Por Eusebio Ruvalcaba

borodinAlexander Borodin. Sin ti, la música de cuarteto no sería lo que es. Ese segundo movimiento, el Notturno, tiene un sitio de honor en la historia de la música. Ganado cuesta arriba, porque nunca tenías tiempo para componer. Quizá la inspiración te vino de las mujeres que encontrabas en tu camino y a las cuales no eras capaz de evadir. Pero qué admirarían en ti: ¿tu música, esa elocuencia sonora de las Danzas Polovetsianas, esa belleza primigenia de tu Segunda Sinfonía o, ya lo dije, esa caricia estética, hondamente humana, que es tu cuarteto en re mayor? O acaso no se sentían atraídas por la música sino por tu profesión científica. No cualquier compositor podía presumir de ser químico. Y no cualquier químico podía presumir de ser compositor. Tu Analogía entre el ácido arsénico y el ácido fosfórico llamó poderosamente la atención. Casi tanto como el Príncipe Igor, ópera que extraviaste un par de veces por el caos en el que vivías y que a los ojos de nadie ocultabas. Desde San Petersburgo te desplazabas a Praga, París, Viena, Londres, Berlín, a congresos en los que se escuchaba tu palabra y regresabas con la huella de una mujer impresa en tu frente. Que Ana Kalina Lodyzhensky, tu eterna esposa, simulaba no ver. Y que la decena de gatos que te rodeaban, lamía con fruición.

Maurice+Ravel+_Ravel. Por encima de todas las cosas amó a su madre. Vio en ella la cristalización de la música y el punto en el que convergen las artes. Su madre se merecía este amor. Inoculó en su hijo la pasión por la belleza, por los placeres mundanos, por el ejercicio del libre pensamiento. Lo mantuvo alejado de la iglesia y de cualquier precepto que sonase a yugo ―que son todos. Maurice Ravel se apropió de esos ideales e hizo suyos el de la perfección musical y acaso el desdén por el sentimentalismo ramplón, tan caro a los enanos de espíritu. La música es superficie ―acotaba―,  se escucha lo de arriba ―añadía. Y así hay que tomarla: separada de la profundidad. Se reía de los conflictos que marcaron a Beethoven. Bach, Mozart y Saint-Säens eran sus maestros. Avistó la muerte en plena madurez, cuando su música era el pan cotidiano. Sobrevinieron entonces el Bolero, la sonata para violín y contrabajo ―única en su género―, la sonata para violín y piano ―cuyo segundo movimiento, blues, abrevó de George Gershwin―, música empapada de vida y sufrimiento, aunque él lo negara. El más grande orquestador habido ―al lado de Berlioz―, murió de la enfermedad de Pick, luego de que le fue practicada una craneomanía. Despreció la Legión de Honor ―para mediocres, dijo― y el Prix de Rome ―para contrahechos, puntualizó, aunque se había cansado de pedirlo.

LuyandoCarlos Luyando. Como todos los percusionistas, se colocaba detrás de la orquesta. Dispuesto a  tocar los timbales cuando el director se lo indicara. Atento a aquella batuta como el torero atento a la embestida. Entonces su cuerpo se tensaba como el arco de cacería cuando está a punto que a lo lejos se ve trémulo y es de hierro. Levantaba la vista y todos los ahí presentes se quedaban  prendados de aquella cabeza: aleonada, blanca, hirsuta, de rostro moreno. Hasta el último de los escuchas anteveía que algo grande estaba a punto de suceder. Algo trascendente, que no pasaría de aquella noche. Como todo lo grande que significa la interpretación de la música ―y que en mucho recuerda a la fiesta brava. Siempre épica. Siempre fugaz. Por fin la mano se levantaba hasta una altura inconcebible y daba la orden. Era lo que todos estaban esperando. Al instante, los timbales se escuchaban en todo su esplendor. Retumbaban cual voz tonante. Semejaban el corazón de la orquesta. Semejaban el corazón de Beethoven. Y Carlos Luyando crecía como un gigante. En la sala de su casa tenía una fotografía de Stravinsky, el dios del ritmo, que decía: “To the maestro Luyando, with admiration”.

MussorgskyModest Mussorgsky. “¡Modinka! ¡Mordia! ¡Modest Petrovich!”, le gritó su madre cuando le abrió la puerta aquella mañana. Mussorgsky, el de brazos fuertes, la levantó por los aires y se dirigió al piano. Hacía mucho que el compositor ―a quien la policía zarista buscaba por deserción― no la visitaba. Había intentado guardar las formas. Pero su rostro reflejaba largas, interminables borracheras y si alguien se aproximaba vería en aquellas pupilas un soplo de fuego. Su madre lo adoraba igual y no había en toda Rusia nadie que osara burlarse de aquel genio. No delante de ella ―aunque su vida era escarnio: un hijo compositor y pianista ebrio, decía alguien por ahí, era incapaz de causar el impacto de un artista sobrio. Aquel día tocó el piano por horas. Cuando la noche sobrevino ―bajo la inclemente nevada invernal―, la madre lo buscó. Mussorgsky había desaparecido. Se había marchado en la carreta de la hacienda. En San Petersburgo lo esperaba una mujer de nombre Annia y de apellido Manfred. Soprano, arpista y prostituta. La más grande arpista del siglo, decía él. Pero no lo estaba esperando. Se había ido. Como se va el sol cuando las nieves se avistan. Modinka la siguió buscando hasta que apareció en el Neva. Se había arrojado al río que cantaran los poetas. El solo recuerdo le producía un dolor en el estómago que ni el vodka aliviaba. Ni la muerte misma.

kochelLudwig Alois Ferdinand von Koechel. La botánica y la mineralogía te atrajeron en la misma medida que la pedagogía y la historia y la teoría de la música. Pero la vida había forjado otro  destino para ti. Puso a Mozart en tu camino. No es casual que hayas nacido en 1827, el año en que murió Beethoven. Retomaste la luz mozartiana y clasificaste su obra ―Koechel tras Koechel―  como un niño clasifica sus canicas. Dicen que la tarea te llevó los mejores años de tu vida y que en el lecho de muerte una sola palabra venía a tus labios: “Mozart”. Te ganaste el paraíso, ya no hay modo de separarte de Mozart. “Qué hermoso es el Koechel 622”, dicen algunos, en vez de decir: “Qué hermoso es el concierto para clarinete de Mozart”.

JohannesBrahmsBrahms. “Tío Bahms”, le decían los niños. Los niños a los que él les regalaba caramelos cuando  los veía parados ante una confitería. En la cabeza no traía notas, traía ideas. Por eso su mano temblaba cuando escribía música. Entonces desfilaban delante de sí aquellos acordes de su padre al tocar el chelo, aquellos acordes del teclado en el burdel donde él mismo tocara para divertir a la concurrencia (un modo muy musical de ganarse la vida, diría.) “Doktor Brahms”, escuchaba decir su nombre y acaso parecía que no le hablaban a él. La sola pronunciación de su nombre lo conmocionaba. Como cuando leía y releía aquella carta de Beethoven que le obsequió la Sociedad de Amigos de la Música de Viena. A él, que ―se repetía hasta astillarse el espíritu― nada había hecho para merecerla. Ni la carta ni la música.

 

 

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