mozart

Escucho la versión de Mitsuko Uchida de la Fantasía en do menor K 475 de Mozart. Acaso es una de las obras más difíciles para el piano. No dura más que trece minutos y, en ese lapso, el intérprete tiene que volcar por completo no sólo su conocimiento del instrumento sino lo más complejo y, paradójicamente, lo más sencillo: su musicalidad. Porque Mozart, siempre imprevisible, concentró en este brevísimo trozo la tragedia, inconcebible para su época. En efecto, Mozart no tiene rival entre sus contemporáneos —salvo Haydn, en contadísima música— en esa cosa dura de desgarrarse el alma (que Beethoven primero y los románticos después llevarían hasta las últimas consecuencias). Cuando él compone esta Fantasía, que la señora Mitsuko toca como una diosa, primaba la música galante, toda ella gracia y trivialidad. Que tiene lo suyo, ni duda cabe. Pero la hazaña de Mozart en este sentido es inclasificable. Porque bien se podría hablar de un estilo Mozart —algo así como un modo de ser ante el arte del sonido— que se ha desparramado en el mundo de la música y que no siempre tuvo una aceptación generalizada. Porque tocar Mozart contiene un riesgo: no tener éxito. Es decir, según los cánones del éxito que consisten en un público que aclama enfebrecido la ejecución de tal o cual obra. Con Mozart, el público —salvo que se trate de un auditorio muy conocedor— reacciona con discreción: los aplausos son moderados, como si hubiese cierta decepción. La gente que va a los conciertos está acostumbrada a los “efectos especiales” que le exigen al solista más y más. Lo que ese público quiere escuchar es una música que le recorra la espina dorsal, pero no por su belleza sino por las dificultades técnicas, por los arrebatos de los armónicos, las florituras a velocidades exacerbadas de los trinos, los golpes de arco o la maestría de la izquierda —siempre más visible que la derecha— que de plano quita el aliento. En cambio, Mozart es todo finura —no misticismo como lo es Bach—, todo gracia, todo exquisitez. Quien va a un concierto con obras de Mozart habría de poner a enfriar en el refrigerador su corazón tempestuoso, si es que lo tiene. Quien va a un concierto con obras del Divino no habría de ser exigente. Sí en cuanto a la música, no en lo que se refiere al espectáculo. En fin.

 

 

2 comentarios en “Una fantasía de Mozart

  1. Muy atinado su comentario, desde luego, las obras de los músicos más “populares” le exigen al interprete y a las orquestas un trabajo más desarrollado para cautivar al público. Aunque la belleza de las composiciones sea innata, la misma popularidad puede suavizarlas. Se debe promover la idea de la belleza como algo natural de la obra y del sentimiento del autor, no como algo extraordinario y con “dificultades técnicas”. Saludos. Excelentes artículos.

  2. Muy de acuerdo. Un amigo dice que Mozart mal tocado suena a Método Beyer. Y es en sus movimientos lentos donde se concentra ese anuncio del romanticismo. Sin duda, la Fantasía en C m es una sorpresa tal que lleva a buscar la caja del CD y asegurarnos de que no pusimos Rachmaninof traspapelado.