Sus caminos se cruzaron hace una década y ambos reconocieron en ese encuentro una vocación por lo inusual. Andrés de Robina es baterista, pero lo suyo es la composición, la música electroacústica, el trabajo con las fuentes sonoras: alargarlas, deformarlas, crear algo nuevo a partir de lo ya existente. Marcos Miranda toca alientos (saxofones, clarinetes, ney), kalimba, salterio y juguetes, muchos juguetes, y fundó Sociedad Acústica de Capital Variable, entidad que cultiva el free jazz, la improvisación y la experimentación.

En 2002, De Robina se integró como baterista al grupo liderado por Miranda. Allí, en medio de un aluvión de ideas, ambos planearon un trabajo que en el papel se leía como “una producción que combinaría la improvisación multiinstrumentista de Miranda, con la edición y procesamientos electroacústicos por parte de De Robina”. La obra comenzó su gestación en 2007 y se concretó en 2012, bajo el título de Miranda según De Robina (Cero Records).

Dividido en Lado A (“Improvisación, experimentación y electroacústica”) y B (“Intervención acústica polifónica”), el disco explora, en palabras de De Robina, “la habilidad de improvisación de Miranda, mediante la grabación de una gran cantidad de extensos solos, con las mías para seleccionar, editar, procesar y combinar el material”. El disco se construyó a partir de improvisaciones en solitario de Marcos Miranda, de éste con Alejandro Cayetano (didjeridoo, arpa de boca, botellas de plástico, flauta transversa, etcétera), de Miranda y De Robina y, finalmente, de los tres.

Miranda es un improvisador nato, un músico a quien no le gustan las contenciones o las resoluciones fáciles; en su sonido, porque lo ha depurado con los años, está esa vocación por lo inusual, por extraer de los alientos nuevos sonidos. Pero una vez puestos esos sonidos, esas improvisaciones en las manos de De Robina, esas sonoridades que ya eran desafiantes se vuelven irreconocibles, merced a los tratamientos recibidos: “Utilicé improvisaciones íntegras sin editar, tramos pequeños reordenados y/o cortados, así como material de las improvisaciones procesado y manipulado por computadora.”

En Miranda según De Robina, las flautas pierden su sonido primigenio, se enmascaran por los procesos electroacústicos (“Vuelo y canto”); la unión del salterio y botellas de plástico (“Burbujas de metal”) suena a agua que hierve, moléculas de metal que amenazan con reventar, fragmentos de hierro que se imantan, chocan y crean una atmósfera espacial. En ocasiones (“Recorrido”), atisbamos flashazos de algo que en su origen fue jazz, pero que trastocado en su curso se convierte en abstracción, en sonido disonante, perturbador. Ocasionalmente, el tratamiento alquímico de De Robina, permite advertir el origen, la sustancia, como en “Plegaria”, probablemente uno de los cortes cuyo exotismo sonoro nos permitiría ligarlo a una geografía específica.

El lado B se construye con las mismas improvisaciones, pero con un tratamiento diferente. Dice De Robina: “A través de la superposición de hasta 16 improvisaciones simultáneas y sin el uso de la electroacústica, se crean atmósferas sobrecargadas de información, en las cuales se intenta establecer un peculiar sentido de coherencia dentro de la saturación y el caos”.

Porque sí, la primera impresión es la del caos; sin embargo, en medio de esa batahola de sonidos, en ese juego de superposición, De Robina ha creado una especie de gran orquesta en la que se suscitan diálogos, conversaciones, en momentos ambas configuraciones a la vez (“2do avasallamiento”), pero jamás se llega a perder el hilo. Porque una cosa que llama la atención de este intrincado tejido sonoro entregado por la dupla es su capacidad para mantener un orden en medio de esa aparente confusión.

Si, habrá oídos que se sentirán vejados por esta cauda de sonidos-ruidos que se antoja amorfa, incoherente, sin melodía alguna; no obstante, quienes saben de la trayectoria de este par de músicos no podían esperar menos. Ambos, forjados en las veredas sonoras más inquietantes, lo único que han hecho ha sido abrir la verja a la imaginación y ésta, libre,  ha hecho de las suyas.