antony_livePor Sergio Monsalvo C.

Amsterdam, Holanda. Acercarse al río Amstel, de la capital holandesa, siempre es excitante: por sus puentes de diversas estructuras y antigüedades, por su tranquilo fluir, por la arquitectura dieciochesca que lo rodea o por los edificios emblemáticos que lo escoltan, desde el Hotel Amstel hasta el de la Ópera. Sin embargo, hoy es mucho mayor esa sensación. Así se percibe en los pasajeros que se bajan del tram 7 en la parada correspondiente y se dirigen hacia el Theater Carré, en el número 115 de la ribera del río.
  Caminan con cierta premura ante lo que suponen les espera. Los boletos para ver y escuchar a Antony and The Johnsons comenzaron a venderse hace tres meses y se agotaron enseguida. Desde entonces, la reventa ha ido incrementando el costo. En la entrada del teatro hay personas con carteles para solicitar algún ticket, dispuestas a pagar hasta trescientos euros y sin la mínima esperanza. El resto de los convocados sostiene al unísono cierta sonrisa complaciente en el rostro, sin tomarlas en cuenta.
  La convocatoria es heterogénea: desde la elegante pareja de ancianos a la que el chofer del taxi depositó en la justa entrada, hasta los gays más trendy que se pueda uno imaginar, pasando por duplas mixtas de la más variada índole étnica, el grupo de amigos veinteañeros, treintañeros y más arriba o las familias que llegaron en bicicleta con sus hijos. El rumor de sus expectativas aviva el ambiente, le proporciona la mística al acto por venir.
  A las ocho y media de la noche en punto, bajan las luces y los murmullos se apagan. De la penumbra en el escenario surgen las notas de las cuerdas puestas desde ese momento al servicio de las emociones. Todo un menú de ellas. El tiempo ha dejado de contar. El crescendo de la pieza “Her Eyes Are Underneath the Ground” difumina las sombras y deja intuir la presencia de Antony Hegarty tras una levísima cortina. La cual irá subiendo lentamente conforme surjan las palabras de su garganta.
  La iluminación, tan minimal como la música, inicia su papel protagónico, baña al intérprete en vertical y no habrá más, sólo matíces de la misma, con sus aumentos y disminuciones paulatinas en una alegoría del concierto en sí. El cantante viste una túnica blanca que lo hace parecerse a una sílfide que se lamenta, perdida en la más solitaria de las noches. Nadie repara en su corpulencia, en su casi uno noventa de estatura. Un tributo a los recursos escénicos de este ilusionista emocional.
  Para la ocasión, ha escogido el más adecuado acompañamiento para semejante recinto, a la Metropole Orkest holandesa, de largo pedigrí. Los arreglos para sus cuerdas y las de los Johnsons acarician la piel de las piezas lo justo para erizarles el vello. Son casi un elemento natural, tan natural como el material que ha compuesto Antony para su disco The Crying Light. Un intento por atesorar al mundo que lo rodea, a base de cantos y de sueños, de sueños como cantos y viceversa.
  Porque un tipo como él, un ser extraño, sólo puede expresarse así, con la fragilidad que una voz excepcional y la música desprenden. Una delicada fragilidad que lo cubre todo, con la intimidad de un espacio ingrávido en cuyo centro están esas tonalidades vocales que deslumbran y conmueven; que acarician de manera pausada a un público que ha estado casi contrito, aplaudiendo sí, pero cuidando que el silencio -tangible cuando se escuchan las canciones o en el espacio entre ellas- sea la mayor muestra de admiración hacia un artista de sensibilidad abrumadora. Uno que, como dice en “Another World”, necesita otro lugar, otro mundo, porque sabe afligido que éste casi se acaba.

 

 

Un comentario en “Antony and the Johnsons, un concierto

  1. 300 euros madres de dios!!! yo soy fan, pero no pagaría tanto! bueno mi economía no me lo permite je! espero poder algun dia ver en vivo a Toñita y sus Juanes en alguna parte del mundo!