La composición musical, como método de expresión artística, tiene sus fundamentos en la intervención humana en la distribución de fenómenos sonoros alrededor de divisiones arbitrarias de tiempo. En crear estructuras predecibles y “romper” esta predictibilidad yace la esencia de la composición.

En su forma mas básica un algoritmo es simplemente una serie de instrucciones finitas para resolver un problema en una serie de pasos limitados (ej. “A -> B siempre y cuando X = Y”).

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Por novedoso que suene este concepto, es importante darse cuenta de que, a lo largo de la historia, los compositores han utilizado recursos semi-algorítmicos para enriquecer o alterar su música. En el siglo XVIII, los compositores europeos ocasionalmente empleaban un musikalisches rfelspiel (“juego de dados musical”, en alemán) para introducir elementos aleatorios en el orden de sus melodías, acelerando así el proceso creativo.

Asimismo el serialismo del siglo XX, liderado por figuras como Arnold Schoenberg y Alban Berg, utiliza, entre otras cosas, un orden estricto predeterminado de las doce notas en la escala cromática, a fin de evadir cualquier tipo de centro tonal.

(En esta pieza, las melodías principales no repiten notas hasta haber presentado el resto de las doce en la escala cromática.)

En la improvisación de jazz, los músicos —por medio de instrucciones visuales o auditivas— se adaptan en tiempo real alrededor de una estructura flexible, para imponer nuevas armonías y melodías en tiempo real.

Durante la mayor parte de la historia, estos elementos se han visto como auxiliares de la composición musical. Sin embargo, en tiempos recientes, especialmente con el desarrollo de la computación y los medios interactivos como el  videojuego como forma artística, estas técnicas han escapado a los círculos académicos para entrar en los estudios desarrolladores de videojuegos y las oficinas de startups creadoras de realidad virtual.

Como ejemplo, el compositor mexicano Raúl Feliz, quien ha trabajado en series como Fargo de FX, trabaja activamente desde Los Ángeles en la composición de música para videojuegos. Pertenece a una de las primeras generaciones en estudiar las aplicaciones interactivas de este campo en un contexto académico. Actualmente, se encuentra trabajando en Broken Reality, un videojuego mexicano en desarrollo que utiliza técnicas de la composición algorítmica para generar su banda sonora.

En el caso de los videojuegos, nos comenta: “El compositor pasa a ser un programador creativo que da las herramientas al usuario para que la música se genere, reflejando las decisiones tomadas por el mismo. La música deja de existir como una progresión lineal y pasa a ser una matriz de posibilidades. En esta nueva forma de arte, la adaptabilidad del algoritmo es el concepto central”. Una analogía sencilla son las piezas Lego. Los diseñadores de las distintas piezas generan un sistema que permite a los usuarios crear una cantidad incalculable de estructuras. Los diseñadores de Lego mantienen control sobre los colores y tamaños de las piezas. Cualquier creación hecha con estas piezas contiene tanto la idea del usuario, como la estética del diseñador.

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Actualmente el método mas utilizado en los videojuegos consiste en crear series de piezas pre-compuestas y usar un algoritmo para combinarlas, generando así cientos de posibles combinaciones. Existen varios niveles de intervención. Es teóricamente posible diseñar un sistema musical que se genere de manera completamente independiente. Sin embargo, la cantidad de patrones por definir necesarios para el compositor empieza a aproximarse al infinito, mientras mas autonomía se le da a la maquina.

El futuro de la composición algorítmica es emocionante. Compañías como Spotify utilizan data de usuarios para algorítmicamente producir un playlist de canciones “adecuadas” al estilo de vida de sus usuarios. Con los incipientes avances en machine learning, las computadoras pronto podrán proponer ideas musicales a un usuario directamente, interpretar la respuesta y usar estos datos para generar música específicamente diseñada para los gustos y actividades del mismo.

Hoy día, existen piezas de música que reaccionan dinámicamente a los movimientos de un bailarín o al rastreo de los movimientos de un usuario. En realidad virtual, existen algoritmos que generan música infinita. Mientras la importancia de la interacción con la tecnología crece en nuestras vidas, así también crece la demanda de arte que hable el idioma de esta interactividad. La composición algorítmica promete abrir las puertas de esta nueva y enigmática disciplina.

(En esta pieza una cámara captura los movimientos de las bailarinas y manda instrucciones a un sistema algorítmico. Subsecuentemente, utiliza esta data para alterar música pre-compuesta por el compositor/programador. Este es una forma de arte ampliamente usada en los círculos avant-garde.)

En el sitio Inbflat el usuario puede iniciar los videos en cualquier orden que desee y en cualquier momento. Funciona porque cada una de las piezas que lo compone está en la misma escala y no existe un pulso predeterminado, todas las combinaciones generarán resultados placenteros. Este sistema en particular cuenta con millones de combinaciones posibles, lo que hace casi imposible obtener el mismo resultado dos veces.

 

Rodrigo Saco
Programador en Broken Reality