Por David Cortés

Detrás de la historia oficial se encuentra el verdadero principio. Samo (bajo) y Frankie Mares (batería) formaron  en el despunte del presente siglo a Eva Malva, banda con poca fortuna comercial pero abundante potencial artístico, cuyo legado se redujo a un álbum titulado Blue Paradiso (MW Records, 2004).

Paulatinamente, los intereses de estos dos empezaron a derivar hacia la improvisación y fue entonces cuando Cristián Jiménez (teclados), Dj Rayo (tornamesas) y Arturo “Tiburón” Santillanes (saxos y clarinete) se les unieron para terminar de dar forma a una nueva agrupación de nombre Troker, cuyo debut se dio con Jazz vinil (Intolerancia, 2007).

Tiempo después de grabado el disco, se agregó Gil Cervantes (trompeta). Comienza la historia oficial y un proceso de consolidar al grupo en el que, entre otras cosas, fungieron como teloneros de Medeski, Martin & Wood y Sex Mob. Hay en ese Jazz vinil todo un paquete de la seducción y un contexto idóneo para su crecimiento: una banda deseosa de explorar los vericuetos del jazz en su vena de fusión y una escena ávida de exponentes que vinieran a cortar el  letargo en el cual estaba sumida.

Sin embargo, el proceso de crecimiento, al menos en la música, se produce en El rey del camino (2010), testimonio de una banda ya amarrada, mejor  interrelacionada y que invitó a varios músicos  (la guitarra de Omar Rodríguez-López, los saxofones de Adrián Terrazas González y la voz de Pato Machete) para agregar un poco de color en algunos cortes. Jazz vinil es crudo, tal vez porque en su mayoría se creó en el estudio y en él se escucha algo de indefinición; pero El rey del camino es febril,  pesado, decantado hacia el rock y más visual.

Para Gil Cervantes, “la música instrumental y más la de Troker que es tan colorística, ya es muy visual. Puedes cerrar los ojos, poner cualquier disco de nosotros y vas a ver, a imaginar algo”. Esa vocación por crear imágenes con la música encontró un caudal adecuado para su salida cuando el año pasado la banda musicalizó la película El automóvil gris, de Enrique Rosas (http://www.bitacoradelauditorio.com/search/label/Troker)  y crearon un soundtrack no sólo funcional, sino que dio a esas imágenes en blanco y negro un color que ya traían implícitas, pero que el tiempo les impidió desplegar.

Ese caudal, imposible de contener hasta el momento, tiene en el EP Pueblo de brujos (Intolerancia, 2012) su continuación.  Dice el trompetista: “En medio de tanta actividad que hemos tenido, no había tiempo para grabar un disco completo, por eso creamos un EP que en realidad es sólo un tema y que está basado en el poblado de Cherán; es nuestra interpretación de lo mexicano”.

Fiel a ese principio de crear imágenes, de estructurar una narración visual con la música, Pueblo de Brujos es una aventura. Su inicio es agorero, insinúa una presencia, una atmósfera sombría, habla de un viaje tortuoso que la trompeta se encarga de anunciar y cuyo desenlace es intempestivo cuando el sax, con un gruñido, abre el plano y nos introduce en una vorágine que sí, es cierto, tiene tufo y sonido a jazz, pero que también se recarga y se impregna con rasgos de aquello que se denominó rock en oposición, un deslizamiento realizado sobre una alfombra tendida por el teclado. El segundo “movimiento” es decididamente roquero y es guiado por un solo de teclado que desemboca en una pared de los alientos que serán los que nos conducirán a la siguiente etapa, ahora bajo un marco más jazzístico, aunque no necesariamente convencional. La intensidad se corta al iniciar la cuarta “parte” del tema, un breve interludio en el cual permanece el lado sombrío, misterioso, marcado por un bajo retumbante que enlaza con la parada siguiente, igualmente inquietante, con visos de experimentación y en la que los murmullos del inframundo se asoman.

La escena seis es el descenso a un universo desconocido y esa atmósfera extraña, irreal, se acentúa con la lectura de un poema que es ininteligible en su comienzo pero que gana nitidez conforme avanza  y se recuesta sobre  una cama de jazz cruzada con acentos de música más cercana a lo contemporáneo. Finalmente  arribamos a la conclusión y aquí se recupera el tema inicial, se llega a la meta, aparece la luz, aunque no necesariamente la paz.

Ese viaje de casi veinte minutos de duración es potente, una carga de adrenalina que Troker explota sin conmiseración. Si bien el disco sigue arraigado en el jazz, hay la suficiente flexibilidad para moverse y en sus devaneos hacia el rock, el grupo ha llegado a explorar el progresivo, particularmente en su vena en oposición.

La oscuridad, la tensión, el choque, la confrontación, son algunos de los ingredientes que encontramos en Pueblo de brujos. Si en sus producciones anteriores Troker había demostrado que era una banda a seguir, en su más reciente trabajo el sexteto se erige como guía y líder de la escena del jazz fusión en México.

 

 

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