Fue de mi madre… y aún llevo en el corazón tanta música que escuché tocada en ese emblema de dulzura. Seguramente Ricardo Castro —músico de Durango que en mucho me recuerda a Ramón López Velarde, por su provincianismo de estatura continental, por algunos aspectos de su vida y muerte—, con toda seguridad aquel hombre compuso en ese piano su Vals capricho, obra que le valió la inmortalidad. Cosa curiosa, un 28 de noviembre, pero de 1907, Ricardo Castro murió en la ciudad de México (había nacido en Durango en 1864). Cierta noche se había sentido especialmente animado. Toda la tarde se lo había pasado estudiando en su inseparable Steinway y decidió emprender una caminata nocturna. Aquella noche soplaba un viento helado, pero él salió tan de prisa que olvidó ponerse el abrigo. Bah, se dijo, ahora mismo regreso. Sin embargo, caminó y caminó. Mientras su madre le gritaba que no se fuera tan destapado y que regresara por un abrigo. Los minutos se prolongaron por más de tres horas. Al día siguiente, se le declaró una pulmonía fulminante que en menos de dos días pulverizó sus pulmones. Su madre jamás se separó de su lado. Fue enterrado en el Panteón Francés y Justo Sierra, aquel maestro de las humanidades, condujo la ceremonia luctuosa.

* * * * *

Me acerco a Mozart. Preparo la escenografía. Quiero empezar temprano. Tengo a la mano lo necesario para consumar la celebración: música de El Divino (aún no sé qué escucharé), una botella de tinto (excelente oportunidad para descorchar alguna gema, o dos, de una vez), una carta de Mozart, o dos, y cierto poema por ahí —que bien puede ser el de José Hierro o el de Cernuda o acaso el de Eloy Sánchez Rosillo (en efecto, los españoles son más, pero mucho más cultos que nosotros, ¿también los vinos?).

  Son las diez de la mañana. Estoy solo. Pongo el concierto Turco para violín y orquesta. Con don Higinio Ruvalcaba como solista de la Orquesta Sinfónica Nacional bajo la dirección de Carlos Chávez. Abro la botella y escancio el vino. Me sumerjo en la música. Mozart tenía diecinueve años cuando lo compuso. Si nada más hubiese dejado esta obra, habría asegurado su lugar en la historia de la música. Al lado de los conciertos para violín de Beethoven, Brahms, Mendelssohn, Chaikovski, Bach, Prokofiev y Sibelius. Sirvo más vino y dejo que la música me guíe. Enseguida escucho la Sonata en La mayor para piano K 331 con Mitzuko Uchida. Compuesta en París en el verano de 1778, precisamente cuando su madre agoniza y muere, no es difícil pensar que Mozart encontró en el piano el confidente del que carecía. Su situación no podía ser más adversa. Solo con su madre, en medio de un ambiente hostil, contempla impotente cómo su progenitora va desmoronándose delante de él, día a día. Cuando por fin muere, el 3 de julio, a solas con ella, le envía una carta a su padre que, en realidad, es una muestra de la fortaleza del músico, pues lo que intenta es preparar a su progenitor, irle diciendo las cosas poco a poco: “Mi querida mamá está muy enferma. (…) Está muy débil, tiene fiebre y delira. Me dan algunas esperanzas, pero yo ya no tengo muchas. Hace tiempo que vivo, día y noche, entre el temor y la esperanza. Pero me he confiado por completo a la voluntad de Dios y espero que también usted y mi querida hermana hagan lo mismo. Creo de hecho, y nadie podrá convencerme nunca de lo contrario, que ningún doctor, ninguna persona, ninguna desgracia ni ningún azar podrán dar o quitar la vida a un ser humano, sino que sólo Dios puede hacerlo”.

Bebo y escucho. Escucho y bebo.Bebo y pienso. No cabe duda que los placeres más hondos van de la mano. Pongo enseguida los dos quintetos para dos violas K 515 y K 516, que tal vez representen la música más sublime escrita por el hombre hasta nuestros días. Mozart tenía treinta y un años, y no se tardó más de un mes en la composición de cada uno (entre abril y mayo de 1787). Son absolutamente dos obras maestras —que acaso integren una sola, como un gran fresco— a cuya alabanza se han tejido los más extraordinarios epítetos —no es cierto, los musicólogos son bien ignorantes. Abro la otra botella y brindo por Mozart. Escucho estos quintetos y no puedo dejar de pensar que su padre Leopold murió en el ínter de su composición. Ningún otro padre —ni el de Henry Miller, que pasó a la historia por eso; vamos, ni el de Kafka— ha causado tanto daño a su hijo. Ni tanto beneficio. Mozart fue quien es por su padre. Y a pesar de su padre.

 

 

Un comentario en “El piano de Ricardo Castro

  1. Al mismo tiempo que me emociono ver el titulo de la entrada “El piano de Ricardo Castro”, me permito comentar que el parrafo tiene ciertas imprecisiones que, en aras de una mejor divulgacion del conocimiento me permito puntualizar.

    El piano Steinway de Castro data de 1902. Este instrumento fue mandado construir por la casa Wagner y Levien a la firma Steinway de Nueva York ex profeso para los conciertos pactados con el periodico El Imparcial. Estos conciertos se realizaron en los meses de junio y julio de 1902 y el piano llego a Mexico a mediados de dicho año. Por tanto no es posible que en ese instrumento haya compuesto el Caprice-Valse Op. 1 como se afirma, pues esta obra es anterior: su primera referencia es de 1894. Mi tesis doctoral versa sobre la vida y obra de este compositor.

    Tampoco murio de una pulmonia fulminante como lo dijeron los periodicos de la epoca, sino de enterocolitis infecciosa como ya lo ha aclarado por su parte la investigadora Gloria Carmona.

    Un saludo y quedo a sus ordenes.

    Rogelio Alvarez Meneses.

    Perdon por la falta de tildes, me encuentro en una computadora con teclado frances.