Hace exactamente un siglo, se dio en el país del truculento José Mourinho y del aniñado Cristiano Ronaldo el movimiento Renascença Portuguesa, el cual proclamaba la necesidad de dotar de sentido a las energías lusitanas y colocarlas en condiciones de tornarse fecundas para sus habitantes. Esto dio origen al “saudosismo”, del que la saudade representó “su perfil eterno y dedicado a un sentimiento”, según sus manifiestos.

Ello respondía a la urgencia de los pensadores humanistas y poetas portugueses de pasar de las críticas al viejo régimen a una nueva visión popular, desenmarañada del positivismo y el materialismo absolutista que se le había inculcado por décadas.

Las letras portuguesas produjeron en tal transición y búsqueda a un poeta inmortal (Fernando Pessoa) y en la música la legitimación de la saudade sonora (con el parámetro llamado Amália Rodrigues). Cien años después, el fado ha sido inscrito en la Lista Representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por parte de la Unesco.

Hoy Portugal vive un “reventón” socioeconómico muy semejante al de aquel entonces y su intelligensia busca filosofías frescas para salir de la mediocridad como país, de la crisis económica que infecta a toda la vida por aquellos lares; para manifestarse ante la ausencia de crítica contra los malos gobiernos populistas que han querido endosarle la culpa a otros de su situación y, sobre todo, para no sentirse más pobres ante la falta de creadores trascendentes que arrojen luz ante su circunstancia.

El rock y el pop lusitanos han emergido en medio y a contracorriente de la saudade generalizada con el objetivo de plantear un renacimiento cultural, que brinde las posibilidades de futuro en este siglo XXI, no de manera aislada sino como parte de la mundialización y de pertenencia a una unión internacional.

El primer grupo que intentó el avance fue Baroka Som Sistema, cuyos intrgrantes difundieron a nivel global el sonido llamado kaduro, un estilo posmodernista que miraba hacia sus raíces en Angola, aunque la intención fue fugaz. A éste le siguió Silence 4, una banda de tintes electrónicos disuelta en el 2001 que, sin embargo, fue el antecedente directo de The Gift, la propuesta más concreta, sólida y trascendente en lo que va de estas primeras décadas del siglo.

Tal grupo surgió con un objetivo en mente: “Hacer música para llevarla a las personas que buscan algo diferente y demostrar que los portugueses tenemos talento para algo más que para acumular deudas”.

The Gift ha seguido una clara evolución desde que fue creado. Su estilo se basa en varios elementos que le dan un carácter épico a la banda, incluyendo la significativa voz de Sónia Tavares: cuerdas, metales, arpas, percusión, mucha programación rítmica y coros.

El espíritu renovador (regalo tan largamente anhelado por una nueva generación portuguesa) caracteriza a la banda a lo largo de toda su trayectoria discográfica: Digital Atmosphere (97), Vinyl (98), Film (01), AM-FM (04), Fácil de entender (en vivo, 06) Explode (11) y Primavera (12, producido por el británico Ken Nelson, un habitual colaborador de Coldplay)

Con este grupo ha comenzado el tiempo de dotar a la música de Portugal de un flamante cuerpo coherente que coincida con el de su pobre y deprimida vida social y asegurarle a la cotidiana paz algún acendrado valor.

Frente a la crisis descrita y vivida, el rock que interpreta The Gift ve la salida por medio de su lengua, a la que, como a la de los poetas, le corresponde la tarea de generar un nuevo hálito que se traduzca en la generación de diferentes estructuras mentales, socioculturales y, ¿por qué no?,  políticas: “Con una falta tal de gente con la que coexistir, como hay hoy,  ¿qué puede un hombre de sensibilidad hacer sino inventar a sus amigos, o cuando menos, a sus compañeros de espíritu?”, tal como lo asentara Pessoa en otro momento.

 

 

2 comentarios en “The Gift: la renovación lusitana

  1. ¿Boraka som sistema?, ¿será acaso Buraka som sistema?. ¿Kaduro?, ¿No es Kuduro?, en verdad son dudas.