¿Será que ando buscando motivos para brindar, que me urge distinguir en la copa a contraluz las iridiscencias del vino, como prueba irrefutable de la belleza? Tal vez. Pero mejor si esta sensación corre pareja a la gran música. Como la de César Franck, quien cerró los ojos el 8 de noviembre de 1890. Autor de la más bella sonata para piano y violín jamás compuesta, los escritores se han detenido en él. Eloy Sánchez Rosillo tejió un admirable poema a propósito del quinteto para piano y cuerdas de César Franck. Hombre desapegado de la vida mundana, la existencia de este compositor oscilaba entre las clases que dictaba en el Conservatorio de París, sus ejecuciones de órgano que interpretaba en la iglesia de Sainte Clotilde y sus largas jornadas de trabajo al lado de su esposa Felicitas, quien solía quedarse dormida mientras él tocaba el órgano; jamás en su vida, pues, había osado siquiera mirar a ninguna otra mujer, cuando de pronto se presenta como candidata a su clase de composición Augusta Holmes, veinteañera bellísima, a quien todos los alumnos y maestros del Conservatorio desean. Dice César Franck en voz del poeta Sánchez Rosillo: “Yo no sé, yo no sé, pero bendigo esta locura / que sacude mi espíritu y me llena de sol cuando te veo. / Y doy gracias a Dios por haberte creado, por haber permitido / que vinieras de pronto para cambiar mi vida; / pues ya no soy el mismo, aunque a los ojos / de todos sea el de siempre y nadie, nadie sepa / que sólo pienso en ti, que te amo, que es para ti mi música”.

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Todas las guías son mejorables. Como La mejor música de cámara, que revisa, no exhaustiva sino someramente, la producción camerística por antonomasia. E, insisto, como toda guía —en este caso debida a la pluma de un tal F. X. Mata y publicada bajo el sello español Daimón—, acierta en unas cosas y en otras se equivoca. El más craso error es que deja de lado las sonatas para dos instrumentos. ¿Habrá un modo más siniestro e infantil de decirle adiós a la mitad de la música de cámara compuesta? Pero tiene verdades inobjetables, como insistir en la importancia del cuarteto de cuerdas. Lo que se agradece, y mucho, es la discografía que aparece a modo de apéndice.

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Edvard Grieg es el Petronio de la música, que equivale a decir el árbitro de la sutileza, de la finura. Sus Piezas líricas para piano son una caricia para la sensibilidad más exigente. Y qué decir de su sonata para violín y piano opus 45. O de su sonata para chelo en sol menor. O de su cuarteto para cuerdas en do.

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En lo que respecta a la elegancia, ningún otro instrumento compite con el piano. Ni siquiera el violonchelo, de suyo majestuoso. En efecto, cualquier profano que se detenga delante de un Steinway de gran cola, no tendrá más remedio que arquear las cejas. ¡Qué belleza!, se dirá aunque las palabras nunca acudan a su boca. Porque la soberanía de un piano de esta naturaleza es cosa aceptada en cualquier parte del mundo donde a las cosas se les llame por su nombre y ni siquiera un ciego se atrevería a negarlo. Y es belleza que se confirma cuando aquel instrumento es tocado por manos sabias. Ricardo Castro tuvo un Steinway fabuloso. Yo crecí con ese piano.

 

 

 

 

2 comentarios en “La mejor música de cámara

  1. ¿Será que ando buscando motivos para brindar, que me urge distinguir en la copa a contraluz las iridiscencias del vino, como prueba irrefutable de la belleza? Tal vez. Pero mejor si esta sensación corre pareja a la gran música. Como la de César Franck, quien cerró los ojos el 8 de noviembre de 1890. Autor de la más bella sonata para piano y violín jamás compuesta, los escritores se han detenido en él. Eloy Sánchez Rosillo tejió un admirable poema a propósito del quinteto para piano y cuerdas de César Franck. Hombre desapegado de la vida mundana, la existencia de este compositor oscilaba entre las clases que dictaba en el Conservatorio de París, sus ejecuciones de órgano que interpretaba en la iglesia de Sainte Clotilde y sus largas jornadas de trabajo al lado de su esposa Felicitas, quien solía quedarse dormida mientras él tocaba el órgano; jamás en su vida, pues, había osado siquiera mirar a ninguna otra mujer, cuando de pronto se presenta como candidata a su clase de composición Augusta Holmes, veinteañera bellísima, a quien todos los alumnos y maestros del Conservatorio desean. Dice César Franck en voz del poeta Sánchez Rosillo: “Yo no sé, yo no sé, pero bendigo esta locura / que sacude mi espíritu y me llena de sol cuando te veo. / Y doy gracias a Dios por haberte creado, por haber permitido / que vinieras de pronto para cambiar mi vida; / pues ya no soy el mismo, aunque a los ojos / de todos sea el de siempre y nadie, nadie sepa / que sólo pienso en ti, que te amo, que es para ti mi música”.

  2. Personalmente, encuentro a esta obra fascinante y misteriosa, la música parece llevarnos hasta lugares desconocidos sin acabar de desvelar su secreto, y la parte del piano es de una expresividad que cautiva.