Tiene la imagen de un guardaespaldas. Parapetado detrás de sus infaltables gafas oscuras más bien repele, como si bajo la opacidad de los lentes se escondiera un tipo siniestro; en aquellas raras ocasiones en las cuales se despoja de ellos no sale mejor librado: nos topamos con una mirada extraña, patológica.

Sin embargo, nada de eso importa porque a sus 40 años y cuando pulsa su guitarra —ya sea una Martin D—18, una National Duolian o una Gallagher Doc Watson, entre muchas otras de su gran arsenal—, Joe Bonamassa se transforma en un mitológico animal de cuyas manos emana un caudal de emociones.

Niño prodigio que comenzó a tocar la guitarra a los cuatro años y a los doce le abrió una veintena de conciertos a su ídolo B.B. King, el guitarrista debutó en 2000 con una placa titulada A New Day Yesterday. Desde entonces, los trabajos se acumulan en la discografía del nacido en New Hartford, New York, quien está lejos de ser un revisionista del género. Su devoción por éste no está afincada en las trayectorias de Ellmore James, Otis Spann, Albert o Freddie King; en su lugar, Bonamassa encontró inspiración allende el Atlántico, en los sonidos de Rory Gallagher, Gary Moore y Humble Pie, entre otros. Por ello, sus temas huelen más a cruza entre blues y rock, aunque el acento, invariablemente, está puesto en el primero. “La interpretación del blues inglés se me da mucho mejor”, ha dicho.

Además de una prolífica carrera en solitario, forma parte de ese  supergrupo llamado Black Country Communion, en el que comparte créditos con Glenn Hughes (bajo, voz), Derek Sherinian (teclados) y Jason Bonham y que a la fecha ha grabado cuatro álbumes, si bien no del todo logrados, tampoco decepcionantes.

También aparece en Rock Candy Funk Party, quinteto en el cual su instrumento adquiere otra vida, se inclina más al funk y explora la negritud desde ángulos diferentes y en el que los resultados, plasmados en un par de álbumes, son jams exploratorios en los cuales lo importante es el trayecto y no el punto de llegada.

A veces encuentra un poco de tiempo y trabaja al lado de la cantante Beth Hart, combinación explosiva en la que ambos revisan clásicos de Etta James, Tom Waits, Buddy Miles o Tina Turner y que si en sus dos trabajos de estudio dan muestras de pasión y entrega, en directo son volcánicos y arrasan con todo a su paso tal y como está asentado en Live in Amsterdam (2014).

Como muchos músicos, Bonamassa es uno en estudio y otro en concierto. Así lo prueba la gran cantidad de álbumes editados  en años recientes. Lo mismo ha pisado el Royal Albert Hall, un santuario de la ópera  —An Acoustic Evening at the Vienna Opera House (2013)—, el Beacon Theatre, el Radio City Music Hall, Red Rocks —de donde emergió con el doble Muddy Wolf at Red Rocks, tributo a Muddy Waters y Howlin’ Wolf, probablemente su disco de blues más americano— que cuatro diferentes locales en Londres que dejaron una tetralogía en la cual utilizó distintas formaciones y registrada en igual número de álbumes dobles y DVD: Tour de Force. Live in London (2014).

Este incansable Bonamassa que cada vez coquetea con un público mayoritario y aparentemente le hace concesiones, aunque después aprovecha para entregar algunos golpes muy directos de blues crudo, visceral y nada anodino, hace llegar ahora Live at Carnegie Hall an Acoustic Evening (J&R Adventures, 2017). A diferencia de su anterior incursión en la vena “sin electricidad” registrada en la Ópera de Viena —de la cual aquí sólo recupera un par de composiciones—, el disco se abre a la música del mundo e invita a escuchar a un guitarrista que le ha quitado buena parte del blues a sus temas para entregar un trabajo sí muy sólido, pero también muy complaciente, lo cual no necesariamente quiere decir que sea malo.

Tina Gud (cello, erhu —instrumento de dos cuerdas que se frota y de origen chino), Hossam Ramzy (viejo conocido de Peter Gabriel en percusiones), Anton Fig (batería), Reese Wynans (piano), Eric Bazilian (mandolina, banjo, sax) y Mahalia Barnes, Juanita Tippins y Gary Pinto (coros) acompañan a Bonamassa por este viaje en el cual lo mismo hay acentos de gospel (“How Can a Poor Man Stand Such Times and Live?”) que temas uptempo (“This Train”, “Blue and Evil”), así como canciones a medio tiempo (“Song of Yesterday” o “Driving Towards the Daylight”), en las que el cello de Gud se erige como una especie de lamento; el diálogo entre ésta y el guitarrista en “Woke up Dreaming” alcanza cuotas sublimes.

Bonamassa nunca ha sido un devoto del riesgo. Difícil es hallar en los páramos del blues componentes semejantes; sin embargo, es correcto en cada una de sus incursiones, respeta mucho la forma pero en el fondo apela a lo visceral, gusta de mostrar las llagas, la carne viva. No hay mucho de ello en Live at Carnegie Hall…, pero en su lugar está el registro de una noche cálida que deleitará incluso a oídos muy exigentes.