Desde el comienzo de los tiempos, al erotismo se le ha representado con la imagen de una mujer. Pero no cualquier mujer. Debe ser una que, según la época, dé un nuevo sentido, siempre más audaz, a dicha manifestación. Lo que se valora en esta mujer símbolo es su poder sugerente hacia un público admirador que se recrea en el disfrute de ese ser supremo, el cual pone a funcionar los resortes de la pasión en incansable fuga de las demás cosas.

Un símbolo así es la presencia materializada de Eros y todos los adoradores buscarán acercarse a la deidad encarnada para el consumo ilimitado de la imaginación y la fantasía. Su imagen, entonces, se cultivará tanto de manera externa como en la intimidad, para convertirse en objeto de culto del cual cada uno querrá por lo menos apropiarse de una parte.

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De entre millones de mujeres, surge una sola que es diferente. Como Marilyn Monroe, quien es y sigue siendo símbolo y excepción en la cultura contemporánea: un icono que desde hace seis décadas pertenece a todos. Ella fue una criatura extraña e impetuosa que tuvo la capacidad innata de proporcionar una visión fulgurante del placer con su realidad carnal y de proyectar esa imagen de sensualidad que pide la vida ordinaria.

Ella fue el sueño sexual insatisfecho, inalcanzado, que hay en todos y que sólo existe a través de cada uno. Su figura continúa siendo hoy la respuesta por antonomasia del deseo hacia lo que el cuerpo quiere y su muerte sólo sirvió para perpetuarlo. El escritor Ricardo Garibay lo dijo atinadamente: “Con la Monroe se nos murió un afán que ella satisfacía puntual desde los calendarios. Era una túrgida, sedienta y ahíta realidad vivida dentro de cada uno de nosotros. No acabaremos de llorarla”.

Así ha sido. La música como la poesía no se cansa de recordarla y de hacerla referencia, proyección o tragedia. En el primer caso va de The Distillers con “Gypsy Rose Lee”, Jay-Z y su “Hollywood” o Billy Joel en “We Didn’t Start the Fire” hasta The Kinks en “Celuloid Heroes”, las Spice Girls con “The Lady is a Vamp” o Lady Gaga con “Dance in the Dark”; en el segundo término con Tori Amos y su “Father Lucifer”, Bryan Ferry en “Goddess of Love”, Madonna en “Vogue” o los Stereophonics con “She Takes Her Clothes Off”.

La parte trágica del mito ha sido asumida por gente como The Misfits con el tema “Who Killed Marilyn?” (incluso tomaron su nombre de una película que ella protagonizó), Michael Jackson en “Tabloid Junkie”, Elton John con “Candle in the Wind” o el grupo Suede en la pieza “ Heroine”. Asimismo, hay tres óperas que versan sobre ella: dos con su nombre, Marilyn (de Lorenzo Ferrero, una, y de Ezra Laderman, la segunda), y una tercera y quizá la más sobresaliente por su gran manejo temático: Anyone Can See I Love You, con textos de la poetisa M. Bowering y orquestación del compositor y músico inglés Gavin Bryars.

Entrados ya en la poesía, ha habido muchos bardos que le han dedicado poemas o libros enteros a su trágica vida: Judy Grahan, Delmore Schwartz, Ernesto Cardenal, Steven Berkoff o Norman Rosten, por mencionar algunos. Del último señalado es el poema “Who Killed Norma Jean?” (verdadero nombre de la actriz) que a su vez musicalizó Pete Seeger y que Bob Dylan dio a conocer mundialmente: “¿Quién la vio morir? / ‘Yo’, respondió la noche. / ‘Yo y la luz de un dormitorio. Nosotras la vimos morir’/ ¿Quién recogerá su sangre? / ‘Yo’, respondió el seguidor. / ‘Con mi pequeño caldero, Yo recogeré su sangre’.”

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De sangre y carne estaba hecha la naturaleza de Marilyn y ella lo sabía: “El sexo forma parte de la naturaleza y yo me llevo de maravilla con la naturaleza”, dijo. El sexo era público y la sangre privada y ésta quedaba impresa en (lo que ahora se ha descubierto) gran cantidad de poemas también escritos por ella y publicados en 2010 con el título en español de Fragmentos (en la editorial Seix Barral).

Los editores del libro —Stanley Buchtahl y Bernard Comment— han dicho lo siguiente: “Algunos de estos textos darán lugar a interpretaciones y comentarios. Pero no hay en ellos algo sucio o de baja estofa, nada de chismes. Intimidad sin exhibicionismo, medición sísmica del alma”. Marilyn era eso, un mito con alma que escribía sobre sus emociones obsesivamente —depresiones, tristeza o soledad— en todo papel que tuviera a la mano, mientras trabajaba o no. Pero, ¿cómo podía sentirse sola la mujer más adorada del mundo?, se pregunta uno. Sin embargo, ella vivía ese sentimiento como una desgracia inexorable: “¡¡¡Sola!!! / Estoy sola-siempre estoy / sola / sea como sea”.

Físicamente, este símbolo sexual era (es) un espectáculo revolucionario en varios sentidos. Por un lado, suntuosa demostración del sex appeal (el guiño de los ojos, la mirada directa, la expresión divina, la voz ardorosa, la turgencia y generosidad de los senos, el movimiento invitante de los labios, los gestos de sus caderas lujuriosas, su vestimenta adherida al cuerpo, el diseño de su boca, el lenguaje de su piel, el imaginado aspecto del sueño libertino…) y, por otro, el apremio de los brazos implorantes, el eterno gesto de avidez, desesperanza e inocencia. Tras leer sus escritos, surge la razón de Norman Mailer cuando dijo que Marilyn era en realidad una poetisa que trataba de recitar sobre sí misma en medio de la calle, mientras la multitud lo único que quería era arrancarle la ropa.

 

 

Un comentario en “Sonidos de Babel
Marilyn Monroe: Eros, música y poesía

  1. Toda lo boca llena de razón, todo un sex symbol a pesar del tiempo, dudo que alguien llegue igualarle. Ella ha dejado su huella en la historia, forever Marilyn Monroe. Me encantó, gracias.