ella-fitzgeraldPor David Cortés

En una serie de televisión, una pareja tiene una cita a ciegas en el Hollywood Bowl. Quien ha arreglado el encuentro sabe la música que escucharán, pero la pareja no. Para que les sirvan vino necesitan una identificación y él no la trae consigo; al ir a buscarla, el joven dice a su acompañante: “Podemos regresar… o quedarnos, beber vino y escuchar música con palabras”.

La anécdota viene a cuento porque recientemente, en diversas ocasiones, quien esto escribe ha ido a escuchar jazz, jazz con palabras. Aunque no es la norma —jamás ha pensado en composiciones de Ornette Coleman, Anthony Braxton, Evan Parker, Charles Mingus, Derek Bailey y otros con palabras—, no es infrecuente encontrarse con cantantes en el jazz. Bessie Smith, Ella Fitzgerald lo hicieron; hoy los nombres de Patricia Barber, Diana Krall, Norah Jones,  Kurt Elling, Michael Buble, Magos Herrera, Iraida Noriega o Guadalupe Pineda (¿¿??¡¡!!) vienen a la memoria al pensar en intérpretes del jazz.

Es aquí donde surge lo extraño, donde la pieza faltante de un rompecabezas empieza a ejercer presión.  La tradición jazzística ha visto el nacimiento de los standards, temas muy conocidos de un cancionero que pasan a formar parte del repertorio de los jazzistas. En este cajón podemos colocar canciones como “Summertime”, “My Funny Valentine” y “Bésame mucho” que paulatinamente se han convertido en clásicos y hoy forman parte de un amplio songbook.

¿Qué pasa cuando  temas del cancionero popular autóctono (“La mentira”, “Te extraño”, “Cómo fue” o “Adoro”) se vuelven jazz? ¿Incluir una sección de alientos convierte automáticamente a cualquier composición en una pieza de jazz? ¿Es “Granada”, interpretada con orquesta, un tema de jazz? Escucho algunos temas de jazz, con palabras, y me resulta inevitable sentirlos más cercanos al soul o al blues; cuando escucho jazz, con palabras, hecho en México, me suena más a balada o canción convencional.

El problema tiene parte de su raíz en lo que los mismos músicos entienden por jazz, con palabras. Que a un tema como “Angelitos negros” se le añada un poco de síncopa, lo acerca al jazz, pero no lo vuelve jazz. En medio de esta perogrullada, el principal perjudicado es el público. La mayoría cree fehacientemente en que lo escuchado, o por lo menos lo así presentado, es jazz y entonces, temas de un cancionero, de pronto, por designio, pasan a los territorios del swing y la síncopa. De allí se deriva un estancamiento, la vida en una mentira, pues unos, al aprovecharse de su jerarquía como músicos, hacen creer a un público, repito, una mayoría solamente, que lo escuchado es jazz, cuando en realidad se antoja más definirlo como una balada con algo de síncopa. En realidad, la cantidad de jazz es mínima, tan pequeña que recuerda a la pirita, ese material perlado de brillos que enceguece y encandila y que por otro nombre lleva el de el oro de los tontos.