febrero 26, 2013

La composición, ¿cosa de hombres?

Por Eusebio Ruvalcaba

 Como en la literatura, también en la música la figura del padre es toral. Escucho Elegía, obra para orquesta de Armando Luna Ponce. Escrita, en efecto, como un canto fúnebre a la memoria de su padre, esta obra, de suyo ecléctica en lo formal, pero dotada de una tristeza descarnada que se filtra entre los pentagramas, lleva al escucha por un cúmulo de sensaciones. Porque de pronto parecen identificarse en la orquesta murmullos de un viento lejano y agreste y de pronto los alientos y las percusiones nos retrotraen una ráfaga de sonidos conciliatorios. Pero más allá de la literatura —inequívocamente barata—, Elegía vale porque estremece y conmueve. La interpretación, a cargo de la Filarmónica de la Ciudad de México conducida por Eduardo Diazmuñoz, es de verdad afortunada. Este director se adentró en la idea y el corazón de Armando Luna Ponce.

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Solía reunirme con mi amigo, el violinista Enrique González Phillips, a escuchar Schumann. Nada más que Schumann. Pasaban por nuestros oídos su trepidante Quinteto para piano y cuerdas y, pero cómo no, su furioso Cuarteto para piano y cuerdas. Más su Segunda sinfonía y sus Conciertos para piano y para chelo —de historia tan desgarradora y desgarrada este último. Y nos preguntábamos qué diablos traía este hombre en la cabeza que sus obras concilian con la vida por el lado más devastador, que es el de la tragedia.

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La soberbia, entre otras cosas, le impidió a Goethe valorar a Beethoven en todas sus dimensiones. Ni aun después de muerto Beethoven, Goethe hablaba de él; ni permitía que nadie lo hiciera, cuando menos en su casa. Detestaba las maneras bruscas del músico genial, así como su falta de diplomacia. Bettina Brentano fracasó en su intento de unirlos. Amante de ambos, enaltecía la figura de Beethoven ante Goethe, favorito de la corte —Beethoven, en cambio, había admirado a Goethe toda su vida. ¿Soberbia o envidia?

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Se me olvida mi nombre, pero no el de Paganini: Niccolo. No hay virtuoso que haya despertado más admiración y desconcierto. Era tal su carácter violinístico y pasmoso dominio técnico, que la gente solía espiarlo mientras ensayaba. No había modo de explicarse esa genialidad, si no era porque había establecido un trato con el demonio. Yo lo evoco y brindo por él.

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Ni hablar que la composición no ha sido campo fértil para las mujeres. Por razones históricas de gravedad, el peso de la creación musical, en lo que se refiere al arte de componer, le ha correspondido al varón. Se cuentan con los dedos de una mano las mujeres compositoras cuya obra es conocida y comentada. En México las cosas siguen idéntico derrotero. Aunque ha cristalizado el trabajo de diversas autoras, sigue marchando a la zaga la producción musical firmada por mujeres. Por supuesto que hay nombres que vienen a la mente  —cómo no tener presente a Guadalupe Olmedo, a quien el cuarteto Carlos Chávez se encargó de dar a conocer, o a Emiliana de Zubeldía, que aunque no nació en este país hizo aquí abundante obra, sobre todo en Sonora; y, en nuestros días, a riesgo de pasar por alto un nombre igualmente valioso, habrá que mencionar a Gabriela Ortiz, Graciela Agudelo, Hilda Paredes, Ana Lara, Marcela Rodríguez… De ahí que sea doblemente bienvenido el disco dedicado a Rosa Guraieb Kuri, compositora oaxaqueña nacida en 1931. Intitulado Otoño, el CD comprende diversas piezas que van desde obras para piano hasta canciones, pasando por una obra para flauta sola y una sonata para violín y piano. Lo que queda muy claro en esta música es la versatilidad de la autora por encontrar su voz. Incapaz de encajonarse en un solo estilo, su trabajo recorre diversos caminos con tal de expresarse cabalmente. Mientras que Xóchitl Rovirosa tuvo a su cargo la producción musical del disco, los intérpretes son Lourdes Ambriz, soprano; Vincent Touzet, flauta; Mitzuko Tempaku, violín, y Duane Cochran, piano. Sin duda, la obra de Rosa Guraieb Kuri pone a prueba la musicalidad de los intérpretes; aunque el punto de interés no radique en la emoción que acaso provoque, sino en la experimentación.

febrero 12, 2013

El retorno de My Bloody Valentine

Por Hugo García Michel

La música de My Bloody Valentine tiene una cualidad neblinosa, humeante, borrosa. Es como si cada elemento instrumental se fundiera en una sola masa amorfa e informe, inasible, confusa; como si todo flotara y se moviera y las estructuras variasen tanto que ritmos, armonías y melodías tuvieran dificultades para encontrar su sitio… y, sin embargo, lo encuentran.

¿En cuál género inscribir a esta legendaria agrupación originaria de Dublin, Irlanda, donde dio sus primeros pasos en 1984? Difícil determinarlo, así de inclasificable es su sonido. Podemos decir que tiene elementos del noise rock y que entre sus influencias por ese lado estarían The Velvet Undergound, Sonic Youth y The Jesus and Mary Chain. No obstante, su noise se entremezcla con un dream pop à la Cocteau Twins, al tiempo que toma rasgos del shoegaze y del art-rock. En una palabra, tratar de definir a la música de My Bloody Valentine es tan difícil como inútil: prácticamente un imposible.

El cuarteto encabezado por Kevin Shields grabó tan sólo tres discos entre 1985 y 1991, lo cual abonó para convertirlo en leyenda. Su álbum Loveless es un clásico del rock de todos los tiempos y parecía que después de una obra de semejante envergadura, la disolución del grupo había sido una medida sabia.

Sin embargo, 22 años más tarde, Mi sangrienta Valentina ha regresado y lo hace con un nuevo larga duración, una joya etérea y de enorme belleza que poco le pide a Loveless y que sorprende por su frescura (aunque la neblina musical sigue ahí).

m b v es el título de este disco, aparecido apenas hace diez días. Se trata de una obra espléndida. La agrupación no se reinventa ni trata de sorprender (ya bastante sorpresa es su intempestivo retorno). Las nueve canciones que conforman el álbum son típicamente valentineanas. Elegante, hechizante, intoxicante, m b v es como un viaje por atmósferas calmas y sensuales, un plato repleto de delicias (como “she found now”, “is this and yes”, “new you”, “in another way” o “wonder 2”: sí todos los títulos, incluido el del propio disco, van con letras minúsculas).

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Hay retornos que decepcionan. El de My Bloody Valentine, por fortuna, está muy lejos de hacerlo. Un álbum mayúsculo… a pesar de sus minúsculas.

febrero 10, 2013

Deformaciones sonoras

Por David Cortés

Sus caminos se cruzaron hace una década y ambos reconocieron en ese encuentro una vocación por lo inusual. Andrés de Robina es baterista, pero lo suyo es la composición, la música electroacústica, el trabajo con las fuentes sonoras: alargarlas, deformarlas, crear algo nuevo a partir de lo ya existente. Marcos Miranda toca alientos (saxofones, clarinetes, ney), kalimba, salterio y juguetes, muchos juguetes, y fundó Sociedad Acústica de Capital Variable, entidad que cultiva el free jazz, la improvisación y la experimentación.

En 2002, De Robina se integró como baterista al grupo liderado por Miranda. Allí, en medio de un aluvión de ideas, ambos planearon un trabajo que en el papel se leía como “una producción que combinaría la improvisación multiinstrumentista de Miranda, con la edición y procesamientos electroacústicos por parte de De Robina”. La obra comenzó su gestación en 2007 y se concretó en 2012, bajo el título de Miranda según De Robina (Cero Records).

Dividido en Lado A (“Improvisación, experimentación y electroacústica”) y B (“Intervención acústica polifónica”), el disco explora, en palabras de De Robina, “la habilidad de improvisación de Miranda, mediante la grabación de una gran cantidad de extensos solos, con las mías para seleccionar, editar, procesar y combinar el material”. El disco se construyó a partir de improvisaciones en solitario de Marcos Miranda, de éste con Alejandro Cayetano (didjeridoo, arpa de boca, botellas de plástico, flauta transversa, etcétera), de Miranda y De Robina y, finalmente, de los tres.

Miranda es un improvisador nato, un músico a quien no le gustan las contenciones o las resoluciones fáciles; en su sonido, porque lo ha depurado con los años, está esa vocación por lo inusual, por extraer de los alientos nuevos sonidos. Pero una vez puestos esos sonidos, esas improvisaciones en las manos de De Robina, esas sonoridades que ya eran desafiantes se vuelven irreconocibles, merced a los tratamientos recibidos: “Utilicé improvisaciones íntegras sin editar, tramos pequeños reordenados y/o cortados, así como material de las improvisaciones procesado y manipulado por computadora.”

En Miranda según De Robina, las flautas pierden su sonido primigenio, se enmascaran por los procesos electroacústicos (“Vuelo y canto”); la unión del salterio y botellas de plástico (“Burbujas de metal”) suena a agua que hierve, moléculas de metal que amenazan con reventar, fragmentos de hierro que se imantan, chocan y crean una atmósfera espacial. En ocasiones (“Recorrido”), atisbamos flashazos de algo que en su origen fue jazz, pero que trastocado en su curso se convierte en abstracción, en sonido disonante, perturbador. Ocasionalmente, el tratamiento alquímico de De Robina, permite advertir el origen, la sustancia, como en “Plegaria”, probablemente uno de los cortes cuyo exotismo sonoro nos permitiría ligarlo a una geografía específica.

El lado B se construye con las mismas improvisaciones, pero con un tratamiento diferente. Dice De Robina: “A través de la superposición de hasta 16 improvisaciones simultáneas y sin el uso de la electroacústica, se crean atmósferas sobrecargadas de información, en las cuales se intenta establecer un peculiar sentido de coherencia dentro de la saturación y el caos”.

Porque sí, la primera impresión es la del caos; sin embargo, en medio de esa batahola de sonidos, en ese juego de superposición, De Robina ha creado una especie de gran orquesta en la que se suscitan diálogos, conversaciones, en momentos ambas configuraciones a la vez (“2do avasallamiento”), pero jamás se llega a perder el hilo. Porque una cosa que llama la atención de este intrincado tejido sonoro entregado por la dupla es su capacidad para mantener un orden en medio de esa aparente confusión.

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Si, habrá oídos que se sentirán vejados por esta cauda de sonidos-ruidos que se antoja amorfa, incoherente, sin melodía alguna; no obstante, quienes saben de la trayectoria de este par de músicos no podían esperar menos. Ambos, forjados en las veredas sonoras más inquietantes, lo único que han hecho ha sido abrir la verja a la imaginación y ésta, libre,  ha hecho de las suyas.

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