Poster-negritudPor David Cortés

Todo disco es el portador de una ambición. De la sed de dejar una huella y de que lo allí consignado encuentre ecos y resonancias en la posteridad. Hay muchas formas de consumar esa ambición, aunque también es cierto que las más de las veces esa ansia o necesidad por estampar una impronta redunda en un fracaso total.

Tal vez los proyectos más ambiciosos de la industria discográfica son los álbumes panorámicos, aquellos que buscan, en unas cuantas horas, dejar constancia de una historia, una historia que las más de las veces habla de siglos detrás de ella. Hace veinte años, en un gesto inusual en este país, Discos Corason recogió la música de diecinueve países de América en donde la raíz negra había salido a la tierra y dio a la producción el título de África en América.

La edición de estos tres discos compactos coincidió con el resurgir del interés por la presencia de la población negra en nuestro país, como señala Fernando Híjar en un ensayo intitulado “Cumbé: aquí, allá y acullá”, incluido como presentación en Santa negritud, la raíz olvidada (Conaculta/ Fonoteca Nacional/ Xquenda A.C., 2011), el disco que en este momento nos ocupa.

santanegritudEscribe Híjar: “Desde el inicio de los años noventa del siglo pasado, hemos sido testigos de una preocupación cada vez mayor por conocer la influencia de los pueblos afrodescendientes en la historia de nuestro país. Poco a poco se recorre el velo que impedía ver en toda su amplitud el papel de estas poblaciones en la conformación y construcción de la nación mexicana”.

El álbum, doble, recoge en el primer CD grabaciones de campo, principalmente de la Costa Chica, “complejo sonoro —escribe Híjar— en el que conviven, dialogan y compiten múltiples expresiones musicales que dan por resultado una de las regiones más diversas y ricas en cuanto a música se refiere: los corridos, las chilenas, los sones, los bailes de artesa y las danzas conforman el repertorio de sus manifestaciones tradicionales y en las últimas décadas la cumbia, el rock, el hip hop, el rap y la música grupera dan fe de esta situación”.

Este primer disco, punto de partida, incluye temas más o menos conocidos (“El cascabel”, “El carbonero”, “El jarabe y el pato”), pero principalmente explora un acto de comunicación sincero, ese que se da entre el intérprete y su instrumento, caracterizado por la espontaneidad, la inmediatez y la frescura. Son grabaciones que técnicamente son primitivas, pero que recuperan un sentir y son el testimonio de un devenir sonoro. Es material mjusical en estado puro que sirve de introducción, enlace y puente al segundo disco, a la “antología contemporánea”.

Aquí los nombres son conocidos (Banco de Ruido, Lila Downs, Eugenia León, Mono Blanco, Betsy Pecanins, entre otros), pero resalta lo atinado de la selección de las composiciones, pues cada una, desde su visión, muestra los lazos afromestizos existentes en la música actual, sin importar el género o el intérprete.

Santa negritud, la raíz olvidada funciona como homenaje. Es una brújula que permite adentrarse, aunque superficialmente, en una historia que es necesario contar porque el tiempo se ha encargado de ocultarla; es también el paso, la ruta que enlaza el presente con un pasado que se niega a morir y que en proyectos como el presente encuentra la vitalidad necesaria para mostrarse con esplendor.