sixto en parís

La imagen difuminada del poeta maldito se ha esparcido hasta el lugar común. La historia ha elevado el anonimato a gloria, el fracaso a redención. El ostracismo de los artistas nos avergüenza y la vida eterna, la fama póstuma pretenden su expiación. Rimbaud endurecido en el exilio, Van Gogh en la pobreza y la locura, Wilde humillado y perseguido, son ejemplos conocidos entre tantos otros. Bolaño, al que se llevó la enfermedad a los 50 años en 2003, sería el caso más reciente del escritor maldito que fallece ignorando su éxito mundial venidero, sus incontables traducciones.

Sin embargo, son pocos aquellos que sobreviven a una muerte imaginaria. La aparición del documental Searching for Sugar Man (2012) señala esa brecha oscura que deja la historia en su discriminación, en su narrativa imposible. Ahora que Mandela se ha extinguido y los gobernantes se agolpan alrededor del festín mediático de sus funerales. Ahora que desapareció el último de los grandes luchadores del siglo XX – con su muerte acabó verdaderamente el siglo (dejando a Fidel aparte, acabaremos por creer que nos va a enterrar a todos) –, el documental de Malik Bendjelloul parece cobrar una importancia inusitada.

Dos sudafricanos entran a una tienda de discos en Cape Town. Rememoran las viejas canciones de su juventud y algunos de los himnos contra el apartheid. Con infinita lucidez descubren que aquellos himnos de rebeldía que censuró el gobierno en los años 70 los inspiró un misterioso cantautor estadounidense, de nombre Rodríguez. La música se pega al oído y es agria al paladar:

Sugar man, won’t you hurry?
’

cause I’m tired of these scenes

for a blue coin won’t your bring back

all those colours to my dreams

Silver magic ships you carry

Jumpers, coke, sweet mary jane

Empieza la búsqueda y el viaje hacia un pasado colmado por la corrupción de productores y disqueras, el olvido, la resignación y el suicidio, la leyenda del cantante. “Se había prendido fuego en el escenario y había muerto ante el público”, dicen los rumores, como emulando la trágica muerte de otro cantautor legendario del blues, Robert Johnson.

La narrativa del documental en este sentido no puede ser más acertada. Paso a paso, los periodistas, músicos y melómanos – entre ellos Stephen “Sugar” Segerman – van atando cabos para dar con el hombre muerto, cuyo álbum Cold Fact (1970) llegó a ser más escuchado que Abbey Road entre la juventud contestataria de Sudáfrica. En sus Vidas Imaginarias, Marcel Schwob nos recuerda que “la ciencia de la historia nos sume en la incertidumbre acerca de los individuos. No nos los muestra sino en los momentos que empalmaron con las acciones generales” [es decir, los acontecimientos].

Porque sus canciones hilaron la lucha social de un país, se ha rescatado la música de Rodríguez. Cold fact fue uno de los himnos de rebeldía contra la atrocidad racial que significó el apartheid, sus interminables restricciones, su conservadurismo represor:

I wonder about the tears in children’eyes

And I wonder about the solider that dies

I wonder will this hatred ever end

I wonder and I worry my friend

No podemos saber cómo estas canciones llegaron a la patria de Mandela ni por qué azares se envolvieron en la conciencia social y política del momento. Aún cuando sus letras estaban a flor de boca en toda una generación progresista, Sixto Rodríguez permaneció en la sombra. Ignoraba su resonancia en otro continente, en otra contracultura. Pasaron más de cuarenta años, hasta que una serie de documentales – que culminan en Searching for Sugar Man – lo traen a la superficie.

Después del lanzamiento de Cold Fact, Rodríguez volvió a su trabajo, olvidó el camino glorioso de la vanidad, del éxito. Se involucró en la política local y se postuló incluso como alcalde de Detroit en 1989. Su padre, un migrante mexicano, había buscado suerte en la floreciente Detroit de los años 20 y 30. A principios del siglo XX, ya era una ciudad prometedora que crecía sin parar con el ritmo de su industria automotriz. Allí se habían instalado Henry Ford y Ransom E. Olds que lanzarían a su vez el famoso Ford T y el American Practical Car de Oldsmobile. La Motor City, o Motown, llegó a ser una metrópolis multicultural de cerca de 1,8 millones de habitantes en 1950. Paradójicamente, en ella nacieron o fueron propulsadas estrellas que llevaron la cultura estadounidense a la estratosfera del consumo y que romperían récords de veneración inimaginables. Tan sólo la famosa disquera Motown (fundada en Detroit por Berry Gordy Jr. en 1960) produjo a los Jackson 5, Stevie Wonder o Marvin Gaye. Fue en Detroit también donde Aretha Franklin comenzó a cantar. La misma Madonna nació en la periferia en 1958 donde se crió y comenzó sus estudios. Pero a partir de los años 70, Detroit se perfiló hacia la ruina. Cuando Sixto empezó a escribir en las calles ahogadas por la nieve o la bruma, la ciudad ya era un desierto. Sin dejar guitarra y pluma, tuvo que subsistir como sus padres y otros tantos miles de migrantes mexicanos, sometidos a la industria del estado de Michigan. Se dedicó a la albañilería, a la reparación de techos, a la demolición, a la excavación. Nunca acumuló riquezas ni entrevistas con periodistas. Vivió en la inner city, trabajando y escribiendo sus canciones ácidas, en el anonimato.

Su ciudad tiene hoy en día la tasa demográfica negativa más alta del país; ha perdido más de un millón de habitantes en 50 años. Su industria se ha venido abajo. La semana pasada se declaró en bancarrota. El abandono, el deterioro de centenares de viviendas vacías, escuelas arrasadas, parques corroídos, son el paisaje común de esta tierra baldía. Aquí parece que la suerte de Rodríguez corrió río abajo, a la par de la insostenible decrepitud de su ciudad natal. ¿Cual fue la razón del rotundo fracaso de su álbum, del rechazo a un talento así de claro? Es una de las preguntas fundamentales que preocupan al realizador, y no tanto al autor, de Sugar Man.

Tal vez su tiempo no había llegado todavía. El trono de la folk music estadounidense ya estaba ocupado por otro joven poeta talentoso, cuya voz aún resplandece, inolvidable, Bob Dylan. Tal vez sus letras y sus tonadas tenían un color demasiado crepuscular para entonces. Tal vez su actitud vital y su discreción no iban de la mano con la exhibición fiera del rock. O acaso le faltó el arrojo inventivo de ciertos instrumentos en su época, la electricidad punzante de Hendrix o el lirismo cálido de Santana.

En La Gaya Ciencia, Nietzsche narra el asombro enmudecido de la multitud ante los disparates de un loco que – linterna en mano – corre buscando a Dios y augura el vacío de su muerte, de su desaparición. Como parábola del eterno retorno y del futuro mundo mega-industrial donde gobiernan los dioses de la tecnología y la realidad aumentada, el loco se queda hablando solo: “Vine demasiado pronto, mi tiempo no ha llegado todavía.” En medio de las últimas calamidades del joven siglo XXI y el inconformismo demostrado en varios rincones indignados del planeta, la música de Sixto Rodríguez ha vuelto. ¿La podremos asimilar ahora? Algo nos puede recordar este “Establishment Blues”:

The mayor hides the crime rate

council woman hesitates

Public gets irate but forget the vote date

Weatherman complaining, predicted sun it’s raining

Everyone’s protesting, boyfriend keeps suggesting

you’re not like all of the rest.

 

Garbage ain’t collected, women ain’t protected

Politicians using people, they’ve been abusing

The mafia’s getting bigger, like pollution in the river

And you tell me that this is where it’s at.

Woke up this moming with an ache in my head

Splashed on my clothes as I spilled out of bed

Opened the window to listen to the news

But all I heard was the Establishment’s Blues.

A Rodríguez lo escuchamos en el sur de Francia el verano pasado. A sus 70 años de edad, nos tuvo en vilo durante más de dos horas. En el escenario la figura es irreal. Sostiene la guitarra muy baja, con dificultad, canta encorvado. De vez en cuando, el guitarrista y arreglista a su lado le guía la mano hacia el vaso. Sombrero negro de ala, gafas oscuras, su rostro apenas se ve. Es posible que esté quedando ciego. A cada sorbo una canción y la timidez del músico al que aclama un mundo que sólo existía en tinieblas. A Sixto le gritaron “I love you!” al unísono, varias fans. “Sé que es por el alcohol, pero yo también los amo”, responde. La ovación de la sala de conciertos todavía lo incomoda y busca su vaso. Después de cuarenta años de anonimato, al fin ha llegado la fama, las horas de gira, los autógrafos, los gritos y las increpaciones fanáticas, ¿la justicia poética? Es tarde para Rodríguez. Es tarde para el obrero de Detroit al que ahora quiere resarcir el destino.