El domingo pasado, dentro de las actividades de la Feria Internacional del Libro que se lleva a cabo en el Instituto Politécnico Nacional, se celebró una mesa redonda en memoria de Eusebio Ruvalcaba, quien fuera colaborador de este sitio de música con su columna “Alusiones musicales”. Para sumarnos al homenaje, reproducimos este texto que el escritor jalisciense, fallecido en febrero de este año, escribiera para nosotros.

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Eusebio Ruvalcaba. Fotografía de Edgar Durán


I) Música: cuando escucho tu voz revolotear en mi cerebro, despliego las alas y remonto el vuelo. Todo entonces se me revela benigno. Nada perjudicial acaso me acontezca. Impulsado por la armonía de tu nombre, busco la belleza hasta en la menor de las minucias con las que me topo cotidianamente. Desparramas bondad. Tu paso es bienhechor. De noche o bajo el manto imperial del sol me llevas de la mano hasta más allá de mi resistencia, donde los límites se tornan dóciles.

II) He aprendido a deletrear tu nombre a golpes de mazo. Has forjado mi alma como el herrero la espada. No tenía nada de qué asirme. La vida giraba en volutas y yo me pulverizaba en ellas. Y de pronto llegaste, con tu cascada de armonías. Yo estaba en el vientre de mi madre y desde ahí  me proporcionaste las armas. Ella tocaba el piano conmigo en su interior mientras mi padre sonaba su violín. Allí tocaste mi alma. Allí decidiste mi nombre.

III) Aun antes de abrir los ojos, ya estás conmigo. Me dictas una palabra al oído y vuelvo a mis cabales. Todo entonces viértese aromático, como proveniente de un manglar. Ignoro qué imágenes habrán poblado el laberinto de mis sueños. Quizá soñaba yo que el mar era mío y que tenía en las manos el secreto submarino. Que con sólo sumergir las manos en la densa agua, desfilaba ante mis ojos la historia de los viajes emprendidos por los fenicios. O por tantos otros que han hecho de la superficie acuática el asfalto de sus quimeras. No lo sé. Pero la dulce seducción de tu armonía me hizo recordar que tu poder es superior al de los océanos. Porque tu belleza sobrecoge, aun más que la del mar. Dicen los navegantes que la música los guía. Por encima del imprevisible mar.

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IV) Cuando escucho a Brahms, beso tus labios. Cuando escucho a Brahms, la carne se me da en esa armonía perfecta. No tengo necesidad de la mujer. Puedo prescindir del deseo. Te me das en ese beso. Tomo tus hombros y te atraigo hacia mí. Siento tu cuerpo tibio palpitar, tu corazón resuelto en la zíngara de aquel cuarteto en sol menor.

V) Decides el destino de las cosas. Hay quien le reza a Dios. Hay quien le reza al azar, a una mujer, a la santa muerte. Yo me encomiendo a ti. Hacia tu piedad extiendo mis plegarias. Música, imploro, y la fe se desparrama en los actos que habré de acometer ese día. Música, te invoco, y el manto beethoveniano me protege de toda suerte de inclemencias. Por algo ordena el onceavo mandamiento: No dejarás de escuchar música un solo día.

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La musique. Henri Matisse (1910)

VI) Generaciones tras generaciones se suceden y nadie se explica cómo eres. ¿De qué estás hecha? ¿Te distingues a la luz del sol o de preferencia en la oscuridad, cuando nuestros sentidos duermen o fingen dormir? ¿Tu cuerpo es poliédrico o está hecho de pedazos informes de dolor, de alegría, de congoja? ¿Alivias? ¿Proteges? ¿Te das cuando se te invoca? ¿Vives? ¿Ardes? ¿Tu corazón late con furia? ¿Tienes hambre? ¿Tienes memoria? ¿Sabes el nombre de cada uno de nosotros, aun de quien no cree en ti? ¿Hay quien no cree en ti?

VII) Bebe conmigo. Embriágate de esta bebida que ahora mismo bulle en mi sangre. Desanuda las amarras, deja que por una sola vez sea yo quien te guíe. Tú que dotaste de espíritu a mi oído, que hiciste de un elemento sin misterio una entidad espiritual, déjame que te muestre la acre realidad humana. Que es la mía.