Simon Napier-Bell, manager del grupo Japan, alguna vez dijo de David Sylvian: “Era extraordinario, un cruce entre Mick Jagger y Brigitte Bardot”. El comentario estaba lejos de ser hiperbólico. Las fotos de su primera etapa como cantante lo muestran instalado en una vena post glam, muy cercana a los New York Dolls, pero con estilo: pelo teñido, maquillaje, envestido en satín. Su look era tan glamuroso que pocos lo tomaron en serio cuando en 1984 comenzó su carrera solista con Brilliant Trees, su primer álbum.

El cambio fue abrupto, al menos así apareció; sin embargo, las simientes de ese sonido laxo, construido en capas, tendiente a las atmósferas y que hurgaba más en el jazz que en el mundo del pop del cual provenía, ya estaban sembradas en Gentleman Take Polaroids (1980) y Tin Drum (1981), las últimas placas en estudio de Japan.

Mas si algo caracterizó a Sylvian desde sus inicios fue la dualidad, la imposibilidad de ceñirse a un script. Ya un año después de ese sugestivo debut, editó en cassette Alchemy- An Index of Possibilities, obra íntegramente instrumental en la cual exploró ambientes y texturas. Desde entonces, el cantante-compositor se convirtió en un artista poliédrico, de miras múltiples, un explorador cuyas intenciones lo han llevado a otras formas de expresión, entre ellas la fotografía.

Pero cerremos el abanico para adentrarnos en esa vena minimalista que empieza a visitar con Holger Czukay a fines de los ochenta, lo lleva a instaurar una aura de abstracción en sus canciones a partir de Blemish (2003) y encalla en el reciente Wandermüde (Samadhisound, 2013).

Escrito en colaboración con Stepahn Mathieu, el disco es una inmersión en la electrónica, una exploración en la que el eco se utiliza para encadenar los sonidos, los instrumentos dialogan en búsqueda de texturas, el órgano y los sintetizadores tienden camas de sonido para que sobre ellas circulen los sonidos perpetrados desde el radio, los sampleos o la guitarra, en una búsqueda sonora que no cesa a lo largo de siete cortes.

Sylvian tiene la habilidad de subsumirse en el trabajo de otros y para ello no duda en dejar fuera su voz. Las atmósferas que construyen él y Mathieu van de lo sombrío (“Saffron Laudanum”, “Dark Pastoral”) a la monotonía imbuida de un minimalismo envolvente que la dupla despliega en “Velvet Revolution” y que prosigue, aunque permeada por un “ritmo” continuo apenas roto por algunos ruidos, en “Trauma Ward”, o las oleadas, los barridos sonoros iniciales de “The Farther Away I Am (Minus 30 Degrees)” que luego se apaciguan para construir una atmósfera reminiscente de la vena electrónica de los setenta inaugurada por las bandas alemanas y sus travesías sonoras espaciales, mismas que reaparecen en “Telegraphed Mistakes”.

De hecho, esa revisitación a una electrónica antigua, pero que a los oídos de los nuevos escuchas aparece como novedosa, es tal vez el único reparo que se puede poner a Wandermüde, el erigirse a partir de un pasado en donde las resonancias con los trabajos de un primer Tangerine Dream, Klaus Schulze, Aphex Twin o Pete Namlook son ineludibles.

No obstante, la vocación de Sylvian por el riesgo y lo impredecible, lo han convertido en un músico confiable a quienes gustan de lo heterodoxo y no saben de convencionalismos.

 

 

 

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