SchoenbergPor Eusebio Ruvalcaba

No es fácil decidirse entre el Cuarteto en sol mayor para piano y cuerdas de Brahms, en su versión original, o bien la orquestación que Schoenberg llevó a cabo.
Nadie hubiera supuesto que el austriaco Arnold Schoenberg (1874-1951), el creador de la música dodecafónica, el compositor revolucionario por antonomasia, habría de interesarse por orquestar una de las obras más célebres de Johannes Brahms (1833-1897), a quien se considera el príncipe del conservadurismo musical.

Pocas veces un juicio equivocado ha logrado sobrevivir como verdadero lo largo del tiempo histórico. Equivocado, porque a Brahms le tocó jugar un papel delicado en la música de su época. De un lado, su romanticismo de enorme finura y delicadeza, más su defensa recalcitrante de las formas emanadas de Robert Schumann, le ganaron el epíteto de defensor a ultranza de la música más conservadora. Del otro, crítica y público lo nombraron la encarnación de la línea más dura de la música (no en balde se le decía una de las tres B, al lado de Bach y Beethoven); así que ante la acometida furiosa de Wagner y sus allegados (Liszt y Bruckner), el público se apoyó en Brahms como el depositario de la tradición.
Todo esto para destacar la visión nobilísima de Schoenberg, quien fue más allá de estos prejuicios y se ocupó de estudiar a Brahms a fondo, hasta hacer de él un símbolo del progreso musical ―incluso escribió una obra breve pero fundamental en la historia de la música: Brahms progresista.

Ya con este conocimiento, Schoenberg se dio a la tarea de orquestar el Cuarteto número 1 en sol menor Op. 25. Hay que empezar por insistir en que se trata de una de las obras de cámara de Brahms más encumbradas ―y esto no es decir mucho, dada la proverbial belleza de la música de cámara del autor del Réquiem alemán. Schoenberg hizo toda una recreación del opus 25. Originalmente compuesto para piano, violín, viola y chelo, la orquesta es desbordante en su paleta sonora. Rebasa cualquier pronóstico, al punto de que cuando se le escucha, se está ante una obra nueva y vigorosa. Schoenberg apuntaba varias razones para haber realizado esta orquestación: “1) Me gusta la pieza. 2) Se interpreta pocas veces. 3) Siempre está muy mal interpretada, porque cuanto mejor es el pianista, más fuerte toca y las cuerdas no se escuchan”.

Sea como fuere, hay abundantes versiones de ambas dotaciones; no para finalmente quedarse con una y excluir a la otra, sino para escuchar ambas y apreciar lo que cada una tiene de bello en su intimidad (la de cámara) o en su exaltación y bondad orquestal.