tela de terciopelo de una cortina raída.

La música de cámara, que con el andar de los años se convertiría en el bastión del maestro Ruvalcaba, pasa a ocupar un lugar definitivo en su carrera. Félix Pereda, en un gesto que pinta de cuerpo entero su reconocimiento, nombra primer violín de su cuarteto a Higinio, un chamaco que acaso frisa la adolescencia. Lo ha visto desempeñarse con tal fruición y acierto, que él decide sentarse en el sitio del segundo violín. Toca así los cuartetos de Mozart, Haydn y los primeros de Beethoven; pero llega un momento en que se agota el repertorio. Colmado de tristeza porque no hay más música que tocar, Ruvalcaba corre a la casa especializada más cercana, compra papel pautado y compone un cuarteto seguido de otro y de otro y de otro. Entre sus catorce y quince años, escribe catorce cuartetos, el sexto de los cuales sería estrenado hasta 1956 por el mundialmente famoso cuarteto Lener, en el Palacio de Bellas Artes ¡Treinta y seis años después! El novel compositor no había recibido clases de armonía o de composición, pero el paso había sido dado.

Dos acontecimientos mueven al violinista a marcharse de Guadalajara y trasladarse a la ciudad de México: el maestro Félix Pereda no tiene nada más que enseñarle, además de que reprueba la música “rara” de su brillante alumno, y la muerte de su madre. Esto significó un fuerte golpe en su vida, pues habrían de pasar muchos años para que volviera a recibir ternura y comprensión.

Higinio Ruvalcaba se establece en el Distrito Federal en el año de 1920. Y si en un principio intenta recibir clases del maestro Julián Carrillo —quien lo emplea en su residencia como mozo—, más tarde se inscribe en el Conservatorio Nacional de Música, en la cátedra de violín que imparte el gran violinista español Mario Mateo. De 1922 a 1925 se convierte no sólo en el mejor discípulo de violín que haya tenido el Conservatorio, sino en el jugador de básquetbol más entusiasta. Recibe a propósito otro sobrenombre: "El Chapulín", pues pese a su corta estatura brinca más que los demás con tal de encestar.

Higinio tiene la vida en un puño e igual lo abre con la confianza y el arrojo que proporciona la juventud. Se inscribe en la Asociación Cristiana de Jóvenes y practica gimnasia y box con la asiduidad de un futuro campeón. Nada distrae su pensamiento de no ser el violín, la fuerza física y la competencia a través del deporte.

Es 1921 y funda el inicial Cuarteto Ruvalcaba, con los primeros de muchos músicos que lo seguirán incondicionalmente: Héctor Reyes, al segundo violín; Ángel Rocha, a la viola, y Jesús Escobar al cello. Compone para ellos sus Cuartetos del 15 al 22; además, lo acomete una fiebre por la composición: salen de su pluma un Concierto para contrabajo y orquesta, un Quinteto para piano y cuerdas, numerosas Piezas cortas para violín y piano, Poemas sinfónicos, dos sextetos de cuerdas y canciones populares —entre ellas el sonado foxtrot “Chapultepec”.
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Sin embargo, sigue siendo un músico pobre y para mantenerse reparte su tiempo entre el estudio del violín —que ya asume por su propia cuenta—, el cuarteto, el deporte y salones de baile, cines y cabarets, donde lo mismo toca el violín que el piano o el cello, además de disfrutar de los placeres que poco a poco se le van ofreciendo en mayor cantidad.

En medio de tantas actividades, se casa con Sabina Saucedo, con quien procrea una hija y de la que se separa casi de inmediato. Se le presenta entonces la opción de ingresar a la Orquesta Típica que dirige Miguel Lerdo de Tejada y viajar a los Estados Unidos. Higinio acepta en el acto y ahora viste los uniformes que caracterizan a una orquesta de esa naturaleza: desde charro hasta policía. Por cierto, cumple dos trabajos en las giras: como violinista o guitarrista, según lo requiera la orquesta.

La oportunidad de tocar como solista, en cambio, no llega. Al parecer, las puertas están cerradas. Ya es un violinista de fama, pero se le niega el gran concierto. En esa etapa, se enamora de una mujer que para él será relevante: Ángela Silva Bishop, con quien se unirá en matrimonio. Vive con ella el ímpetu de su temprana madurez —tenía 23 años—, se materializa el amor en cuatro niños y forja tantos proyectos y sueños como podían caber en las cuerdas de su violín.

No como solista pero sí como violín segundo, se incorpora a la Orquesta Sinfónica de México, sitio que mantendrá de 1928 a 1931. En este año surge la oportunidad que esperaba: un concurso de violín para todos los violinistas residentes en México. ¿El premio? Tocar como solista con la Sinfónica de México un concierto de altos vuelos y en aquella época escasamente conocido: el Segundo concierto en re menor de Wienaiwsky. Ruvalcaba se prepara con ardor. Deja de lado todas las tareas que no sean estrictamente necesarias y, animado por Ángela, se dedica en cuerpo y alma al estudio. Ha aprendido de Félix Pereda y de Mario Mateo no la técnica —que volvió tan suya— pero sí el tesón y la fe, rasgos de todo violinista que se jacte de serlo. No se despega del violín hasta el día del concurso. El box le ha dejado la ceguera del ojo derecho y algo más peligroso para su oficio: la fractura y parálisis permanente del dedo cordial de la mano izquierda; pero encontrará el modo de sustituirlo. Triunfa en el concurso y se inicia su verdadera actividad como concertista.

Ya con el apoyo de la crítica, el público y los músicos, se le nombra concertino de la Orquesta Sinfónica de México, privilegio que conserva hasta 1940. Trabaja febrilmente con el Cuarteto Ruvalcaba, que en ese momento está formado por Francisco Contreras al segundo violín; Miguel Bautista a la viola y Luis G. Galindo al cello. Es un Cuarteto tan fuera de serie que en 1932 sorprende a la crítica tocando de memoria una temporada —cosa inaudita en música de cámara—, en la que se estrenan cuartetos contemporáneos.

Se avista el final de la década y en 1937, el Cuarteto Ruvalcaba alterna con el Cuarteto Coolidge en el Festival de Música Panamericana. Prácticamente diario estrenan un cuarteto durante una semana. Se suscita un duelo tácito entre el cuarteto norteamericano y el mexicano. Van a la par, con una salvedad: en el último concierto, ¡el Cuarteto Ruvalcaba toca de memoria!

Higinio Ruvalcaba, sin embargo, es un hombre que vive apresuradamente. Su infancia y pubertad fueron más que menesterosas y desconoció los juegos y las alegrías que rubrican los mejores años. Ahora vive en plenitud, exprimiendo el jugo de cada segundo, lo que le gana antipatías y rechazos de los promotores oficiales de conciertos. “Es un mal ejemplo”, dicen y lo relegan como solista. Su fuerte temperamento, así como su rebeldía innata, terminan por enfrentarlo y distanciarlo de Carlos Chávez, director de la Sinfónica de México y máximo jerarca de la música nacional. Se separa, pues, de la orquesta y se prepara para otro concurso, cuyo premio le significará un prestigio indiscutible.

Julián Carrillo estaba en la cima, y el concurso convocaba a los violinistas a tocar la primera Sonata para violín solo del creador del Sonido 13. Se presentaron violinistas de las más diversas escuelas y el virtuoso jalisciense se llevó el premio. Nunca más volvería a ser concertino de la Sinfónica de México —que después se llamaría Nacional—, pero él se podrá ganar la vida de otro modo. Estaba acostumbrado.

Sucede entonces un hecho que tendrá especial importancia en su carrera. El Cuarteto Lener, constituido por eminencias europeas en sus respectivos instrumentos, pierde a su primer violín: Jeno Lener. Con destino a Nueva York, donde fijaría su lugar de residencia, el Cuarteto se hallaba en México ofreciendo una temporada. Joseph Smilovits, uno de sus integrantes, propone la inclusión de Ruvalcaba como primer violín. La idea pareció descabellada: resultaba increíble la combinación de un violinista sin escuela europea, arrebatado y precipitado en su forma de pensar y actuar, con tres cumbres de la mesura y atingencia musicales: Joseph Smilovits, violín segundo; Sandor Roth, viola, e Imre Hartman, cello. Pero a veces las más extrañas mezclas dan resultados excelentes. Higinio Ruvalcaba asentó sus reales en el Cuarteto Lener y éste decidió radicarse definitivamente en México. A partir de su exitoso debut en Bellas Artes, con su nuevo y flamante primer violín, el 4 de diciembre de 1942, el Lener daría temporadas con lo más representativo de la música para el género. Fueron veinticinco años de labor cuartetística, con Herbert Froelich a la muerte de Sandor Roth.

Espléndida naturalidad, pureza de tono, afinación impecable, penetración musical, técnica insólita y fino lirismo —alguien sólo reconocía: memoria prodigiosa y ardiente musicalidad—, eran algunas de las más sobresalientes características del virtuoso Ruvalcaba. Corre el año de 1946 y el maestro encuentra por fin el amor definitivo: Carmela Castillo Betancourt, pianista consumada a quien desposa luego de un romance excepcional, y con la que no nada más tendrá tres hijos, sino que formará un dúo de sonatistas distinguido por la musicalidad y exigencia.

Esta vez Higinio Ruvalcaba se ha convertido en violinista solicitado. Lo elogian directores como Ansermet, Dorati y Kleiber y violinistas como Heifetz, Szigeti y Ricci. Recibe homenajes, toca continuamente en el extranjero y da conciertos por toda la República. Su trabajo como concertista, cuartetista, violinista al lado de su esposa, director de la Sinfónica de Puebla y de la Orquesta Filarmónica de México, además de primer violín de las orquestas cinematográficas, no conoce límite. No ha vuelto a componer —a excepción de las cadencias que produce para los conciertos de su repertorio y de las transcripciones para piano y violín de los veinticuatro caprichos de Paganini—, “es como si le hubieran puesto un candado a mi inspiración”, responde en una entrevista.

De esta forma, el tiempo sigue su marcha y finalmente los excesos cobran lo suyo. En 1970, en Guadalajara, durante la interpretación del concierto de Bach en mi mayor, cae fulminado por un síncope. No muere, pero no podrá tocar más el violín por una artritis que le inutiliza los dedos. A partir de ahí y hasta su muerte, el 15 de enero de 1976, se advierten en su rostro las huellas de la pesadumbre y el abandono interno. Sus últimos años transcurren en un silencio que sólo tiene alivio cuando escucha las grabaciones domésticas de sus conciertos y recitales.