THE-MONSTER-BALL-TOURPor Rocío Núñez y Arturo Palacios

La única diferencia entre una película de culto y el concierto que ofreció Lady Gaga el pasado 6 de mayo en un Foro Sol abarrotado es que ese género cinematográfico -no reconocido oficialmente como tal- hace referencia a una construcción del tipo de relación que la audiencia establece con la cinta con el paso del tiempo. En este sentido, las películas de culto no alcanzan el éxito cuando se estrenan sino años después, lo que asegura que el éxito será continuado.

Sin embargo, a tan sólo tres años de lanzar su primer álbum, Gaga ha superado las expectativas de muchos y las idealizaciones de otros, al invitarnos a desdoblar nuestra realidad para mostrarnos y respetarnos tal y como somos, en un viaje estilo motivacional de éxtasis comunal. La intérprete caracteriza su espectáculo con temas inusuales y establece vínculos estrechos con el público; ha roto paradigmas y replanteado la forma en que la música es percibida hoy día, lo que da como resultado una experiencia muy poco ordinaria.

Esta experiencia dio inicio a las nueve y media de la noche, con la canción “Dance in the Dark”, cuarenta y cinco minutos después de que el grupo Semi Precious Weapons actuara como telonero. Lady Gaga apareció -tras elevarse una pantalla de proyección gigante que cubría todo el escenario- rodeada por letreros de luz neón y varias estructuras que conformarían la base de la escenografía del concierto, la cual iba adaptándose según la expresión y narrativa de cada canción.

Desde el inicio, Gaga proyectó una gran energía, la cual logró contagiar rápidamente a los más de cincuenta mil espectadores que asistieron al Foro Sol para presenciar el espectáculo. Con numerosos cambios de vestuario y escenografía -ambos extravagantes-, aunados a coreografías grupales complejas y espectaculares, transcurrieron dos horas de un concierto para recordar.

Entre canciones, la nueva diva del pop aprovechó para impulsar el discurso que la ha caracterizado desde el inicio de su carrera: la auto aceptación y la autenticidad de cada persona. Muy convincente por momentos, algo forzada y escandalosa en otros, pero transmitió de forma efectiva su mensaje al público, el cual no se cansó de interactuar con ella, saltar y cantar durante todo el evento.

Resultó una grata sorpresa la capacidad vocal de la artista, así como su faceta de pianista en canciones como “Born This Way” en su adaptación acústica. Más tarde, volvería a interpretar esta canción en su versión original en el segundo encore, tras haber cantado todos sus grandes éxitos – “Just Dance”, “Telephone”, “Alejandro”, “Poker Face”, “Paparazzi”, “Bad Romance”. Ideal hubiera sido que terminara el concierto después de dicha sucesión de canciones, dejando al público en completo éxtasis. Sin embargo, Gaga cerró con “Judas”, su nuevo sencillo, el cual no conectó a la gente -que ya había empezado a abandonar el lugar- y transcurrió sin pena ni gloria. No obstante, la norteamericana dejó completamente satisfechos a todos los asistentes, quienes entonaban sus canciones rumbo a la salida.

¿Podrían entonces considerarse las presentaciones de esta multifacética cantante ya como un culto? Sólo el tiempo y su habilidad para mantenerse vigente determinarán si sus puestas en escena dejarán huella como conciertos de culto o no. Lo que sí es un hecho es que la respuesta del público suele ser poderosa: una multitud de devotos y aficionados que gritan enloquecidos “¡Ga-ga!” es prueba de que ha marcado una nueva etapa en la música y ha mostrado el por qué se le considera como una estrella de la escena pop.