Desde el comienzo —y desarrollo— de la música estadounidense, Nueva Orleáns ha desempeñado una parte importante en su evolución: prácticamente todas las expresiones populares en este sentido tuvieron ahí su acuñación y marca postrera: ragtime, blues, dixieland, jazz, rhythm and blues, rock, soul…

Dicha metrópolis fue el puerto más grande e importante de aquel país desde su fundación (hasta hace poco recibía en promedio cinco mil embarcaciones de todo el mundo). Fue una ciudad en la que gente de diferentes ascendencias étnicas (nativos norteamericanos, franceses, españoles, alemanes, irlandeses, italianos, caribeños, latinoamericanos, además de la población de origen africano) se reunió y vivió con un patrón cultural muy diferente.  Un crisol único que produjo una sonoridad propia, cuyo resultado se tradujo en diversos estilos musicales, con la negritud omnipresente, con lugares y personajes definitivos al frente. Esos hombres tenían tras de sí una cauda infinita de sonoridades y universos varios, cuya estela se extendía hasta tiempos recientes. Entonces llegó Katrina, un fenómeno natural que arrasó con la ciudad, sus testimonios históricos, libros, archivos, grabaciones, lugares… Fue cuando muchos músicos de otros sitios recordaron aquel antiguo adagio que en su momento B.B. King les trasmitió a los jóvenes blueseros británicos: “Escuchen a los veteranos”.

En la práctica musical de hoy, es un hecho que se menosprecia la sabiduría de éstos. Tras la tragedia de Nueva Orleáns, Elvis Costello tomó la estafeta con dicha conciencia: establecer el legado canónico vivo de los importantes músicos oriundos. No hacerlo, reconoció, supondría una pérdida cultural para la humanidad en general. Así que puso manos a la obra y se reunió con Allen Toussaint, uno de los tótems de aquella urbe. Compusieron, grabaron y produjeron juntos una gran obra: The River in Reverse.

Por su parte, Eric Clapton hizo lo propio y buscó a Wynton Marsalis. El resultado, una fabulosa grabación en vivo en el Lincoln Center: Play the Blues. En el 2012, Dan Auerbach, cantante y guitarrista de The Black Keys, llamó a Dr. John para proponerle la producción de un álbum y el “galeno” aceptó.

Dr. John, quien antes de graduarse en medicina vudú fuera Mac Rebennack, nació (en 1940) y creció en Nueva Orleáns  con el sonido de la música: barrelhouse, junkie blues, funky butt, gut bucket y todo el jazz. De día y de noche.  Por lo tanto, resulta natural que su disco Locked Down, con Auerbach en los tableros, sirva para llevarnos a él y a nosotros de regreso a sus raíces, pero con el añadido de una realización con mejor tecnología. En cierto sentido se trata de una pequeña historia desde los años de sus comienzos, allá por los sesenta (cuando firmó obras clásicas como Gris Gris y Babylon con su gran carga psicodélica), hasta este siglo (que lo encontró grabando regularmente discos como The City that Care Forgot y Tribal, como ejemplos recientes). En este nuevo trabajo se podrá encontrar algo exclusivo de aquella ciudad en cada una de las piezas.

Tal clase de música es auténtica, la que se oye en alguno de aquellos tugurios de mala muerte o en una de las muchas iglesias llenas de gente consagrada a lo divino cantando gospel. A dicha música, Dr. John suele llamarla “gut bucket” o “barrelhouse”. La misma que los pianistas primigenios de dicho puerto tocaban sin parar durante horas, mientras cantaban de memoria y reinventaban muchas veces las letras en el proceso. La música de Nueva Orleáns, tan sencilla, como realista, se desarrolló así en forma natural y gozosa.

El disco de Dr. John, apoyado por Auerbach, es un documento importante, además de testimonial en el contexto de varios géneros musicales. En las historias que cuenta el músico se pueden ver y sentir las circunstancias vivas dentro de las cuales se han creado muchas leyendas de nuestro tiempo, como la suya. La de un veterano a quién escuchar por todo su contenido.

 

 

Un comentario en “Dr. John: receta de veteranía

  1. No voy a hablar ahora del Sergio Cárdenas director de orquesta, que ha emprendido una carrera contra viento y marea, y que, en países como Austria y Alemania, donde la música tiene un lugar preponderante, se le conoce y pondera. Menos voy a hablar del Sergio Cárdenas compositor, cuya obra se abre paso en el gusto de la melomanía, cosa que lleva su tiempo cuando se trata de música de calidad. Y en lo que él avanza pertinazmente. No, de quien haré referencia es del traductor, de este hombre que trabaja sin tregua en su labor de traducción del alemán al español. Desde luego que Rilke es para él la montaña, la cima que habrá de verter a nuestro idioma —que no será el primer traductor ni el último que lo haga—, y a sus lectores nos consta que no descansa en ese cometido. Pero en el ínter, Sergio Cárdenas pone el dedo en la llaga de la poesía cuando traduce a otros alemanes, ¡y que han escrito sobre México!, como a Wolf Wondratschek —un maestro cuyo nombre habríamos de tener presente a la hora de pasar revista—, de quien tradujo este poema intitulado “Tequila en Tepoztlán” y que dice: Dios, da algo de beber / a aquellos que caminan en la alborada / como si caminasen descalzos / sobre vidrios rotos y hogueras / hacia una iglesia para confesarse. / Se caen a medias y se arrodillan. / Los toros se desangran en los ganchos del carnicero. / El sol espera… / aunque nadie lo espera a él ./ Dales, Dios, aún otra ronda, / aún la última hora de tiempo / pospuesto para que se arrastren / antes que los perros vengan de la obscuridad / y los huelan como huelen el estiércol.