25946-1Por Eusebio Ruvalcaba

Me pregunto por qué en la música es tan importante llevar la memoria del maestro-alumno. En el programa de mano, el músico siempre acota de quién es alumno. Tal vez la razón estriba en que ─en el caso de la música, insisto─ los alumnos son la obra del maestro (sobre todo cuando el maestro no compone). Que un maestro no quiera morir sin dejar al mundo una obra en dos piernas, que se llama alumno, es hermoso y legítimo. No habrá venido al mundo de más.

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Bebo y escucho a Mozart, escucho a Mozart y bebo. Sus quintetos para viola y cuerdas, esas obras inmensas que están muy por encima de la humanidad y que cuando se pulsan —se oyen, quise decir— ponen al corazón del hombre sobre la mesa, a un lado del tequila con sangrita, limón y sal. Se acerca un guitarrista. Le pido una canción: “La bala perdida” que despliega a las de ya. Le doy una propina más jugosa que el limón. Es día del músico, le digo. Y se ríe. Se persigna con el billete.

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Viajo a Xapala a dar una charla en la Facultad de Música de la Universidad Veracruzana (me siento un intruso; yo, sin título ni nada que se le parezca, rodeado de músicos, musicólogos e investigadores). Hablo sobre el amor como leitmotiv a través de las cartas de algunos compositores. Comento entonces la correspondencia de Schumann, de Brahms, de Debussy, de Mendelssohn, de Silvestre Revueltas y de mi propio padre, don Higinio. En la noche, bebo unos tragos con maestros. Alguien —una mujer entusiasmada— me propone que escriba un libro con ese tema. ¿Escribir, yo? Yo no escribo, pergeño, le respondo, y doy por concluida la conversación.

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JohanesBrahms… y hablando de Brahms, escucho la transcripción para corno y piano de dos sonatas: la de mi bemol mayor Op. 120-2, original para clarinete (viola) y piano y la de mi menor Op. 38, original para chelo y piano. Interpretadas por el cornista Scott Brubaker (quien hizo la transcripción) y el pianista Ron Levy, se escuchan bien, pero nada agregan a las versiones que Brahms especificó. Más bien remiten en buena medida al trío para piano, corno y violín del mismo autor. Cuando un compositor tiene ganas de plagiar, hace una transcripción. Cuando un escritor se ve impelido por el arrebato del plagio, traduce.

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Escucho el Concierto para violín, piano y cuarteto de cuerdas de Ernest Chausson. Sin duda una de las obras cumbre de la música de cámara, transcurre en una suerte de intensidad elegante. Qué lejos esta música de los arrebatos a que tan afectos eran algunos románticos —falsamente herederos de Beethoven. Todo se sucede en su devenir como la noche misma: repetitiva e imprevisible. Si se pudiese acariciar con música, habría que tener esta obra a la mano.

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Tequila para olvidar el viernes. Mejor si es en compañía de la inescrutable soledad. Y de Mendelssohn. Porque este alemán tiene algo de levedad que te permite treparte en la montura de la música y recorrer regiones ignotas. Mendelssohn siempre es refrescante. Ligero. Vasto. Basta con escuchar su concierto para violín, su octeto para cuerdas, su obertura de Las Hébridas o sus sinfonías La italiana y La escocesa.

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edward-elgarEscucho música de Edward Elgar. Con mucho, uno de los más notables compositores ingleses. La música de Elgar rezuma cierto lirismo que emociona y conmueve y, más aún, en el que es posible identificar un apego a la tradición sin dejar de lado nuevos horizontes. Como si de pronto nos fuese dado, a través de él y en algunos matices deslizados sutilmente, un no muy lejano encuentro con aquel viejo romántico Johannes Brahms… y de paso con Dvořák. Porque este concierto preserva algo de los dos. CD infinitamente recomendable, contiene pues su célebre concierto para chelo y orquesta en mi menor op. 85 (tal vez una de sus obras más conocidas y uno de los conciertos fundamentales del siglo XX, además del más bello, sin duda alguna), además de una deliciosa suite denominada Nursery, que a más de un niño habrá de encantar, y su Chanson de matin op. 15-2. Con la Royal Philharmonic Orchestra dirigida por Yehudi Menuhin y Yoohong Lee al chelo, cualquier melómano corre el peligro de hacerse adicto a este disco. Un gran compositor el maestro Elgar, sin los aspavientos y experimentaciones a que son tan afectos los pusilánimes.

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Por cierto, los compositores ingleses no son muchos. A la inversa de lo que acontece con los escritores del imperio británico, los músicos se cuentan con los dedos de una mano. Alemania y Austria se yerguen en primer término como naciones productoras de la llamada buena música. Francia, España e Italia en segundo lugar.

 

 

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