marzo 28, 2012

Troker: Pueblo de brujos

Por David Cortés

Detrás de la historia oficial se encuentra el verdadero principio. Samo (bajo) y Frankie Mares (batería) formaron  en el despunte del presente siglo a Eva Malva, banda con poca fortuna comercial pero abundante potencial artístico, cuyo legado se redujo a un álbum titulado Blue Paradiso (MW Records, 2004).

Paulatinamente, los intereses de estos dos empezaron a derivar hacia la improvisación y fue entonces cuando Cristián Jiménez (teclados), Dj Rayo (tornamesas) y Arturo “Tiburón” Santillanes (saxos y clarinete) se les unieron para terminar de dar forma a una nueva agrupación de nombre Troker, cuyo debut se dio con Jazz vinil (Intolerancia, 2007).

Tiempo después de grabado el disco, se agregó Gil Cervantes (trompeta). Comienza la historia oficial y un proceso de consolidar al grupo en el que, entre otras cosas, fungieron como teloneros de Medeski, Martin & Wood y Sex Mob. Hay en ese Jazz vinil todo un paquete de la seducción y un contexto idóneo para su crecimiento: una banda deseosa de explorar los vericuetos del jazz en su vena de fusión y una escena ávida de exponentes que vinieran a cortar el  letargo en el cual estaba sumida.

Sin embargo, el proceso de crecimiento, al menos en la música, se produce en El rey del camino (2010), testimonio de una banda ya amarrada, mejor  interrelacionada y que invitó a varios músicos  (la guitarra de Omar Rodríguez-López, los saxofones de Adrián Terrazas González y la voz de Pato Machete) para agregar un poco de color en algunos cortes. Jazz vinil es crudo, tal vez porque en su mayoría se creó en el estudio y en él se escucha algo de indefinición; pero El rey del camino es febril,  pesado, decantado hacia el rock y más visual.

Para Gil Cervantes, “la música instrumental y más la de Troker que es tan colorística, ya es muy visual. Puedes cerrar los ojos, poner cualquier disco de nosotros y vas a ver, a imaginar algo”. Esa vocación por crear imágenes con la música encontró un caudal adecuado para su salida cuando el año pasado la banda musicalizó la película El automóvil gris, de Enrique Rosas (http://www.bitacoradelauditorio.com/search/label/Troker)  y crearon un soundtrack no sólo funcional, sino que dio a esas imágenes en blanco y negro un color que ya traían implícitas, pero que el tiempo les impidió desplegar.

Ese caudal, imposible de contener hasta el momento, tiene en el EP Pueblo de brujos (Intolerancia, 2012) su continuación.  Dice el trompetista: “En medio de tanta actividad que hemos tenido, no había tiempo para grabar un disco completo, por eso creamos un EP que en realidad es sólo un tema y que está basado en el poblado de Cherán; es nuestra interpretación de lo mexicano”.

Fiel a ese principio de crear imágenes, de estructurar una narración visual con la música, Pueblo de Brujos es una aventura. Su inicio es agorero, insinúa una presencia, una atmósfera sombría, habla de un viaje tortuoso que la trompeta se encarga de anunciar y cuyo desenlace es intempestivo cuando el sax, con un gruñido, abre el plano y nos introduce en una vorágine que sí, es cierto, tiene tufo y sonido a jazz, pero que también se recarga y se impregna con rasgos de aquello que se denominó rock en oposición, un deslizamiento realizado sobre una alfombra tendida por el teclado. El segundo “movimiento” es decididamente roquero y es guiado por un solo de teclado que desemboca en una pared de los alientos que serán los que nos conducirán a la siguiente etapa, ahora bajo un marco más jazzístico, aunque no necesariamente convencional. La intensidad se corta al iniciar la cuarta “parte” del tema, un breve interludio en el cual permanece el lado sombrío, misterioso, marcado por un bajo retumbante que enlaza con la parada siguiente, igualmente inquietante, con visos de experimentación y en la que los murmullos del inframundo se asoman.

La escena seis es el descenso a un universo desconocido y esa atmósfera extraña, irreal, se acentúa con la lectura de un poema que es ininteligible en su comienzo pero que gana nitidez conforme avanza  y se recuesta sobre  una cama de jazz cruzada con acentos de música más cercana a lo contemporáneo. Finalmente  arribamos a la conclusión y aquí se recupera el tema inicial, se llega a la meta, aparece la luz, aunque no necesariamente la paz.

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Ese viaje de casi veinte minutos de duración es potente, una carga de adrenalina que Troker explota sin conmiseración. Si bien el disco sigue arraigado en el jazz, hay la suficiente flexibilidad para moverse y en sus devaneos hacia el rock, el grupo ha llegado a explorar el progresivo, particularmente en su vena en oposición.

La oscuridad, la tensión, el choque, la confrontación, son algunos de los ingredientes que encontramos en Pueblo de brujos. Si en sus producciones anteriores Troker había demostrado que era una banda a seguir, en su más reciente trabajo el sexteto se erige como guía y líder de la escena del jazz fusión en México.

marzo 14, 2012

Zaz: una flor del asfalto

Por Sergio Monsalvo C.

Entre otras de sus muchas dádivas, el verano europeo ofrece al transeúnte la posibilidad de volver a ser espectador primerizo gracias a los artistas y músicos callejeros. Enfrentarse a ellos en cualquier plaza provoca eso: el instante mágico de lo que está por comenzar, con toda la expectativa y excitación que conlleva.

El trabajo de estos personajes, tanto noveles como veteranos, emana un sentimiento de viveza, de ensoñadora fantasía, quizá también de melancolía vagabunda. Su canto, lo mismo el original que el versionado, nace del puro deseo y/o de una urgente necesidad y en ambos casos puede identificarse con los escuchas, ser un catalizador para la emoción de las personas.

Aprovechando que no hay escenario (más que el delimitado por ambas partes), tampoco butacas, telones o iluminación artificial, nada, dicha relación se dará de primera mano, tal como la necesita el artista y tal como la requiere el espectador (como empezó todo con la Edad Media y sus juglares).

Obvio es decir que estas circunstancias no garantizan la calidad de ninguna interpretación, son simplemente el marco en que se lleva a cabo el acto. El simple hecho de estar escuchando de otra manera (en la calle, con gente diversa, ruidos incidentales, sin prisas, etcétera) es una experiencia emocionante. Lo es más aún cuando el estilo del artista es original, pues la historia que canta y cómo la canta y acompaña será un nuevo espacio en el que se aprenderá algo distinto. Un marco nuevo para la historia personal.

Dentro de experiencia semejante fue que surgió, precisamente, una vocalista como Zaz. Ella se ha servido, como buen juglar, de los trovadores de su tiempo para expresar algunas motivaciones. Por su repertorio desfilan las palabras de Leonard Cohen, Joni Mitchel, Fred Neil, Tom Waits o Serge Gainsbourg, las cuales le dan la oportunidad de manifestar sensaciones familiares a todos: las del amor, la tristeza, la relación con los otros, recordar o sonreír por eso mismo.

El verdadero nombre de esta joven gala es Isabelle Geoffroy. Nació el 1 de mayo de 1980 en Tours, Francia. Desde los cinco años, en que ingresó en el Conservatorio de su ciudad natal (para estudiar violín, piano, solfeo, guitarra y canto coral hasta los once), su vida ha sido la música. Tanto en lo académico como en lo empírico. Egresada del Centro de Información de Actividades Musicales de Bordeaux, ha viajado por el mundo desde entonces, presentándose en fiestas de pueblo, ferias, pequeños auditorios y plazas, como integrante de grupos de blues, de jazz, de rap, de música étnica diversa. Viajes duros y pocos los ingresos, pero que le sirvieron para hacerse de tablas y madurar.

De igual manera, para conseguir trabajo ha contestado anuncios de ocasión en los periódicos. El primero, para un grupo de variedades, Don Diego, que buscaba cantante. Ahí acudió ella y se convirtió en Zaz, su seudónimo, al firmar con una Z sus colaboraciones en dicho grupo. Con tal banda exploró repertorios africanos, árabes y andaluces, brasileños y latinos en general.

A mediados de la primera década del siglo XXI, la cantante decidió irse a vivir a París y comenzó a actuar, junto a amigos, en piano-bares y en las calles de Montmartre, animando a los miles de turistas que acudían a diario a visitar el Sacré Coeur o la Place de la Concorde, por ejemplo.

Hacia finales de la década, contestó otro anuncio de ocasión. Éste buscaba una nueva voz, grave, con toques jazzísticos y un poco rota. Quien puso el anuncio fue Kerredine Soltani, quien tras escucharla la tomó bajo su tutela y trabajó con ella para convertirse, a la postre, en el productor de su primer álbum, el homónimo ZAZ.

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Entre las canciones que recogió en su debut discográfico está “Je veux”, escrita por Soltani, que le dio el éxito a nivel continental, así como la versión de un tema de Edith Piaf, “Dans ma rue” (En mi calle). De este modo, la joven artista rindió homenaje al gran tótem de la chanson francesa, quien también comenzó actuando por necesidad en dichos lugares y cuyas piezas ha interpretado en multitud de ocasiones en pequeños locales y en sus actuaciones callejeras, donde aprendió que no hay barreras entre un artista y su público, salvo el respeto de unos para otros. Que la perspectiva siempre debe ser la misma en cualquier escenario, por simple o sofisticado que parezca. Hoy, por todo ello, Zaz es la nueva voz de Francia.

marzo 7, 2012

Heifetz en corto

Por Eusebio Ruvalcaba

No es posible hablar de Bach sin descubrirse. Está por encima de todo adjetivo. Nadie como él ha acompañado al ser humano en las buenas y las malas. Lo mismo su música consuela en los momentos más dolorosos —los condenados a muerte habrían de escucharlo por obligación en los minutos precedentes a su ejecución, no importa si tienen conocimiento o no de la música bachiana—, que en las festividades más convencionales. Su obra permaneció ignorada por la inmensa mayoría hasta que alrededor de cien años después de su muerte, Mendelssohn se dio a la tarea de darlo a conocer al público de la música; en el ínter, su nombre sólo era pronunciado por unos cuantos (Mozart, Beethoven, Schumann y Brahms lo veneraban más que a Dios mismo y uno se preguntaría si Dios no está en deuda de Bach). Al paso del tiempo, su obra irrigó la sensibilidad de los hombres que gustan de lo bello en general y de la música en particular. Sin embargo, su nombre supera con mucho el conocimiento de su música. No es inusual escuchar elogios de su obra en boca de zafios que no distinguirían entre el jarabe tapatío y una sinfonía de Beethoven. Eso no tiene nada de malo, pero con Bach sucede lo mismo que con Chopin: los esnobs tildan de sublime al primero y de vulgar al segundo sin haberse sentado a escucharlos. Esta actitud nefasta se desparrama en todos los medios, pero ésa es la historia del arte; acaso la más injusta que existe. Precisamente por este afán de etiquetar a los artistas, algunos de calidad señera se quedan afuera por los siglos de los siglos y otros de muy sospechosa factura logran su pase a la inmortalidad —aunque lo más probable es que más temprano que tarde su cabeza ruede como calabaza en bajada.

 

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Prosigo con Bach. Escucho su concierto para dos violines (ayer me lo pasé con su música sacra; principié con la Pasión según san Mateo y terminé con la Gran Misa en si menor, sin omitir dos de sus cantatas más reverentes: la BWV 80 y la BWV 140). Este concierto para dos violines es una mixtura de pureza y brillantez.

 

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Me emborracho a la salud de Bach. Delante de él no me atrevo a beber. Ni delante de él ni en su día. Lo contemplo en la recámara de mi hija de trece años. Está junto a Kurt Cobain. A Bach le habría dado gusto. Con soltura y júbilo compuso música para los jovencitos. Y para los niños. Hasta para los que padecían insomnio —¿o acaso las Variaciones Goldberg no fueron compuestas para que el señor Goldberg no padeciera insufriblemente su insomnio?

 

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Escucho una grabación histórica de Jascha Heifetz. Llamado el violinista del siglo, nació en Rusia en 1901 y murió en los Estados Unidos en 1987. Heifetz constituyó un caso extraordinario en la tradición violinística. Su dominio técnico inusitado, cierto estilo muy paganiniano, más un lirismo que a veces lo desbordaba y lo hacía llorar en público —¡él mismo lloraba de sus propias interpretaciones!—, lo condujo a los callejones de la celebridad aun antes de cruzar el umbral de la adolescencia. Su fama irrigó las escuelas de violín de todo el mundo, y quién más quién menos no había violinista que no intentara tocar como él. Se cotizó tan alto que sus honorarios superaban los de cualquier otro, incluido Stokowsky, quien se especializaba en cobrar alto. En fin, esta grabación de la que hablo incluye el Concierto No. 5 en la mayor K. 219 de Mozart, la Sevillana de Albéniz, la Suite inglesa para violín y piano en sol menor BWV 808 de Bach, el Concierto en mi menor op. 64 de Mendelssohn y el Capricio 20 de Paganini. Una de las cosas más interesantes de este disco es el amplio registro del arte de Heifetz que le permitía tocar, con la misma facilidad, música de cualquier periodo o estilo. No en balde su prestigio se desparramó por todo el mundo y el público exigía sus presentaciones a cual más de repertorio más difícil.

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