the-red-button-cd-300Por Luis Reséndiz

Usualmente nos venden las supuestas obras maestras empaquetadas en celofán brillante, con cubiertas de cartón y uno o dos discos llenos de extras. Con bookletes enormes y desplegables, coloridos e impresos en papel couché. Más no siempre debe ser así.
The Red Button es una banda californiana. Aunque no precisamente una banda. Sería más adecuado denominarla como un proyecto. Mike Ruekberg, músico originalmente radicado en Minneapolis, posteriormente en Los Angeles y prácticamente un desconocido de la escena mainstream, y Seth Swirsky, más conocido por su infinita colección de cartas de beisbol que por su presencia musical (aunque cuenta entre sus méritos haberle escrito temas a Al Green, Tina Turner o Rufus Wainwright), formaron este pequeño proyecto cuasi casero, para homenajear a esas canciones pop que han formado a más de uno. Así, al unir sus más que probadas aunque discretas capacidades musicales, dieron origen a El Botón Rojo.
Entonces, un par de cuates con tiempo libre, talento e imaginación forma una banda. Las ideas fluyen y las canciones se escriben; por tanto, el paso lógico es grabar un álbum. Allí es donde entramos nosotros a agradecerles su presencia: la banda edita en 2007 su primer y único disco hasta la fecha: She’s About to Cross My Mind.
No se trata de un disco cualquiera. Es cierto: está lejos de los charts de Pitchforkmedia o de NME, pero ni falta que le hace. Es un álbum discreto que apenas mereció en su momento una mención en Billboard (nombraron a “Cruel Girl” la canción garage de la semana y punto) pero que es una de las mejores grabaciones que nos dejó la década pasada.


Situado en una línea temporal en la que se inserta donde se quiera a The Monkees, The Turtles, The Beatles, The Beach Boys, The Hollies y The Zombies (la realeza del pop británico/norteamericano sesentero, pues), el primer y único disco de esta banda es un legado musical que los aficionados al pop clásico agradecerán con lágrimas en los ojos. Un compilado delicado y elegante en el cual se conjugan a partes iguales temas enérgicos como “Cruel Girl” (que pudo haber sido firmada en cualquier momento por la dupla Lennon/McCartney), un tema de desamor con todo el aliento del swinging London trasladado al siglo veintiuno, himno popero que haría las delicias de cualquier chica ye-yé altiva, o “She’s Going Down”, hermosa balada que a partes iguales toma lo mejor de Badfinger con la sensibilidad más Brian Wilson, todo esto bajo el filtro de unas armonías vocales que en cualquier momento pudieron haber grabado The Byrds. Así, con más y más temas de perfección popera, como el inigualable y genial “I Could Get Used to You”, auténtica oda resucitadora del George Harrison más brillante (delay de guitarra incluido, imaginen el detalle), coros “sha la la” que parecerían grabados por el cuarteto de Liverpool, un bajeo totalmente McCartney y actitud de corte canasta y Yeah! Yeah! Yeah!
Canciones espumeantes y repletas de espontaneidad y buen humor, de destreza musical y enorme respeto hacia los maestros en quienes se inspiran, no es esta una obra que se podría calificar como retro. Suenan a 1966, es verdad, pero es un 1966 actual, no anquilosado o viejo: estamos ante un homenaje, no un pastiche. No es este un Frankenstein musical que vaya por allí mientras se cae a pedazos, sino una obra sólida y genial, sembrada de buen gusto y finos arreglos, de una nostalgia que sabe a dulce.
Fieles hijos del pop beatle y del llamado sonido Rickenbacker, aderezados con toques de sunshine pop californiano y su consabida andanada de discreto garage norteamericano, los Red Button crearon una obra esencial para la comprensión y el disfrute de la Invasión Inglesa y su legado. Un disco sólido, honesto, emotivo y genial, una grabación para cualquier amante del buen pop británico y en general, de la buena música. Así que no pierdan tiempo: cuélguense su bajo de violín, sacudan su fleco con una cálida sonrisa y presionen el botón rojo de esta máquina del tiempo que los trasladará a 1964, dispuestos a tocar un poco de buen pop despreocupado ante una multitud enardecida de london boys de melenas despeinadas y cruel girls de vestidos floreados.