Por Eusebio Ruvalcaba

No es posible hablar de Bach sin descubrirse. Está por encima de todo adjetivo. Nadie como él ha acompañado al ser humano en las buenas y las malas. Lo mismo su música consuela en los momentos más dolorosos —los condenados a muerte habrían de escucharlo por obligación en los minutos precedentes a su ejecución, no importa si tienen conocimiento o no de la música bachiana—, que en las festividades más convencionales. Su obra permaneció ignorada por la inmensa mayoría hasta que alrededor de cien años después de su muerte, Mendelssohn se dio a la tarea de darlo a conocer al público de la música; en el ínter, su nombre sólo era pronunciado por unos cuantos (Mozart, Beethoven, Schumann y Brahms lo veneraban más que a Dios mismo y uno se preguntaría si Dios no está en deuda de Bach). Al paso del tiempo, su obra irrigó la sensibilidad de los hombres que gustan de lo bello en general y de la música en particular. Sin embargo, su nombre supera con mucho el conocimiento de su música. No es inusual escuchar elogios de su obra en boca de zafios que no distinguirían entre el jarabe tapatío y una sinfonía de Beethoven. Eso no tiene nada de malo, pero con Bach sucede lo mismo que con Chopin: los esnobs tildan de sublime al primero y de vulgar al segundo sin haberse sentado a escucharlos. Esta actitud nefasta se desparrama en todos los medios, pero ésa es la historia del arte; acaso la más injusta que existe. Precisamente por este afán de etiquetar a los artistas, algunos de calidad señera se quedan afuera por los siglos de los siglos y otros de muy sospechosa factura logran su pase a la inmortalidad —aunque lo más probable es que más temprano que tarde su cabeza ruede como calabaza en bajada.

 

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Prosigo con Bach. Escucho su concierto para dos violines (ayer me lo pasé con su música sacra; principié con la Pasión según san Mateo y terminé con la Gran Misa en si menor, sin omitir dos de sus cantatas más reverentes: la BWV 80 y la BWV 140). Este concierto para dos violines es una mixtura de pureza y brillantez.

 

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Me emborracho a la salud de Bach. Delante de él no me atrevo a beber. Ni delante de él ni en su día. Lo contemplo en la recámara de mi hija de trece años. Está junto a Kurt Cobain. A Bach le habría dado gusto. Con soltura y júbilo compuso música para los jovencitos. Y para los niños. Hasta para los que padecían insomnio —¿o acaso las Variaciones Goldberg no fueron compuestas para que el señor Goldberg no padeciera insufriblemente su insomnio?

 

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Escucho una grabación histórica de Jascha Heifetz. Llamado el violinista del siglo, nació en Rusia en 1901 y murió en los Estados Unidos en 1987. Heifetz constituyó un caso extraordinario en la tradición violinística. Su dominio técnico inusitado, cierto estilo muy paganiniano, más un lirismo que a veces lo desbordaba y lo hacía llorar en público —¡él mismo lloraba de sus propias interpretaciones!—, lo condujo a los callejones de la celebridad aun antes de cruzar el umbral de la adolescencia. Su fama irrigó las escuelas de violín de todo el mundo, y quién más quién menos no había violinista que no intentara tocar como él. Se cotizó tan alto que sus honorarios superaban los de cualquier otro, incluido Stokowsky, quien se especializaba en cobrar alto. En fin, esta grabación de la que hablo incluye el Concierto No. 5 en la mayor K. 219 de Mozart, la Sevillana de Albéniz, la Suite inglesa para violín y piano en sol menor BWV 808 de Bach, el Concierto en mi menor op. 64 de Mendelssohn y el Capricio 20 de Paganini. Una de las cosas más interesantes de este disco es el amplio registro del arte de Heifetz que le permitía tocar, con la misma facilidad, música de cualquier periodo o estilo. No en balde su prestigio se desparramó por todo el mundo y el público exigía sus presentaciones a cual más de repertorio más difícil.