liszt_fPor Eusebio Ruvalcaba

Franz Liszt. Concilió a las mujeres con la música. Hasta cierto punto. Porque las mujeres lo hacían sufrir y la música le reclamaba el abandono. Nadie como él tuvo tanto. Todo lo que aflige al corazón de un hombre fue suyo a manos llenas. Por su genialidad demoniaca al piano. Por su carisma, las mujeres lo idolatraban y urdían el modo de aproximarse. Por su fulgurante belleza, las mujeres lo enaltecían y se disputaban su mirada. Esa mirada suya de húngaro/gitano. Cuando tocaba el piano, aun las cosas más nimias tornábanse de oro macizo. Era Franz Liszt quien tocaba, el más grande pianista de todos los tiempos. Finalmente, las mujeres se apropiaron de su mente y de su corazón. Liszt les entregó todo. El tiempo rescatará sus poemas sinfónicos. Su sonata en si bemol mayor permanecerá como reina absoluta, por encima de todas sus mujeres. Las que lo comprendieron y las que no. Por los siglos de los siglos. En cuanto a su música sacra, aún es demasiado pronto. Ten cuidado con las mujeres, le advirtió su padre en el lecho de muerte.
dvorak_3Antonin Dvořák. Apenas le avisaron de la agonía de su cuñada Josefina, corrió desde Nueva York a Praga. Pero llegó tarde. Ya estaba muerta. Esa mujer le había robado el corazón en su juventud y ante la negativa de ella para matrimoniarse le compuso Los Cipreses, ciclo de canciones de amor que la joven llegó a cantar y que más tarde integrarían el célebre cuarteto de cuerdas al que tan apegado estuvo él. Los temas no venían con fluidez a la boca de Dvořák. Más bien salían trágicamente, a tirabuzones. ¿De qué podía hablar el hijo de un carnicero ante quien público y crítica neoyorkinos clamaron como el más grande músico vivo después de Brahms? ¿Un carnicero que en las paredes de su negocio pegaba los recortes que hablaban de su hijo? En Estados Unidos se apropió del alma negra. Que vació en su Sinfonía del Nuevo Mundo y en su Cuarteto Americano y que escurre vida como sudor el rostro de aquellos negros de los campos de algodón bajo el implacable sol. Director del Conservatorio de Nueva York, intentó vivir en esta ciudad. Con todo y familia. Le pagaban veinticinco veces más que en su natal Praga. Pero no pudo. La nostalgia por el origen checo lo devolvió a su país luego de tres años. Regresó canoso y en sus labios con un beso que depositó en el suelo de su patria. Ningún otro como él sufrió la discriminación de los imperios. Ni siquiera le permitían expresarse en checo. Cosa que no lo arredró. Lo suyo era la rebeldía. Su concierto para violonchelo protege su tumba y acaricia a quien se acerque. Cada ocho de septiembre, los niños le llevan flores. En caravanas que se pierden en lontananza.
paganini1Niccolo Paganini. Los jóvenes violinistas sueñan con superarlo ―la bienvenida insolencia de la juventud―, los viejos se conforman con cerrar los ojos cuando avistan la noche de los tiempos. Cuando se camina por las calles donde alguna vez se vio pasear a su desproporcionado cuerpo, se escuchan remotos aplausos venidos de palmas que aún no salen del asombro. Cualquiera puede comprobarlo si se concentra en sus caminatas por Viena o París. Aplausos que no cesarán mientras la música exista. Pero el más asombrado era él. Luego de tocar, se miraba las manos presa de una duda terrible: ¿era él quien tocaba o era Dios? ¿Era él quien tocaba o era el demonio? No tenía la respuesta, pero sí la angustia. Y buscaba la resolución del enigma. Como un gambusino la veta en el corazón de la montaña. Como un extraviado marino portugués la tierra firme. ¿Cómo le había hecho? ¿De dónde había surgido esa monstruosa facilidad? La época lo señalaba como un ser divino. O apestado para otros. Había quien prefería ignorarlo. Dejó sus Caprichos como una vereda imposible de caminarse sin la equivocación a flor de piel. Ni siquiera se les puede oír sin que sobrevenga el malestar de estar oyendo una música que conduce a ninguna parte. Así de grande es el prodigio. Paganini es el enlace entre hombres de buen corazón. Porque el buen corazón no tiene explicación posible.