junio 30, 2012

Damien Jurado: Cheever reencarnado

Por Sergio Monsalvo C.

Nueva York, como la mayoría de las metrópolis, es un bosque de raíces hechas con las vidas y los padeceres de quienes ahí se entienden con la soledad y el estrépito. “Al caminar por la ciudad, muy raras veces volteamos para mirar hacia el pasado”, escribió John Cheever acerca de tal costumbre urbana. Sin embargo, la narrativa de este autor revirtió la costumbre para hablar con perspicacia e intensidad a nombre del Nueva York “antiguo” y erigirse en una especie de barómetro de la vida cotidiana.

Cheever exploró con su pluma las decepciones y los temores de hombres y mujeres urbanos y suburbanos, así como sus intimaciones de redención, en las novelas Falconer y Bullet Park y en los cuentos “The Country Husband” y “The Housebreaker of Shadey Hill”. En forma más precisa que otros escritores, él observó y dio voz a las inexpresadas angustias que se encuentran bajo la superficie de las vidas comunes.

No las ideas sino la materia común de la humanidad es el asunto de la ficción de tal autor. Escribió sobre huidizas figuras en el paisaje, sus sentimientos y emociones, sus pánicos y deseos, las furtivas demandas de la libido, el ingobernable impulso traducido en acción. Sus opulentos personajes son en gran medida lo mismo, asolados por ese entumecimiento del corazón que denomina a la nostalgia por el amor y la felicidad. Todos tienen conciencia de su aflicción y derrota.

La sensación de pérdida y de extravío es, pues, el tema central en la narrativa de este galardonado escritor estadounidense nacido en Quincy, Massachusetts, y fallecido en Nueva York en junio de 1982, a los 70 años de edad.

En ese momento y lejos de ahí, un aburrido muchachito en su natal Seattle, en Washington, se ponía a hojear una revista que encontró en la sala de su casa. Sin quererlo realmente, comenzó a leer un cuento ahí publicado. Hubo palabras que no comprendió, pero el ambiente de la narración lo dejó inquieto y pensativo. Se grabó el nombre del escritor: John Cheever. Tenía diez años de edad y se llamaba Damien Jurado.

Hoy, ese lector azaroso es cantautor y cuenta en su haber con una docena de discos considerados como ejemplos del mejor indie rock de raíces folk y él mismo, junto a Elliott Smith, es señalado como el precursor de este subgénero que habla de la parte oscura de la vida urbana y suburbial, como lo hizo en la literatura su admirado Cheever.

El estilo de Jurado es característico, pues basó su obra desde el principio en historias contadas en tercera persona, a diferencia de la convención autobiográfica de tal modo musical. Publicó su primer disco en 1997, Waters Ave S, cuando el indie folk no era lo que es ahora. Elegirlo era una decisión existencial, no meramente estilística. Las guitarras acústicas no sonaban cristalinas, sino crudas (en absoluta lo-fi) y los intérpretes no eran tenidos como románticos incurables sino como espíritus atormentados.

Actualmente, el cancionero de este músico (secundado por guitarras eléctricas, baterías, violas, pianos, coros y la producción de Richard Swift) aparece repleto de relatos triangulares, letras con infidelidades y traiciones, desamores y fracasos, anhelos rotos y vidas deshilachadas en espera de algo que nunca llega. El autor en sus piezas habla de estas situaciones para encarar un mundo falto de control y en nada susceptible a la definición en términos racionales.

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Con la reciente aparición de una serie de álbumes –Caught in the Trees, Saint Bartlett, Maraqopa en la que la observación atingente y aguda de su entorno se ha divulgado más allá del círculo de culto, un mayor número de escuchas ha descubierto su rica contribución lírica en este sentido. Un mundo cuyos afligidos hombres y mujeres se convierten en criaturas furtivas que de alguna manera y pese a todo mantienen cierta pureza en ese “mundo perdido hace tiempo”, como los describiera el propio Cheever en su momento.

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